Este blog está hecho para todo el que quiera compartir sus pensamientos, su sentir, su poesía.
Garabatos de un caminante
Apizaco, Tlaxacala, México
domingo, 10 de septiembre de 2017
miércoles, 6 de septiembre de 2017
miércoles, 9 de agosto de 2017
domingo, 2 de julio de 2017
RELATOS DE MI PADRE. RELATO NÚMERO 2: "MI TÍO VICTOR COMIA GATOS"
Cuenta mi viejo que la primera vez que probó un rico estofado de gato fue cuando tenía 8 años, en casa de su tío Víctor.
“Me gustaba visitar a mi tío Víctor. Era un negro fuerte, pero no era tan alto como mi papá. Mi papá medía uno ochenta y mi tío Víctor uno setentaicinco. Era cinco centímetros más bajito que mi papá, pero tenía las espaldas más anchas que mi viejo.
Mi tío Víctor era muy deportista, practicaba box y peleaba los sábados y domingos en la calle Manuel María Izaga, a la vuelta del bar Roma, donde había un ring junto a la casa de mis tías negras.
Allí en Izaga, tenía dos tías negras. Eran negras cutatas, altas, fortachonas, que se dedicaban a partir leña para venderlas a las chicherías. Uyyy…Izaga y todo Chiclayo estaban tapizados de picanterías y necesitaban leña, mucha leña para cocer el maíz y hacer la chicha jora.
Pero a mí no me gustaba ir a visitar a mis tías negras porque era aburrido estar cortando leña.
En cambio visitar a mi tío Víctor era mucho más divertido.
Mi tío era zapatero. Zapatero de los buenos. Hacía zapatos finos para las zapaterías del señor Zamora.
El señor Zamora le decía a mi tío: -Don Víctor aquí le traigo un modelito que me acaba de llegar de la capirucha, quiero que me haga varios de los números 39, 41, y 42-. Al toque mi tío revisaba el modelito nuevo y contestaba: -Claro, señor Zamora, sólo tiene que dejarme un adelanto para el material y el resto cuando se los entregue-. El señor Zamora le daba el dinero a mi tío sin decir una palabra más y se marchaba como había llegado, con mucha elegancia y distinción. Era un hombre rico, pero no tan rico como el señor Nombera que andaba en su carro Ford color negro, como esos que salían en la serie de los Intocables con Robert Stack que interpretaba al detective Eliot Nees. (Me encantaba esa serie, verdad Calín…-Mi papá hasta la fecha me llama Calín, como cuando era niño-.)
Por esos días en Chiclayo no habían muchos carros, uno era el Ford del señor Nombera y un par más que no recuerdo, bien de quienes eran, los otros pitucos andaban a caballo y amarraban sus animales frente al hotel Royal, a donde solían ir a tomar café.
Mi tío Víctor me decía que si estudiaba mucho algún día yo también podría entrar al hotel Royal a tomar leche pura de vaca con café.
A mi tío Víctor le gustaba mucho la leche con café, también le gustaba enseñarme a boxear; me decía: -Mira Colorao esta es mi guardia... Ven te voy a enseñar a cuadrarte... Pon las manos así... Párate así... Vamos los pies bien pegados al piso... No te muevas mucho... Mira a los ojos de tu oponente... Miralo bien... Sin miedo... Estúdialo... Estúdialo detenidamente y sin miedo... Ahora saca el jab izquierdo.., Engáñalo... Uno, dos tres... Otra vez... No despegues los pies del piso... Párate firme... Síguelo con la mirada, estúdialo, míralo de frente a los ojos, a los ojos, no bajes la mirada... Bien así, así, no bajes la mirada, no le tengas miedo a los golpes... ¡Ahora sí pégale duro, duro en la mandíbula, en la mandíbula!.... ¡Eso es colorao, bien colorao!... ¡Así colorao!...sigue practicando haz sombra, mientras yo sigo trabajando...
Me encantaba que mi tío me enseñara a boxear. Me agradaba tanto que cuando mi papá no me daba permiso, yo me escapaba para ir a visitarlo.
Hasta que un día después de las clases de boxeo, me dijo: -Colorao quédate a almorzar conmigo.
Por esas fechas mi tío aún estaba soltero. Era muchacho. Le encantaba trabajar, le encantaba su oficio de zapatero, le encantaba boxear, le encantaba reunirse con sus amigos en la chichería de la “Lorito” ubicada en la esquina de Balta con Tacna, a unos pasos del viejo diario La Industria, y también le encantaba comer.
