Garabatos de un caminante

Garabatos de un caminante
Apizaco, Tlaxacala, México

domingo, 1 de febrero de 2026

EN PRIMERA PLANA MIS MEMORIAS: ASI NACIÓ MI PASIÓN POR EL PERIODISMO..


Las últimas marchas en la ciudad de México me hacen recordar al Perú de los años 70 y 80.
Era un niño cuando por primera vez sentí un ardor intenso en los ojos. Parecía que me había frotado la vista con ají o chile como le dicen los aztecas. 
Era la primera vez que los ojos se me llenaban lágrimas. Unos años antes, el 69 había llorado intensamente por la muerte de mi abuela Zoila; pero lloré de dolor, de tristeza; sin embargo, ahora lloraba involuntariamente, lloraba por los químicos del gas antidisturbios y no por sentimiento.
Era la primera vez que sentía como no podía abrir mis ojos y gritaba todas las lisuras que mi papá me había enseñado desde mi infancia.
Era la primera vez que no podía ver bien, que no enfocaba, que mi visión estaba borrosa y abanicaba las manos tratando de mantener el equilibrio o de agarrarme de algo y regresar a corriendo a casa; pero, sentía que me ahogaba y sin ver ni respirar bien no podía avanzar.
Era la primera vez que sentía "arena" en mis ojos sin haber jugado a la guerrita con los amigos del barrio. 
Era la primera vez que me ardía la nariz, la garganta y estornudaba, tocía y me faltaba el aire como a mi hermana Alicia durante sus ataques de asma.
Era la primera vez que deseaba correr y huir por la avenida Balta, donde en la época de verano nos gustaba correr jugando a la pega, a las escondidas, al chicote escondido, a los carricoches, a la pelota, a cazar grillos en el mes de marzo, cuando las lluvias apenas nos visitaban, y a otros tantos juegos de chibolos que hasta la fecha no olvido. 
Era la primera vez que quería ser veloz como el "loco" Uchofen, para correr por la Balta y huir de los manifestantes del Sindicato Único de los Trabajadores de la Educación Peruana (SUTEP), de la policía y de los gases antimotines. Y fue la primera vez que sentí como me auxiliaban. Eran unas manos tiernas y suaves que cubrían mi rostro con un pañuelo húmedo que calmaba el ardor de mis ojos y me permitía respirar mejor. Era la Pirucha, la mudita del barrio quien entre balbuceos me auxiliaba y con su mirada serena y su rostro pecoso me calmaba. Era Pirucha quien, tomando mi brazo derecho, mientras yo sostenía el pañuelo mojado en mi nariz y boca con la mano izquierda, me llevaba hasta su casa junto a la estación de Radio Lambayeque. Era la primera vez que iba a su casa no para cantarle al niño Dios como lo hacíamos cada Navidad y su abuelita nos premiaba con caramelos, alfajores, mazamorra, arroz con leche y chicha morada. No, esta vez no me llevó a su casa para alegrar al Niño Dios, sino para resguardarnos de la policía que brutalmente, sin discriminación, a golpes, patadas, palazos y gases dispersaba a los manifestantes mientras apresaba a otros.
Y fue la primera vez que con Pirucha vimos como los vecinos del barrio salieron en defensa de una joven estudiante de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo (UNPRG), ubicada en la avenida Balta, entre Torrez Paz y Francisco Cabrera. Cabe recordar que por esas fechas la "Pedro", no tenía campus universitario y sus facultades estaban desparramadas por todo Chiclayo.
Los vecinos con valentía entre gritos y golpes rescataron a la joven estudiante y también la auxiliaron en casa de la mudita del barrio. Estaba golpeada, sangraba por la nariz y la boca, tenía los ojos hinchados y solo repetía en voz baja: "estudio derecho".
En medio de esa confusión llegó mí viejo. Entró saludando a los papas de Pirucha con las siguientes palabras: ¡Hola, primo!... ¿Cómo está mi hijo?
Esa noche me enteré qué la abuelita de Pirucha era prima hermana de mi abuela Zoila, la mamá de mi papá; que los padres de Pirucha eran mis parientes, que la mudita del barrio era mi prima lejana y que el hombre que había golpeado a la estudiante de derecho era un alférez de la guardia civil.
Cuando todo se calmó y el gas lacrimógeno se dispersó mi padre me llevó a casa. No dijo ni una palabra, ni me dio explicaciones de nada. Ese silencio me ayudó a pensar y recordé el velorio de mi abuela: Los parientes de Pirucha no estuvieron en el funeral de mi abuela. Por más que hacía memoria nos los veía en mis recuerdos.
Al llegar a casa sólo me dijo: "Lávate bien la cara y los ojos y vienes a cenar, tu mamá hizo hígado encebollado con yucas fritas".
Una semana después durante el desayuno mi viejo preguntó: "¿Se acuerdan del alférez que masacró a la estudiante de derecho?"... y agregó: "Lo mataron en el parque de San Carlos".
Entonces agarré el periódico local, "La Industria" de Chiclayo, y vi la noticia en primera plana. Un grupo de desconocidos habían emboscado al policía y lo acribillaron a balazos.
En ese momento sentí que algo nuevo había nacido en mí...
A partir de los 80 oler los gases lacrimógenos, estar en medio de marchas, ser testigo de la brutalidad policiaca y de la violencia terrorista se convirtió en la materia prima de mi trabajo periodístico.





















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