Garabatos de un caminante

Garabatos de un caminante
Apizaco, Tlaxacala, México

miércoles, 2 de septiembre de 2026

HABLAR DEL JUAN AURICH, ES HABLAR DE NUESTRA HISTORIA FAMILIAR

 

Cuando un chiclayano, viejo como yo, habla del Juan Aurich
está hablando de su historia familiar. 
El “Ciclón del Norte” es parte importante de los recuerdos de todos los lambayecanos y en particular de todos los muchachos del barrio que crecimos en la calle Francisco Cabrera, entre Balta y Colón. 
Cada domingo nuestros viejos desde temprano nos preparaban para ir a nuestro querido estadio “Elías Aguirre”.
Nos daban de desayunar y almorzar bien taipá para que a las tres de la tarde inflemos los pulmones y gritemos con alma y corazón: ¡Arriba el Aurich!”. (El “Elías Aguirre” palpitaba de emoción)
Mi viejo me llevaba a sombra, otros iban a ver el partido desde la tribuna de sol y todos estábamos unidos en una sola voz, en un solo bobo escarlata, exclamando al ritmo de matracas, bombos, tambores y trompetas: ¡Aurich!....¡Aurich!...
Mientras la gente del campo saboreando tortitas de choclo con cebiche y su rica chicha jora: decían con cariño: “Hoy tiene que ganar el Juan Auriche”.
Cuando ganaba el Ciclón todo era abrazos y alegría, no sentíamos ni el regreso al barrio, todos felices en sus casas a quitarse los zapatos y recordar con orgullo cada jugada del vencedor carmesí.
Pero cuando perdía las lágrimas nos corrían por la mejillas, mi viejo se enojaba y cada a paso de regreso a casa pesaba en el alma, en las piernas y en los pies. 
En casa encima mi viejita linda reñía a mi papá diciéndole que primero fuéramos a misa y luego a ver el fútbol.
Era cuando mi viejo, católico a su manera,  salía en busca de su viejo amigo Dante Guevara Miranda el ex arquero del Aurich en los años 1950.
El flaco Guevara como le decía mi papá era su entrañable pata. Llegaba a la casa para hablar de fútbol. Entre chela y chela se acordaban de la tragedia de 1953 cuando el ómnibus del Aurich fue embestido por el tren de Áscope y murieron 22 personas entre ellas 8 jugadores.
Yo los escuchaba con atención y tras un breve silencio hablaban del flaco Mendoza, de Merino, Eladio Reyes, Charún, Lobatón, etc. y de la tristeza pasaban a la alegría como un par de chibolos platicando de sus héroes y los jóvenes de la película.
El año 2003 cuando volé de México a Perú a visitar a mi viejo en su casa de Francisco Cabrera 531 todavía disfruté de la alegría del flaco Guevara. Ya mi papá y su amigo eran septuagenarios, pero seguían llorando y riendo recordando al Juan Aurich.
Al que ya no volví a ver nunca más desde que me fui a estudiar a Piura fue al gordo Escobar a quien mi papá le llamaba el “chileno”.
El gordo Escobar era el masajista del Aurich. Un gran ser humano y gran amigo de viejo.
Era su pata carreta porque  en 1967 cuando me caí de la bicicleta, en el parque principal de Chiclayo, manejando mi bicicleta  y me luxé el brazo derecho; el gordo Escobar dejó todo lo que estaba haciendo y llegó a mi casa; calentó agua, le hecho sal y vinagre de vino tinto, me curó el brazo y me lo vendó.
Mi viejo, entonces, me dijo: “el chileno  es el mejor masajista del fútbol peruano con sus manos benditas ha curado a Eladio Reyes, al flaco Mendoza y a todos los del Aurich, vas a ver que en unos días vas a estar peloteando otra vez”.
Y así fue. 
Por eso digo que recordar ahora al Juan Aurich, sentando aquí en la distancia, sentado en tierras mexicanas, es recordar parte de mi historia familiar.
Aquí le pongo punto final porque ya estoy cayendo en la trampa de la nostalgia y no quiero llorar.
¡Arriba el Aurich!



   El flaco Guevara con su clásico uniforme negro de arquero.



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