Mi tío era de buen diente y como buen negro sabía cocinar. Así que esa mañana me dijo: -He preparado un estofado que está pa’ chuparse los dedos.
No era la primera vez que iba a almorzar con mi tío así que no me negué. Me senté en la mesa cuando lo veo llegar con dos platos hondos llenos de arroz blanco, frejoles y un estofado que parecía de cabrito, y me dijo: -Listo, Colorao. Uno para ti y otro para mí. Vamos a meterle diente que esto caliente. La comida fría hace daño Colorao. Vamos empieza a comer y aquí está tu vaso de chicha morada-.
Empezamos a comer y me lo acabé todo. Mi tío me había servido unas presas, unas tronchas que estaban suavecitas como el cabrito y hasta me comí otro plato. Mi tío hizo lo mismo y luego me dijo:- Colorao tu sabes porque soy bien fuerte, bien ágil y no me enfermo de nada-. Respondí: -No sé tío. Lo que sé es que mi papá dice que usted es muy deportista y que todos sus amigos negros que vienen de Saña también son bien fuertes, que todos saben boxear y que se reúnen en la picantería de la “Lorito” para tomar chicha y comer pescado sudao, causa y panquitas de life-.
Entonces mi tío esbozó una ligera sonrisa y dijo seriamente: -Ay, tu papá siempre tan discreto. Pero, yo te voy a decir porque soy un negro fuerte y ágil: Sabes, por qué, Colorao,...Porque me gusta comer gato”-.
Yo tenía ocho años, ocho años y nunca había escuchado algo semejante, mi papá nunca me había dicho que a mi tío Víctor le gustaba comer gato, tuve miedo, pero siempre he tenido un estómago y un espíritu fuerte. Lo quedé mirando a los ojos fijamente como si lo quisiera matar con la mirada, para saber que no me estaba asustando, que no me estaba mintiendo, que no me estaba vacilando. Yo quería mucho a mi tío Víctor, pero en ese momento no sabía que hacer, ni que pensar. Entonces rompió la tensión y comentó: -A mis amigos de Saña y a mí nos gusta comer gato. Nos gusta subir a los techos y atrapar a los gatos más gordos, que se andan comiendo la carne que los vecinos cuelgan en sus corrales para hacer cecina. Esos gatos gordos que se alimentan de pura carne de res son los más ricos, son los más sabrosos, como éste que acabamos de comer y sabe a cabrito-.
En ese momento pensé que mi tío no me estaba diciendo la verdad, que no sé por qué razón me quería vacilar. Me puse de pie y le dije con todo el atrevimiento del mundo:- Tío no le creo nada. A ver muéstreme la piel del gato que acabamos de comer-.
Sin más se puso de pie muy contento y ordenó:- Ven, Colorao, sígueme a la cocina. Te voy a demostrar que no te estoy mintiendo, ni te quiero asustar-.
En la cocina tenía la piel del gato bañada en sal, la cabeza estaba en la basura y yo me quedé de una sola pieza mirando las ollas que aún tenían los restos del estofado.
En ese momento me di cuenta que mi querido tío Víctor me estaba diciendo la verdad, ya no sabía que decir ni que preguntar, sólo sabía que me había comido una carne tan rica como el cabrito.
Cuando regresé a mi casa, le conté todo a mi papá. Mi viejo lindo no se molestó. Él sabía que su hermano y sus amigos de Saña era comegatos. Así como un maestro de escuela, explicó que mi tío Víctor y sus amigos negros tenían la antigua creencia africana que quien come gato se hace fuerte, ágil y va a tener larga vida.
Pero me aclaró que él no creía en eso, que eran puras supersticiones de los antiguos negros de Saña y que él prefería comer un buen pescado, un buen bistec de carne de res o un rico cabrito de chivito de leche.
Y como mi viejo no me prohibió que vaya a ver a mi tío, yo lo visitaba como siempre para que me enseñara a boxear y a disfrutar de un rico estofado de gato".
“Me gustaba visitar a mi tío Víctor. Era un negro fuerte, pero no era tan alto como mi papá. Mi papá medía uno ochenta y mi tío Víctor uno setentaicinco. Era cinco centímetros más bajito que mi papá, pero tenía las espaldas más anchas que mi viejo.
Mi tío Víctor era muy deportista, practicaba box y peleaba los sábados y domingos en la calle Manuel María Izaga, a la vuelta del bar Roma, donde había un ring junto a la casa de mis tías negras.
