El pasado 7 de agosto México y Perú renovaron sus relaciones diplomáticas tras nueve meses de suspensión por un detonante político ocurrido el 3 de noviembre del 2025.
Mientras tanto las relaciones entre Ecuador y México siguen rotas desde el 5 de abril del 2024 tras la irrupción de la policía ecuatoriana a la embajada de México en Quito.
Estos lamentables hechos nos obligan a recordar que las relaciones entre estos países no son de ayer, ni de hace dos cientos o 500 años.
El contacto entre norte, centro y Sudamérica se remonta al año 1200 antes de Cristo (a. C.) cuando navegantes de la cultura Manta, Ecuador, transportaban la concha espondilos, por el norte, hasta el actual México y por el sur hasta el Perú.
De acuerdo a las investigaciones realizadas por el Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos (CEMCA). La Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y el Instituto de Investigaciones Estéticas también de la UNAM, publicadas en el 2016 con el nombre: "La ruta de perros pelones, buzos y la concha spondylus". (Biblioteca virtual Scielo)
Así también lo revelan estudios del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) publicados el 10 de abril del 2025 en la revista Arqueología número 66 por: Adrián Velásquez Castro, Norma Valentín Maldonado y Estela Martínez Mora.
Los estudios afirman que los navegantes manteños, del golfo de Guayaquil, unieron a través del Océano Pacífico a lo que hoy conocemos como México, Ecuador y Perú.
Los manteños eran grandes navegantes que utilizaban embarcaciones de 20 a 30 metros de eslora (largo) por 4 ó 7 metros de manga (ancho) capaces de transportar a 20 ó 30 tripulantes y una carga de cien toneladas.
Las embarcaciones utilizaban grandes velas de algodón y un sistema de guaras o tablas de madera que funcionaban como un timón, para controlar el rumbo con la marea a favor o contra el viento.
Los manteños también eran expertos buceadores. Se sumergían 30 metros para extraer la ostra espinosa de las aguas ecuatorianas y de Cabo Blanco, al norte del Perú.
La concha spondylus se caracteriza por crecer en las aguas cálidas del Océano Pacífico que van desde Baja California (México) hasta Cabo Blanco.
Abajo de Cabo Blanco está la helada corriente de Humboldt que recorre toda la árida costa peruana desde el desierto de Atacama, Chile.
Pero la variedad concha spondylus prínceps o crassisquama de color rojo coral tenía un altísimo valor sagrado porque se creía que eran las lágrimas de la diosa Umiña.
Y para las culturas antiguas del norte, centro y del sur de América era el alimento de los dioses.
Las culturas precolombinas decían que la spondylus crassisquama anunciaba: la lluvia, el agua, la fertilidad agrícola y las divinidades marinas.
Así, que, para los señores de Teotihuacán, Tula, Oaxaca, Chiapas, Tarascos o Purépechas; y, luego para el Huey Tlatoani la valva tenía un valor sumamente religioso y eso valía más que el oro.
Al igual los señores del sur: Chavín, Moche, Nazca, Wari, Lambayeque o Sicán, Chimú y luego durante el Tahuantinsuyo, el Sapa Inca usó este bivalvo en sus ritos sagrados y en sus entierros.
En el Perú le llamaban "Mullu" y en México se conocía como "Tapachtli" o "Teochipolli" y tanto en quechua como en náhuatl significaba: "concha sagrada".
En el Tahuantinsuyo también le decían: "La Hija del Mar".
La hija del mar sureña, también, era muy codiciada por sus características físicas y porque anunciaba la llegada del terrorífico fenómeno del niño.
La valva de Baja California, spondylus calcifer o limbatus o almeja burra no tenía el "poder" de la pequeña concha espinosa.
Tal vez, ésto era así porque el carapacho es el más grande y más pesado de América.
Por lo general mide de 15 a 30 centímetros y pesa un kilo 300 gramos o más y sus espinas son pequeñas, no son muy pronunciadas.
