Garabatos de un caminante

Garabatos de un caminante
Apizaco, Tlaxacala, México

viernes, 25 de febrero de 2011

LA GENTE ES MALA

Como no sé dibujar tomó prestado un dibujo de Quino 1996

Hace unos días cuando iba a la colonia Roma, en la línea 9 del metro de la Ciudad de México, escuché a una señora que le decía a su hijo adolescente: - "la gente de allí es bien mala..."
No escuché más, ni sé de qué más venían platicando, ni a que gente se estaban refiriendo. Pero esas palabras penetraron muy dentro de mí y me hicieron recordar mi niñez, mi adolescencia, mi juventud y toda mi vida pasó frente a mí como una película de horror. Recordé a mi madre aconsejándome contra la gente mala. Recordé a mi padre aconsejándome en contra de los chinos viciosos, de los curas mentirosos, de los limeños elegantes, de los negros con plata, de los cholos con puesto y de los blancos pobres; para él toda esa gente era mala y sólo debía evitarla.
Recordé como en otra ocasión, cuando iba de Zárate al centro de Lima, una señora también le decía a su hijo: -"Esa gente es bien mala"....
En aquella ocasión tenía 24 años cuando, por primera vez, oí en un medio de transporte público decirle una madre a su hijo: "La gente es mala". Hoy por segunda vez, lejos de mi país, pero también en un medio de transporte público, escucho que una madre le dice a su hijo adolescente: -"La gente de allí es bien mala..."

Y hoy como hace 25 años siento la misma necesidad de volver a escribir lo que escribí hace 25 años, unos garabatos que me liberan del peso de los prejuicios sembrados, por mi familia y por mi sociedad, en mi alma:


" LA GENTE ES MALA"

La gente es mala le enseña la madre al hijo.
La gente es mala le enseña el padre al hijo.
La gente es mala repite el hermano a la hermana.
La gente es mala repite la hermana al hermano.
La gente es mala repiten los parientes.
La gente es mala repite el indigente.
La gente es mala repite el poderoso.
La gente es mala repite el ignorante.
La gente es mala repite el ilustrado.
La gente es mala repite el obrero.
La gente es mala repite el profesional.
La gente es mala repiten todos
sin darse por aludidos,
como si fueran extraterrestres
y
no simples seres humanos
con pecado orginal,
con malicia;
pero
también con bondad,
con fuerza,
con la virtud
para vencer al mal..
Porque todos somo gente,
somos la gente,
gente, gente...
Tú y yo somos la gente
por eso no digas que mala es la gente
mejor hay que ser conciente
y
comprensivo
de nuestra naturaleza humana
con tendencias al bien y al mal.

Carlos Enrique Cabrejos Bocanegra, Lima 1985

Como dijo Cristo: "Quien esté libre de pecado que lance la primera piedra".






jueves, 10 de febrero de 2011

Hoy murió la mamá del ciego, yo me acordé de la mía.

Mi madre siempre vivirá en mí
y
a través de mi poesía.