Allí en Izaga, tenía dos tías negras. Eran negras cutatas, altas, fortachonas, que se dedicaban a partir leña para venderlas a las chicherías. Uyyy…Izaga y todo Chiclayo estaban tapizados de picanterías y necesitaban leña, mucha leña para cocer el maíz y hacer la chicha jora.
Pero a mí no me gustaba ir a visitar a mis tías negras porque era aburrido estar cortando leña.
En cambio visitar a mi tío Víctor era mucho más divertido.
Mi tío era zapatero. Zapatero de los buenos. Hacía zapatos finos para las zapaterías del señor Zamora.
El señor Zamora le decía a mi tío: -Don Víctor aquí le traigo un modelito que me acaba de llegar de la capirucha, quiero que me haga varios de los números 39, 41, y 42-. Al toque mi tío revisaba el modelito nuevo y contestaba: -Claro, señor Zamora, sólo tiene que dejarme un adelanto para el material y el resto cuando se los entregue-. El señor Zamora le daba el dinero a mi tío sin decir una palabra más y se marchaba como había llegado, con mucha elegancia y distinción. Era un hombre rico, pero no tan rico como el señor Nombera que andaba en su carro Ford color negro, como esos que salían en la serie de los Intocables con Robert Stack que interpretaba al detective Eliot Nees. (Me encantaba esa serie, verdad Calín…-Mi papá hasta la fecha me llama Calín, como cuando era niño-.)
Por esos días en Chiclayo no habían muchos carros, uno era el Ford del señor Nombera y un par más que no recuerdo, bien de quienes eran, los otros pitucos andaban a caballo y amarraban sus animales frente al hotel Royal, a donde solían ir a tomar café.
Mi tío Víctor me decía que si estudiaba mucho algún día yo también podría entrar al hotel Royal a tomar leche pura de vaca con café.
A mi tío Víctor le gustaba mucho la leche con café, también le gustaba enseñarme a boxear; me decía: -Mira Colorao esta es mi guardia... Ven te voy a enseñar a cuadrarte... Pon las manos así... Párate así... Vamos los pies bien pegados al piso... No te muevas mucho... Mira a los ojos de tu oponente... Miralo bien... Sin miedo... Estúdialo... Estúdialo detenidamente y sin miedo... Ahora saca el jab izquierdo.., Engáñalo... Uno, dos tres... Otra vez... No despegues los pies del piso... Párate firme... Síguelo con la mirada, estúdialo, míralo de frente a los ojos, a los ojos, no bajes la mirada... Bien así, así, no bajes la mirada, no le tengas miedo a los golpes... ¡Ahora sí pégale duro, duro en la mandíbula, en la mandíbula!.... ¡Eso es colorao, bien colorao!... ¡Así colorao!...sigue practicando haz sombra, mientras yo sigo trabajando...
Me encantaba que mi tío me enseñara a boxear. Me agradaba tanto que cuando mi papá no me daba permiso, yo me escapaba para ir a visitarlo.
Hasta que un día después de las clases de boxeo, me dijo: -Colorao quédate a almorzar conmigo.
Por esas fechas mi tío aún estaba soltero. Era muchacho. Le encantaba trabajar, le encantaba su oficio de zapatero, le encantaba boxear, le encantaba reunirse con sus amigos en la chichería de la “Lorito” ubicada en la esquina de Balta con Tacna, a unos pasos del viejo diario La Industria, y también le encantaba comer.
Mi tío era de buen diente y como buen negro sabía cocinar. Así que esa mañana me dijo: -He preparado un estofado que está pa’ chuparse los dedos.
No era la primera vez que iba a almorzar con mi tío así que no me negué. Me senté en la mesa cuando lo veo llegar con dos platos hondos llenos de arroz blanco, frejoles y un estofado que parecía de cabrito, y me dijo: -Listo, Colorao. Uno para ti y otro para mí. Vamos a meterle diente que esto caliente. La comida fría hace daño Colorao. Vamos empieza a comer y aquí está tu vaso de chicha morada-.
Empezamos a comer y me lo acabé todo. Mi tío me había servido unas presas, unas tronchas que estaban suavecitas como el cabrito y hasta me comí otro plato. Mi tío hizo lo mismo y luego me dijo:- Colorao tu sabes porque soy bien fuerte, bien ágil y no me enfermo de nada-. Respondí: -No sé tío. Lo que sé es que mi papá dice que usted es muy deportista y que todos sus amigos negros que vienen de Saña también son bien fuertes, que todos saben boxear y que se reúnen en la picantería de la “Lorito” para tomar chicha y comer pescado sudao, causa y panquitas de life-.