Por fuera su color es rojo ladrillo intenso y otras van del púrpura al naranja.
Por dentro es blanco porcelana con una banda marginal morada intensa y manchas café en las bisagras.
También formaba parte de la alimentación prehispánica y se podía pescar desde los 5 hasta los 15 metros de profundidad.
Mientras tanto, la concha spondylus prínceps o crassisquama se caracteriza por ser más pequeña, con abundantes espinas muy pronunciadas como un erizo marino.
Es más pequeña y menos pesada. Mide un máximo de13 centímetros, pesa de 180 a 500 gramos; su color va del crema, al naranja rojizo y rojo coral.
Por dentro es morado intenso y los buzos manteños tenían que bucear hasta 30 metros de profundidad para poder arrancarlas de las rocas marinas. Por esta razón los cráneos de estos "tritones" tenían los huesos del oído deformados.
Otra característica es que sólo la élite gobernante y los sacerdotes podían consumir el alimento de la hija del mar y sólo ellos podían utilizar su concha y las largas espinas para fabricar chaquiras, joyas de alta jerarquía y ofrendas para sus reyes y dioses.
Esta pequeña concha era tan valorada que la utilizaban como moneda de cambio.
Cuentan los cronistas que en el Perú daban dos llamas por una pequeña valva.
Otros dicen que, en Oaxaca, los manta cambiaban un spondylus "enano" por 10 hachas de cobre y, en Nayarit, con un kilo de carapacho chiquillo y espinoso podían comprar una esposa, una balsa o un campo.
Sin embargo, aún así, su máximo valor no estaba en el ejercicio del trueque; sino, en su naturaleza divina y religiosa.
La Hija del Mar anunciaba el espantoso y terrible fenómeno del niño. Fenómeno que como el diluvio universal desaparecía pueblos enteros.
(Aquí quiero hacer un paréntesis.
En septiembre de 1982 sentí como el agua fría de la costa de Lambayeque comenzó a calentarse.
Cuando íbamos a Pimentel, balneario de Chiclayo, el agua estaba caliente como la de Acapulco.
Eso era un hecho rarísimo para todos los que habíamos crecido disfrutando del frío mar de la costa peruana, rico en vida marina.
Tenía 21 años y nunca habíamos visto un rayo, un relámpago y nunca habíamos escuchado un trueno y menos hablar del fenómeno del niño hasta que en enero de 1983 el cielo se desbordó sobre el norte del Perú.
Piura quedó incomunicada durante tres meses.
En abril de ese año tuvimos que chatear un avión para regresar a estudiar a la Universidad de Piura desde la ciudad de Chiclayo.
La universidad edificada en medio del desierto piurano, entre dunas, chivos, algarrobos y el caliente sol piurano, ahora estaba rodeada de una laguna, en medio de una selva verde con insectos que quemaban nuestra piel como si nos dieran latigazos. Y ni hablar de las plagas de zancudos y sanguijuelas.
La señora de la pensión no quería efectivo, tuvimos que llevar víveres: papel higiénico, toallas sanitarias, medicamentos, etc.; para cubrir nuestros gastos. Regresamos al trueque como en la era prehispánica.
Urbanizaciones como el Chilcal, en Piura, desaparecieron bajo el agua.
El agua se tragó literalmente residencias de 3 y 4 pisos levantadas lujosamente en una hondonada.
La gente de los pueblos jóvenes, como Santa Rosa, perdieron sus hogares y otros salían de sus casas remando en botes y llantas de tractor.
El 1998 se repitió este mega niño y en esta ocasión la casa de mi papá en Chiclayo ya no aguantó más. Se cayó el techo de quincha, mi padre y mi hermana se salvaron de morir aplastados.
Gracias a la consistencia del antiguo adobe, la casa no se desplomó por completo, el centro de Chiclayo sobrevivió una vez más y las huacas de Lambayeque aún siguen de pie.
Ahora creo que se entiende mejor el valor religioso de la Spondylus prínceps, porque el fenómeno del niño es la ira de los dioses.