Hoy murió, la señora Laura, la madre del "Ciego", de un viejo amigo de carrera, un compañero de promoción, un amigo de vocación. Hoy me acordé de mi madre. Hoy te recordé Marina.
Hoy murió su madre y yo me acordé de la mía, de esa serranita hermosa que cuando era un niño pequeño me daba de comer en la boca.
Hoy me acordé de mi madre. De esa mujer maravillosa que con mucha paciencia soportaba mis berrinches y cuando no quería comer jugaba al avioncito para que abriera la boca y comiera la sopa. De esa mujer que invitaba a mi padre a jugar al gato para que abriera la boca y me comiera la chochoca.
De esa mujer tierna que con paciencia en las noches me acostaba, me enseñaba a rezar el Padrenuestro, el ave María, el Angel de la Guarda dulce compañía... Me contaba de Dios, de Jesús, de San José y la Virgen María y me hacía dormir rascándome la cabeza.
Hoy me acordé de mi madre que de la mano me enseñaba a cruzar las calles, para ir a visitar a mi abuela Rosa, su madre, a quien no mucho quería porque era de los últimos nietos y ella ni caso me hacía. Yo quería que siempre me lleven con mi abuela Zoila, porque allí era el mayor de los nietos y todos me cosentían. Pobre mi madre como sufría y para que la acompañara me hacía mil promesas que siempre cumplía. Dios como me quería.
Hoy me acordé de mi madre quien, al estar más grande, a la hora de la comida me contaba historias de su pueblo Tacabamba, en la sierra de Chota, Cajamarca.
Me gustaba comer mientras mi madre me contaba de su abuelita que en la cocina de su casa, sentada en el suelo, juntaba los granitos de arroz y los colocaba unos tras otros formando filas como un batallón listos para ir la guerra.
Mi madre me contaba que su abuelita había peleado en la Guerra contra Chile. Pues los araucanos llegaron hasta Cajamarca, donde perdieron en la Batalla de San Pablo, pero luego se vengaron quemando la ciudad de Chota, sólo se salvó de Milagro la imagen de la Virgen
Inmaculada.
También me encantaba que me contara como mi abuela Rosa enfrentó a un bandolero. Su padre, Grimaldo Bocanegra Lozano era de Tacabamba y mi abuela Rosa Medina Miranda era de Conchán.
Mi mamá me decía que en esa época, Tacabamba y Conchán estaban de pleito, que se andaban matando entre ellos, y que un día un bandolero detuvo el caballo de mi abuela con pistola en mano y le gritó: -Aquí ni los perros de Conchán pasan vivos. Así que regresate por tu camino, mujer, antes de que te mate. Pero, dice que mi abuelita Rosa con mucha valentía, permaneció sentada en su caballo y dijo: - No, señor. Yo sigo mi camino a Tacabamba. Voy a la casa de mi esposo Grimaldo Bocanegra Medina. Y el bandolero la dejó pasar.
Hoy me acordé de mi madre y de cada una de sus historias que con mucho cariño me contaba acariciando mis emociones con cada una de sus palabras.
Hoy me acordé de mi madre con quien en la cocina de mi casa bailaba y un día, cuando tenía, catorce años me enseñó a fumar, porque ella no quería que el vicio lo aprendiera en la calle y se sintió muy orgullosa de mí cuando tuve mi primera enamorada y muy temprano de la cama me levantaba para que lleve a mi Emperatriz al colegio Inmaculada.
Hoy me acordé de mi madre que por mí rezaba para que dejara de tomar, porque me sentía grande y todos en el barrio agarramos la manía de chupar todos los fines de semana.
Hoy me acordé de mi madre que en silencio lloraba cuando me veía pelear con mi padre, porque ya no lo soportaba y quería hacer lo que a mí me daba la gana.
Hoy me acordé de mi madre que en la casa daba clases de Corte y Confección y la gente muy contenta se iba porque en pocas horas aprendía a coser una camisa, un vestido, un pantalón...
Hoy me acordé de mi madre que orgullosa se sentía cuando me fuí a Piura a estudiar.
Hoy me acordé de mi madre que feliz estaba viéndome partir hacia Lima para trabajar.
Hoy me acordé de mi madre a quien dejé sola con mi padre y mis hermanos y nunca más volví a ver porque me enteré muy tarde de su muerte.
Hoy me acordé de mi madre, de sus caricias, de sus palabras, de sus consejos, de su cariño, de sus historias...
Hoy me acordé de mi madre y hoy recordé que ella y yo nunca nos dimos el último Adiós.
Hoy te digo amigo Ciego que Dios te ha dado la dicha de despedirte de tu viejita, de darle el último adiós y la bendición de que seas tú y tus hermanos quienes le dieran cristiana sepultura.
Yo a mi madre sólo le escribí poemas que ella nunca leyó.

La carta de mi madre

En un papel tan blanco
como las nubes del celeste cielo
con cientos de garabatos
que forman letras,
letras que forman palabras,
palabras que forman frases
y
oraciones
llegó su carta un día.

Era un día de fina garúa,
de un gris helado
y
de una noche fría.

Se calmó mi angustia.
Se calmó mi ansiedad.
Se iluminó mi día.
Era su carta,
era su letra,
no había duda,
mi mamá
no estaba muerta.

Era la carta de mi madre santa.
Era la mamma,
la mamaíta,
la dulce vieja
que me escribía,
que contestaba
que me llenaba de alegría.

Era su carta
de la vieja linda
que perdía poco a poco
el color negro de sus cabellos.

Era la carta
de mi vieja madre
que con el tiempo
se fue engordando poco a poco.

Era la carta de mi viejita
de rostro surcado
como el fértil campo
por el duro acero.