Entonces mi tío esbozó una ligera sonrisa y dijo seriamente: -Ay, tu papá siempre tan discreto. Pero, yo te voy a decir porque soy un negro fuerte y ágil: Sabes, por qué, Colorao,...Porque me gusta comer gato”-.
Yo tenía ocho años, ocho años y nunca había escuchado algo semejante, mi papá nunca me había dicho que a mi tío Víctor le gustaba comer gato, tuve miedo, pero siempre he tenido un estómago y un espíritu fuerte. Lo quedé mirando a los ojos fijamente como si lo quisiera matar con la mirada, para saber que no me estaba asustando, que no me estaba mintiendo, que no me estaba vacilando. Yo quería mucho a mi tío Víctor, pero en ese momento no sabía que hacer, ni que pensar. Entonces rompió la tensión y comentó: -A mis amigos de Saña y a mí nos gusta comer gato. Nos gusta subir a los techos y atrapar a los gatos más gordos, que se andan comiendo la carne que los vecinos cuelgan en sus corrales para hacer cecina. Esos gatos gordos que se alimentan de pura carne de res son los más ricos, son los más sabrosos, como éste que acabamos de comer y sabe a cabrito-.
En ese momento pensé que mi tío no me estaba diciendo la verdad, que no sé por qué razón me quería vacilar. Me puse de pie y le dije con todo el atrevimiento del mundo:- Tío no le creo nada. A ver muéstreme la piel del gato que acabamos de comer-.
Sin más se puso de pie muy contento y ordenó:- Ven, Colorao, sígueme a la cocina. Te voy a demostrar que no te estoy mintiendo, ni te quiero asustar-.
En la cocina tenía la piel del gato bañada en sal, la cabeza estaba en la basura y yo me quedé de una sola pieza mirando las ollas que aún tenían los restos del estofado.
En ese momento me di cuenta que mi querido tío Víctor me estaba diciendo la verdad, ya no sabía que decir ni que preguntar, sólo sabía que me había comido una carne tan rica como el cabrito.
Cuando regresé a mi casa, le conté todo a mi papá. Mi viejo lindo no se molestó. Él sabía que su hermano y sus amigos de Saña era comegatos. Así como un maestro de escuela, explicó que mi tío Víctor y sus amigos negros tenían la antigua creencia africana que quien come gato se hace fuerte, ágil y va a tener larga vida.
Pero me aclaró que él no creía en eso, que eran puras supersticiones de los antiguos negros de Saña y que él prefería comer un buen pescado, un buen bistec de carne de res o un rico cabrito de chivito de leche.
Y como mi viejo no me prohibió que vaya a ver a mi tío, yo lo visitaba como siempre para que me enseñara a boxear y a disfrutar de un rico estofado de gato".
martes, 27 de junio de 2017
RELATOS DE MI PADRE : MI BISABUELO
RELATOS DE MI PADRE: MI BISABUELO.
Cuando era niño, mientras mamá servía la cena, mi padre acostumbraba a contarnos sus viejas historias.
Me fascinaba escucharlo narrar la historia de la familia y sus aventuras.
Ahora, ya no está mi madre, Juani, mi amada esposa, y yo servimos la cena, mientras mi viejo le cuenta a mis hijas y a su único nieto sus antiguas vivencias, que conozco de memoria y no me canso de disfrutarlas.
Con mucha pasión, como si fuera la primera vez que contara la historia de mi bisabuelo, mi padre relata:
“Mi abuelo era un negro bien alto, bien fuerte que andaba a caballo vestido de chalán.
Se llamaba Julián Cabrejos Varela y nunca había ido a la escuela, pero era muy inteligente, porque la gente lo invitaba a sus fiestas para que recitara sus poemas. Los recitaba de memoria o en ese mismo momento los inventaba.
Mi abuelo Julián era caporal en la hacienda Tumán. Los ricos le habían regalado unas tierras para que hiciera su casa; pero él quería vivir en el corazón de Chiclayo. Así que obsequió su chacra y se vino a Chiclayo a hacer lo que más le gustaba: recitar sus poemas.
El abuelo Julián parado en las esquinas de las calles, que hoy se conocen, como Colón y Cabrera, con su sombrero de paja, su poncho de lino color beige y franjas marrones, con su pantalón blanco y sus botas negras, fumaba sus cigarros de pelo de choclo que el mismo hacía.