Es el llanto de rabia de la diosa Umiña de los Manta.
Llueve día y noche durante seis meses seguidos y el desierto se cubre de agua y vegetación abundante como en la selva.
Desde el aire las extensas arenas se ven como el uniforme de un comando salpicado de parches de agua marrón por acá y manchas verdes por allá.
El océano se enferma.
Como se enfermó el mar de Pimentel de junio de 1982 a junio de 1983.
Yo fui testigo de esa terrible tragedia que dejó 512 muertos, millares de damnificados y ciudades, pueblos y rancherías incomunicadas.
Durante un año, el mar pasó de los 16 a los 29 grados centígrados asesinando toda vida marina.
El Niño enferma gravemente al mar, le cambia su color natural, lo vuelve marrón, sin vida, sin oxígeno, sin nutrientes. Se queda solo como una sopa caliente pasada que no se puede comer.
La corriente de Humboldt huye 500 kilómetros hacia adentro. Se va la pesca, el mar se queda pobre, vacío, pelado, sin vida. Sólo está caliente y en silencio como una enorme playa muerta.
El niño, en 1983, arrasó con todo soltando 2500 milímetros (mm) de agua en una zona donde normalmente llueve 50 mm al año.
Llueve tanto que el agua salada del mar se vuelve dulce y los dioses del marinos comienzan a sangrar.
La concha spondylus no soporta el agua dulce, ni el agua tan caliente. Se estresa, se desprende de las rocas y sale a flote pintando de rojo el litoral, como si Umiña se desangrara mortalmente.
El año 1982 los pescadores de Paita y Pimentel, en el norte del Perú, asustados y hambrientos cogían con sus manos estas valvas espinosas sin necesidad de bucear.
Pero, no supieron interpretar el mensaje de la Hija del Mar quien a gritos pregonaba la furia de los dioses, tal como ocurrió hace 2000 mil años cuando comenzó a llover en el desierto y comenzó la mortal sequía en los bosques.
El Niño una vez más transformó la tierra.
Una vez más en el norte del Perú el cielo se desplomó a cantaros, mientras que en México no caía ni una gota de agua matando a la tierra de sed.
Lo bueno que, en 1983, los avances de la ciencia y la tecnología evitaron lo que pasó en Perú y México hace dos mil años.
Hace dos mil años en Perú la cultura Pucará colapso dando paso a los Tiahuanaco en el lago Titicaca. Los Chavín dejaron sus tierras porque con tanta lluvia perdieron sus cultivos y su comida se pudrió. La cultura Paracas, de los mantos y las trepanaciones, por la sequía desapareció. Surgen los Nazca famosos por sus líneas para pedirle agua a sus dioses. Los Vicus huyen a las partes altas de Piura. Los Moche sufrieron 30 años de lluvia y 30 años de sequía hasta que desaparecieron.
Hace dos mil años el Niño azotó a México con una espeluznante sequía.
La cultura Cuicuilco desapareció por la falta de agua que duró 15 años. Luego vino la explosión del volcán Xitle. Esto dio paso a Teotihuacán.
En Guatemala El Niño golpea a los Mayas y el Mirador colapsa. Sin maíz y sin alimentos fueron en busca de nuevas tierras.
La Hija del Mar alerta la visita indeseable del Niño. El niño que hace sangrar a los dioses y entonces es el momento de guardar pan para mayo, como dice el refrán.
Es el momento de guardar maíz para aguantar la sequía en en el norte.
Y, para aguantar las lluvias torrenciales, en el sur, guardaban papa seca, chuño (papa deshidratada) y charqui (carne seca de llama o alpaca).
Los manteños conocían bien al Niño y sus desbastadoras consecuencias.
Conocían bien la leyenda de la Hija del Mar y sus maravillosas predicciones, su excelso valor religioso y como moneda de intercambio comercial.
Conocían bien la construcción de grandes embarcaciones, las técnicas de navegación y la técnicas de buceo para llegar hasta los 30 metros de profundidad a puro pulmón.
Los mantas no improvisaron nada, no hicieron nada por casualidad y mil años antes de la llegada de Cristóbal Colón, con conocimiento de causa, alevosía y ventaja (como dicen los abogados) crearon la primera ruta comercial marítima del continente americano.
Si en oriente, los chinos, crearon la ruta de la seda por el mar el año 600 d.C.; en América los manteños crearon la Ruta del Mullu o, con más poesía, La Ruta de la Hija del Mar 1200 años antes de Cristo.
Los manteños desde esa época habían creado una autopista marítima regular con horario, con puertos, con impuestos que funcionó hasta el año 1500 después de Cristo.
Mientras en los andes se usaba el Qhapaq Ñan, más conocido hasta la actualidad como los Caminos del Inca; los manteños usaron los Caminos del Mar.
Su base principal era Manta o Jocay en el Golfo de Guayaquil, Ecuador.
De allí hicieron su primera vía marítima hacia el sur por toda la costa ecuatoriana rumbo al Perú y el norte de Chile.
Zarpaban de Jocay hacia Salango, en la Costa de Manabí y aquí fue donde el año 1526, Bartolomé de las Casas los conoció por primera vez y difundió la noticia hasta la misma España.
En Isla Plata hacían una parada para visitar el santuario de la diosa Umiña. Una enorme esmeralda tallada en forma de cabeza humana y tenía el tamaño de la cabeza de un niño de 7 años. Era la diosa de la salud, la fertilidad y de los manteños. A ella la alimentaban con el polvo de la concha spondylus. Los españoles nunca encontraron esta piedra preciosa y, hasta la fecha, los cazadores de tesoros corren tras ella.
Luego de orar ante la sagrada esmeralda, seguían hacia Santa Elena, en Huancavilca, los manteños del sur.
Con viento a favor llegaban a la isla de Puna. Allí los punaes cobraban peaje para salir del Guayas y seguir navegando hacia el Perú.
Los punaes no eran comerciantes, eran los piratas del golfo de Guayaquil, guerreros preparados para el combate naval, no usaban flechas, utilizaban piedras para hundir las balsas, peleaban cuerpo a cuerpo y se comían a sus víctimas.
Daban miedo, su dentadura estaba limada como espinas, sus cabezas eran puntiagudas y su piel morena como enormes peces. Eran como tiburones, afirmaban los cronistas españoles Juan de Sámano, Francisco de Jérez, y Cieza de León que llegaron con Francisco Pizarro, el conquistador del Perú.
Los manteños luego de pagar tributos con esmeraldas, spondylus rojo y mantas de algodón seguían hacia Tumbes, en el Perú.
En Tumbes cambiaban de tripulación. Allí, según el cronista Sámano, los manteños tenían residentes, casas y un cacique que estaba a la orden del Señor Principal de la embarcación, o para que se entienda mejor el capitán y dueño de la nave y la mercancía.
En tierra se quedaban los más cansados y la travesía continuaba. El Señor principal iba sentado bajo un toldo, no remaba y era un noble de Jocay o Manta.
Su hombre de confianza, era un experto navegante, un piloto que sabía leer las corrientes, las estrellas, el color del agua y manejaba las guaras, tablas gigantes metía en los costados del barco para dirigir la nave a su destino, sin brújula.
Los calafanes no eran esclavos, eran tripulantes especializados en remar con enormes canaletes, en subir y bajar las velas de algodón, sacar el agua que entraba y eran expertos en pelear con macanas, hondas, lanzas, jabalinas y hachas de piedra y cobre.
También viajaban niños de 12 y 13 años como aprendices, eran hijos de los tripulantes y empezaban sacando agua y amarrando cuerdas, a cocinar y a servir a la diosa Umiña que iba en el centro de la embarcación.
Con otras palabras se puede decir que los manteños crearon la primera empresa familiar y la primera marina mercante de América.