Envolvía los pelos de choclo (que dejaba secar en el techo de la casa) en un pedazo de papel cuadradito y a golpe de pecho inhalaba el humo, mientras iba recitando sus propios versos.
Cuando se le terminaban sus cigarrillos de pelo de choclo seco, me decía: “Colorao ve a comprarme unos cigarros". Antes de obedecer a mi abuelo yo miraba a mi padre. A mi papá no le gustaba que mi abuelo fumara; pero tampoco se lo impedía, entonces mi papá, me decía: - Edmundo obedece a tu abuelo, pero sólo cómprale un cigarrillo-.
Entonces salía corriendo hasta la tienda. Yo quería mucho a mi abuelo Julián y le compraba cuatro cigarros, pero a mi padre le decía que solo le había comprado uno.
Así, a escondidas le daba los otros tres cigarrillos y mi abuelo me agarraba de mi cabello largo. ( Mi mamá dejaba que mi cabello crespo creciera hasta mis hombros) Mientras acariciaba mis rulos, decía con cariño de anciano : - Como se está perdiendo mi raza-.
Mi abuelo decía eso porque yo era colorao, blanco, como mi madre que había nacido en Jaén, Cajamarca.
En otras ocasiones mientras acariciaba mi cabeza, echaba una bocanada de humo y decía:- “Colorao cuando crezcas tienes que cuidarte del negro con plata, del blanco pobre y del cholo con puesto.
El negro con plata es pedante, el blanco pobre es zalamero y el cholo con puesto es abusivo.”
O me paraba frente a él, mientras sentado en una silla de madera color rojizo, me aconsejaba diciendo: “Ay, mi colorao como te quiero, ojalá nunca te olvides de mi, ojalá que no seas como el serrano, la paloma o el gato, esos tienen el alma de ingrato”.
Sin embargo, el consejo que más me agradaba era cuando me sostenía con fuerza de los hombros y me decía: “Eres bien fuerte colorao. Tienes una cajota. Tienes unos brazotes y mira este puño, cualquier cojudo no se puede meter contigo. Vas a ser un hombrón.
Y un hombrón siempre hace sus cosas solo, así le salgan pato o gallareta”.
Así es, uno tiene que hacer sus cosas solo… Así nos salgan “pato o gallareta”, comenta mi viejo con firmeza dirigiéndose a mis hijas.
Se lleva una cucharada de sancochado a la boca, pasa en silencio, y luego con nostalgia agrega: - Así era mi abuelo, un negro alto, fuerte, inteligente, que nunca fue a la escuela, pero recitaba sus propias décimas hasta que un día enamorado de una mujer blanca se marchó para siempre.
Mi abuelo a sus 90 años se había enamorado de una atractiva blanquiñosa, que nunca le hizo caso, pero lo inspiró hasta el último suspiro.
Cuando era niño, mientras mamá servía la cena, mi padre acostumbraba a contarnos sus viejas historias.
Me fascinaba escucharlo narrar la historia de la familia y sus aventuras.
Ahora, ya no está mi madre, Juani, mi amada esposa, y yo servimos la cena, mientras mi viejo le cuenta a mis hijas y a su único nieto sus antiguas vivencias, que conozco de memoria y no me canso de disfrutarlas.
Con mucha pasión, como si fuera la primera vez que contara la historia de mi bisabuelo, mi padre relata:
“Mi abuelo era un negro bien alto, bien fuerte que andaba a caballo vestido de chalán.
Se llamaba Julián Cabrejos Varela y nunca había ido a la escuela, pero era muy inteligente, porque la gente lo invitaba a sus fiestas para que recitara sus poemas. Los recitaba de memoria o en ese mismo momento los inventaba.
Mi abuelo Julián era caporal en la hacienda Tumán. Los ricos le habían regalado unas tierras para que hiciera su casa; pero él quería vivir en el corazón de Chiclayo. Así que obsequió su chacra y se vino a Chiclayo a hacer lo que más le gustaba: recitar sus poemas.
El abuelo Julián parado en las esquinas de las calles, que hoy se conocen, como Colón y Cabrera, con su sombrero de paja, su poncho de lino color beige y franjas marrones, con su pantalón blanco y sus botas negras, fumaba sus cigarros de pelo de choclo que el mismo hacía.
Envolvía los pelos de choclo (que dejaba secar en el techo de la casa) en un pedazo de papel cuadradito y a golpe de pecho inhalaba el humo, mientras iba recitando sus propios versos.