Aquí tenemos que puntualizar que el barco era de un noble, pero no del gobernante manteño; es decir, no era del estado. Era de la familia del noble. La madera, la vela, las guaras todo se heredaba de padre a hijo.
Los puestos de la tripulación también eran hereditarios, todo era un negocio familiar desde el mercader hasta el cocinero.
El señor principal no pagaba un sueldo, las ganancias se repartían entre él y la tripulación.
Los cronistas españoles no sabían como explicar este negocio y sólo decían: "la balsa es de este señor y sus familiares".
Así pasó cuando en 1528, Francisco Pizarro, capturó un barco manteño con 40 libras de oro y 200 kilos de spondylus rojo.
Bien, de Tumbes seguían hasta Sechura, Paita y Bayovar, en Piura, donde hacían una escala técnica por agua, fruta y comida fresca.
Al pasar Piura llegaban a los costas de Lambayeque donde descargaban la concha spondylus para los señores Muchik. (Leer la historia de las huacas de Túcume, Batán Grande y el Señor de Sipán)
De Lambayeque seguían hasta Pacasmayo, La Libertad, donde su mayor cliente era el Señor de Chan Chan, de la cultura Chimú. En ese sitio arqueológico se ha encontrado spondylus de Nayarit y Ecuador.
Como incansables marinos mercantes, de La Libertad, continuaban hasta Ica a dos mil kilómetros del sur de Manta donde negociaban con las culturas Chincha, Paracas y Pisco. Al desaparecer Paracas continuaron tratando con los nazcas.
Después de navegar 2 ó 3 meses intercambiando spondylus y esmeraldas, regresaban al Ecuador cargados de: cobre arsenicado, bronce, oro, plata, algodón nativo de colores, textiles de lana de vicuña y alpaca, pescado seco y salado, anchoveta, sal, ají, papa seca, chuño, charqui, chicha en polvo, guano de las islas de Chincha y hachas de cobre arsenicado que las convertían en moneda de intercambio.
Aunque no llegaron directamente a Chile, la concha spondylus seguía el viaje por tierra gracias a los comerciantes prehispánicos de Chincha, que se habían asociado con los manteños.
El retorno a Manta tardaba 4 a 6 meses dependiendo de las condiciones climáticas y porque regresaban remando y no con las corrientes marinas que les eran favorables de norte a sur. Ir de Norte a Sur era como descender por un tobogán.
Al aumentar la demanda de la concha spondylus en los reinos del Perú, los manteños buscaron una nueva ruta marítima para satisfacer los pedidos de sus viejos clientes.
Fue entonces que miraron hacia el norte y abrieron una nueva ruta para buscar a La hija del Mar.
Con sus grandes barcos, precisos conocimientos de navegación y cargados de spondylus, esmeraldas y productos peruanos zarparon hacia el norte.
Salían en diciembre cuando entra el viento del norte y la corriente del Niño los empuja hacia arriba.
Desde Manta iban a Esmeraldas, al norte de Quito, para proveerse de agua dulce y despedirse del último puerto ecuatoriano.
De allí llegaban a Tumaco, Colombia donde intercambiaban cobre por esmeraldas.
Más al norte llegaban a San Buenaventura y de allí se alejaban de la costa hasta llegar al Golfo de Panamá.
Seguros de sí mismos de arribaban a Nicoya, Costa Rica, donde cómo dicen hoy en el fútbol hacían una pausa de hidratación y descargaban cobre para los orfebres locales y nicaragüenses.
Los joyeros ticos y nicas a cambio entregaban cerámica policromada, jade, objetos de piedra verde, textiles de algodón, plumas exóticas y cacao que servían de moneda de cambio
Luego del intercambio comercial pasaban hasta el Salvador donde se subían a la contracorriente ecuatorial que los conducía directamente a México.
Eso sí primero visitaban Guatemala y Chiapas donde intercambiaban la spondylus por jade y serpentinas, obsidiana, plumas preciosas de quetzal y guacamayas, cacao y textiles finos para las élites gobernantes.