Cuando se le terminaban sus cigarrillos de pelo de choclo seco, me decía: “Colorao ve a comprarme unos cigarros". Antes de obedecer a mi abuelo yo miraba a mi padre. A mi papá no le gustaba que mi abuelo fumara; pero tampoco se lo impedía, entonces mi papá, me decía: - Edmundo obedece a tu abuelo, pero sólo cómprale un cigarrillo-.
Entonces salía corriendo hasta la tienda. Yo quería mucho a mi abuelo Julián y le compraba cuatro cigarros, pero a mi padre le decía que solo le había comprado uno.
Así, a escondidas le daba los otros tres cigarrillos y mi abuelo me agarraba de mi cabello largo. ( Mi mamá dejaba que mi cabello crespo creciera hasta mis hombros) Mientras acariciaba mis rulos, decía con cariño de anciano : - Como se está perdiendo mi raza-.
Mi abuelo decía eso porque yo era colorao, blanco, como mi madre que había nacido en Jaén, Cajamarca.
En otras ocasiones mientras acariciaba mi cabeza, echaba una bocanada de humo y decía:- “Colorao cuando crezcas tienes que cuidarte del negro con plata, del blanco pobre y del cholo con puesto.
El negro con plata es pedante, el blanco pobre es zalamero y el cholo con puesto es abusivo.”
O me paraba frente a él, mientras sentado en una silla de madera color rojizo, me aconsejaba diciendo: “Ay, mi colorao como te quiero, ojalá nunca te olvides de mi, ojalá que no seas como el serrano, la paloma o el gato, esos tienen el alma de ingrato”.
Sin embargo, el consejo que más me agradaba era cuando me sostenía con fuerza de los hombros y me decía: “Eres bien fuerte colorao. Tienes una cajota. Tienes unos brazotes y mira este puño, cualquier cojudo no se puede meter contigo. Vas a ser un hombrón.
Y un hombrón siempre hace sus cosas solo, así le salgan pato o gallareta”.
Así es, uno tiene que hacer sus cosas solo… Así nos salgan “pato o gallareta”, comenta mi viejo con firmeza dirigiéndose a mis hijas.
Se lleva una cucharada de sancochado a la boca, pasa en silencio, y luego con nostalgia agrega: - Así era mi abuelo, un negro alto, fuerte, inteligente, que nunca fue a la escuela, pero recitaba sus propias décimas hasta que un día enamorado de una mujer blanca se marchó para siempre.
Mi abuelo a sus 90 años se había enamorado de una atractiva blanquiñosa, que nunca le hizo caso, pero lo inspiró hasta el último suspiro.
miércoles, 7 de junio de 2017
MI CUARTO DE CARTÓN
Cuantos recuerdos me traen a la memoria estas viejas casonas.
Estaba iniciando como periodista del diario EXPRESO.
Había llegado a Lima con poco dinero.
Mi abuelo me ofreció un cuarto en su casa de Barrios Altos, pero no podía respetar su horario de entrada.
Mi primo, Lucho, hizo lo mismo, pero mi primera comisión en EXPRESO me exigía trabajar de noche, en el mundo del espectáculo, averiguando si Carlos Gardel algunas vez piso territorio peruano,
Don Guillermo Córtez Núñez, era el director de EXPRESO, y él mismo me dio una lista de contactos. Era un 20 de junio de 1985 y quería la nota ya, para que saliera publicada el 24. (El 24 de junio de 1935 Gardel murió en Medellín Colombia, durante un accidente aéreo).
No tenía mucho tiempo y primero tenía que resolver donde iba a vivir en Lima.
Con mi abuelo no podía y tampoco quería ser una molestia para mi primo, es más llegar a Barrios Altos,en la madrugada, también era muy peligroso.
Así que pregunté donde alquilaban cuartos baratos cerca del diario EXPRESO.
Con 60 intis en el bolsillo me dirige a esa vieja casona, hablé con el arrendador, le dije mi situación encómica y me rentó un cuarto de cartón en la azotea del edificio por treinta intis.
Era un cuartucho pequeño de cartón pegado al muro de la azotea y con techo de lámina de asbesto,
Era un cuarto humedo por la fina garúa de junio (parafraseando a Chabuca Granda). Sin luz, sin agua, sin servicios; con un catre viejo y un colchón recontra viejo, pero nunca me pico nada, y eso que tengo la sangre "dulce", del agrado de zancudos, chinches y pulgas.
Era un cuarto que pese a todo no necesitaba luz, me iluminaba el resplandor de los focos de neón de la plaza Dos de Mayo.
No necesitaba baño, podía orinar en cualquier parte de la azotea, mientras contemplaba el amanecer limeño alrededor de la Plaza dos de Mayo.
La azotea era como un enorme balcón desde donde podía ver y contemplar el simbólico monumento al combate del 2 de mayo de 1866, cuando los cañones peruanos vencieron a la marina Española obligándola a regresar mal herida a su tierra. Sud América era libre del invasor español.
Desde la azotea podía observar el flujo del tránsito vehicular que no se detenía ni de día, ni de noche y de día y de noche lanzaban al aire más humo que una chimenea.
Desde la azotea veía a la genta caminar hacia los puestos de comida que rodeaban la plaza. Puestos de ambulantes que ofrecían desde un pescado frito a un buen plato de tallarín saltado, en los chifas al paso.
Desde la azotea veía a los emolienteros que con peculiar precisión enfríaban de un vaso a otro la tradicional bebida caliente limeña.
Desde la azotea podía ver a toda esa gente sin trabajo, que de día se sentaban alrededor de la plaza buscando un poco de esperanza. Y por las noches dormían en el pasto o en las bancas esperando que el nuevo día les trajera un poco de pan para llenarse la panza.
Mas, un par de días después contento de haber cumplido con mi comisión, cuando estaba apunto de cerrar los ojos y descansar, con el propósito de levantarme a las 6.30 a.m. e ir a EXPRESO bien temprano para asearme en los baños del periódico y cambiarme de ropa, como lo hacía todas las mañanas, desde el momento que alquilé el cuartucho de "papel"...
Unos gritos llamaron mi atención: Eran cerca de la una o dos de la mañana, cuando en la azotea gritaron: ¡GUARDIA CILVIL DEL PERÚ!....Y enseguida de un fuerte golpe abrieron la débil puerta de mi cuarto de cartón y otro grito más: ¡ARRIBA LAS MANOS, CARAJO!..,
Con las manos en alto, aún acostado en el enclenque catre y viendo el ojo del cañón de la usi del tombo, por puro instinto grité: ¡PERIODISTA DE EXPRESO EN COMISIÓN ESPECIAL!...
El tombo con su arma en la mano derecha por unos segundos creo que se desconcertó, guardó silencio sin dejar de apuntarme, agarró su linterna, la prendió, me iluminó el rostro y con voz de policía expresó: -Su carnet de periodista y su libreta electoral-.
Como dormía con todo y ropa, lo único que me sacaba eran las medias, -nunca he podido dormir con medias-, me levanté de la cama, metí la mano al bolsillo derecho de mi pantalon blue jean y le mostré mis documentos.
Mientras leía los documents salimos de mi cuarto de cartón a la azotea. El leía detenidamente, yo sin zapatos estaba observando todo lo que estaba pasando.
Habían más de 20 guardias civiles todos armados. De un cuarto grande con luz eléctrica, repleto de papeles y libros sacaba a un grupo de muchachos con las manos en la cabeza.
Los muchachos que parecían estudiantes tenían rasgos indigenas y una mirada de odio en sus ojos.
Entonces el tombo terminó de examinar mis documentos, me los devolvió y me dijo:- No entiendo que chucha haces acá. Esto está lleno de senderistas-.
Dicho eso se marchó con el resto del pelotón mientras en fila india se llevaban a los muchachos de apariencia andina.
El 30 de junio cobré mi primera quincena en EXPRESO y abandoné para siempre ese cuarto de cartón, cuya azotea me permitía disfrutar de la plaza Dos de Mayo y la madrugada limeña.
Estaba iniciando como periodista del diario EXPRESO.
Había llegado a Lima con poco dinero.
Mi abuelo me ofreció un cuarto en su casa de Barrios Altos, pero no podía respetar su horario de entrada.
Mi primo, Lucho, hizo lo mismo, pero mi primera comisión en EXPRESO me exigía trabajar de noche, en el mundo del espectáculo, averiguando si Carlos Gardel algunas vez piso territorio peruano,
Don Guillermo Córtez Núñez, era el director de EXPRESO, y él mismo me dio una lista de contactos. Era un 20 de junio de 1985 y quería la nota ya, para que saliera publicada el 24. (El 24 de junio de 1935 Gardel murió en Medellín Colombia, durante un accidente aéreo).
No tenía mucho tiempo y primero tenía que resolver donde iba a vivir en Lima.