Con su nueva mercancía seguían rumbo a Huatulco donde empezaba el reino del spondylus morado.
Inspirados por su espíritu emprendedor llegaban a Acapulco y Zihuatanejo donde intercambiaban las hachas de cobre arsenicado con los Tarasco o Purépechas.
Pero no sólo eso, según la doctora norteamericana, Dorothy Hosler, del Instituto Tecnológico de Massachusetts y especialista en metalurgia prehispánica, los manteños no sólo eran mercantilistas; sino, promotores del conocimiento tecnológico de esa época.
Hosler asegura que los manteños en dos encuentros que tuvieron con los Tarascos o Purépechas les enseñaron el arte de la metalurgia en especial a combinar cobre con arsénico para hacer armas fuertes en frío. Gracias a sus armas de metal, su organización militar y geografía, los aztecas nunca pudieron conquistar a los Purépechas o Tarascos.
En 1988, la especialista aseguró que la metalurgia se desarrolla en México el año 800 después de Cristo, mientras en los andes centrales del Perú apareció en el 1400 a.C.
De allí, que hoy aún se investiga si los manteños también compartieron información tecnológica con los mixtecos de Oaxaca, que a partir del año 900 d. C. se desarrollaron la falsa filigrana.
Lo cierto es que los navegantes manteños no eran vulgares comerciantes; sino, embajadores y difusores de conocimiento y tecnología, tal como hoy hacen las empresas de países desarrollados con países en vías de desarrollo.
Hosler demuestra su teoría cuando en Colima encontró cobre ecuatoriano fundido con estaño mexicano y obtuvieron bronce.
Los manteños al llegar a Punta Mita en Nayarit también dejaron maestros del buceo. Estos instructores les enseñaron a sumergirse, a los nayaritas, hasta 30 metros de profundidad a puro pulmón para arrancar la spondylus de las rocas marinas.
En Punta Mita, el arqueólogo mexicano José Carlos Beltrán Medina, encontró piezas de inmersión de la cultura Manta.
Halló pesos de buceo de piedra y anclas de piedra con las mismas características de los anfibios manteños.
Para los manteños Punta Mita significaba el banco más grande de spondylus prínceps del mundo.
Sacaban cientos de toneladas que llevaban hasta los reinos del Perú y cuando éstos desaparecieron siguieron trabajando con el imperio Inca: el Tahuantinsuyo, cuya capital era el Cuzco.
Hoy aún se sigue investigando si los manteños compartieron sus conocimientos náuticos y su experiencia como grandes navegantes con el Sapa Inca Túpac Yupanqui. Según el cronista español Pedro Sarmiento de Gamboa, en el siglo XVI, el hijo de Pachacutec tuvo contacto con los creadores de la Ruta de la Hija del Mar.
Por su parte el historiador peruano, José Antonio del Busto, asegura que Túpac Yupanqui llegó a la polinesia gracias a los conocimientos náuticos de los ecuatorianos.
Mientras esta teoría se estudia y se demuestra, lo que sí está comprobado científicamente hasta la fecha es que los extraordinarios navegantes manteños convirtieron al Océano Pacífico en la autopista de la Hija del Mar.
Los manteños crearon la Ruta de la Hija del Mar miles de años antes que la ruta marítima de la seda china.
La manteños recorrían la Ruta de la Hija del Mar sin brújula, sin esclavos creando la primera empresa familiar de América; creando la primera marina mercante americana; creando un negocio que florecía todo el año, creando la leyenda que la concha spondylus son las lágrimas de diosa Umiña; sembrando las primeras migraciones de América e introduciendo los primeros intercambios de información tecnológica en el continente.
En conclusión América estaba unida mil años antes de la llegada de Cristóbal Colón. La unió el mar del Pacífico, la artículo la Hija del Mar, la sostuvieron los recursos naturales de las tres américas: América del Norte, América Central y América del Sur. La hizo posible la tecnología de la balsa y la guara, y la ejecutó la valentía de los navegantes manteños, los mayores marinos de la antigüedad.
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