Con mi abuelo no podía y tampoco quería ser una molestia para mi primo, es más llegar a Barrios Altos,en la madrugada, también era muy peligroso.
Así que pregunté donde alquilaban cuartos baratos cerca del diario EXPRESO.
Con 60 intis en el bolsillo me dirige a esa vieja casona, hablé con el arrendador, le dije mi situación encómica y me rentó un cuarto de cartón en la azotea del edificio por treinta intis.
Era un cuartucho pequeño de cartón pegado al muro de la azotea y con techo de lámina de asbesto,
Era un cuarto humedo por la fina garúa de junio (parafraseando a Chabuca Granda). Sin luz, sin agua, sin servicios; con un catre viejo y un colchón recontra viejo, pero nunca me pico nada, y eso que tengo la sangre "dulce", del agrado de zancudos, chinches y pulgas.
Era un cuarto que pese a todo no necesitaba luz, me iluminaba el resplandor de los focos de neón de la plaza Dos de Mayo.
No necesitaba baño, podía orinar en cualquier parte de la azotea, mientras contemplaba el amanecer limeño alrededor de la Plaza dos de Mayo.
La azotea era como un enorme balcón desde donde podía ver y contemplar el simbólico monumento al combate del 2 de mayo de 1866, cuando los cañones peruanos vencieron a la marina Española obligándola a regresar mal herida a su tierra. Sud América era libre del invasor español.
Desde la azotea podía observar el flujo del tránsito vehicular que no se detenía ni de día, ni de noche y de día y de noche lanzaban al aire más humo que una chimenea.
Desde la azotea veía a la genta caminar hacia los puestos de comida que rodeaban la plaza. Puestos de ambulantes que ofrecían desde un pescado frito a un buen plato de tallarín saltado, en los chifas al paso.
Desde la azotea veía a los emolienteros que con peculiar precisión enfríaban de un vaso a otro la tradicional bebida caliente limeña.
Desde la azotea podía ver a toda esa gente sin trabajo, que de día se sentaban alrededor de la plaza buscando un poco de esperanza. Y por las noches dormían en el pasto o en las bancas esperando que el nuevo día les trajera un poco de pan para llenarse la panza.
Mas, un par de días después contento de haber cumplido con mi comisión, cuando estaba apunto de cerrar los ojos y descansar, con el propósito de levantarme a las 6.30 a.m. e ir a EXPRESO bien temprano para asearme en los baños del periódico y cambiarme de ropa, como lo hacía todas las mañanas, desde el momento que alquilé el cuartucho de "papel"...
Unos gritos llamaron mi atención: Eran cerca de la una o dos de la mañana, cuando en la azotea gritaron: ¡GUARDIA CILVIL DEL PERÚ!....Y enseguida de un fuerte golpe abrieron la débil puerta de mi cuarto de cartón y otro grito más: ¡ARRIBA LAS MANOS, CARAJO!..,
Con las manos en alto, aún acostado en el enclenque catre y viendo el ojo del cañón de la usi del tombo, por puro instinto grité: ¡PERIODISTA DE EXPRESO EN COMISIÓN ESPECIAL!...
El tombo con su arma en la mano derecha por unos segundos creo que se desconcertó, guardó silencio sin dejar de apuntarme, agarró su linterna, la prendió, me iluminó el rostro y con voz de policía expresó: -Su carnet de periodista y su libreta electoral-.
Como dormía con todo y ropa, lo único que me sacaba eran las medias, -nunca he podido dormir con medias-, me levanté de la cama, metí la mano al bolsillo derecho de mi pantalon blue jean y le mostré mis documentos.
Mientras leía los documents salimos de mi cuarto de cartón a la azotea. El leía detenidamente, yo sin zapatos estaba observando todo lo que estaba pasando.
Habían más de 20 guardias civiles todos armados. De un cuarto grande con luz eléctrica, repleto de papeles y libros sacaba a un grupo de muchachos con las manos en la cabeza.
Los muchachos que parecían estudiantes tenían rasgos indigenas y una mirada de odio en sus ojos.
Entonces el tombo terminó de examinar mis documentos, me los devolvió y me dijo:- No entiendo que chucha haces acá. Esto está lleno de senderistas-.
Dicho eso se marchó con el resto del pelotón mientras en fila india se llevaban a los muchachos de apariencia andina.
El 30 de junio cobré mi primera quincena en EXPRESO y abandoné para siempre ese cuarto de cartón, cuya azotea me permitía disfrutar de la plaza Dos de Mayo y la madrugada limeña.
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