Era la carta
de mi tierna mamma
a la que no se olvida
ni en la distancia,
ni en el destierro.
La que no tiene reemplazo
ni en el cielo eterno,
ni en la corta vida
de la que no se es dueño.

Vuelve a reir el hijo,
vuelvo a reir
como un niño,
acariciando la carta,
la carta buena
de mi vieja mamma.

Carlos Enrique Cabrejos Bocanegra. Lima 1985


MAMITA DE AMOR

Mamá, mamita querida
hoy es tu día.
Hoy es el día de todas
las madrecitas del mundo.

Y sabes sobre ti
poetas, cantantes y escritores
recitan miles de versos,
enunciados y canciones.

Pero como no soy poeta,
ni cantante, ni escritor,
sólo quiero decirte
lo que late en mi alma y mi corazón.

Quiero decirte madre mía...
Que..¡Te amo!...¡Te quiero!
¡Qué le doy gracias al Cielo
por ser como eres!:
¡Una mujer bendita por Dios!.


Y sobre todo
porque eres mi madre
mi mamita,
mi mamita de amor.

Carlos Enrique Cabrejos Bocanegra. Cd Nezahualcóyotl 1992, México.


A MI MADRE LE DOY GRACIAS

A mi madre le doy gracias
por darme la oportunidad de vivir,
por compartir conmigo,
libremente,
su tiempo y su espacio,
por cuidarme con pasión
y
placer cuando era un bebé,
por enseñarme a ir al baño,
por consolar mi llanto,
por desvelarse a mi lado,
porque cuando crecí
me enseñó a disfrutar del sol,
de la noche
y
del azul del cielo.
Por llevarme a la escuela de la mano,
por enseñarme a leer
y
a hacer la tarea conmigo.
Porque cuando estuve más grande
soportó mis rebeldías,
porque corrigió mis caprichos
y
tonterías...
Porque siempre me aconsejó
con dulzura,
porque siempre me vió
con ternura...
Porque me dió en silencio
cariño
cuando dejé de ser un niño...
A mi madre le doy gracias
por darme la oportunidad de ser feliz,
por dejarme partir,
por respetar mi libertad
y
enseñarme a amar.

Carlos Enrique Cabrejos Bocanegra. Cd.Nezahualcóyotl 1994, México.











sábado, 5 de febrero de 2011

ENTRE CLAVOS

Jugando a la guerra, el Ejército Mexicano abre sus puertas a la sociedad civil del país. (Foto: La Jornada)

(Foto: Milenio)
La guerra contra el narcotráfico conduce al país hacia una sociedad militarizada.

A finales del siglo pasado los peruanos vivimos una cruenta guerra contra Sendero Luminoso(SL), que duró 12 años, hasta la captura de Abimael Guzmán, su lider y fundador.
En 1981 vivimos la guerra contra el Ecuador durante el conflicto bautizado como "Falso Paquisha". Y en 1995 otra vez contra el Ecuador en la guerra no declarada del Cenepa o Tiwinza.
En la actualidad vivimos en estado de guerra sicológica contra Chile debido a la carrera armamentista que ha iniciado el país sureño desde el inicio del nuevo siglo con la compra de aviones F-16, y que mi país no se queda atrás armándose para equilibrar la balanza bélica.
Los que vivimos la guerra contra sendero sabemos de que estamos hablando, sobretodo cuando entre las víctimas encontramos familiares o amigos de la infancia. Tal como pasó aquella noche, en la cuadra 32 de la avenida Brasil frente al chifa Men Wa, cuando fuimos a cubrir lo que parecía ser una nota más; pero no resultó así. Esa noche un comando de aniquilamiento de SL había atentado contra la vida de un joven cabo de la Policía de Investigaciones del Perú (PIP), cuando éste se dirigía a comprar su cena en aquel restaurante de comida china.
Los asesinos, como siempre lo hacían, le llegaron por la espalda y de un certero disparo en la cabeza acabaron con la vida de quien cuidaba las celdas en los sótanos de la Dirección Contra el Terrorisno (Dircote), ubicada en la avenida España.
Su muerte fue instantánea, como instantáneo fue el dolor que sentí al ver el rostro ensangrentado de aquel amigo de la infancia. No lo podía creer, había visto tantas muertes, había visto tantas personas baleadas, acuhilladas, atropelladas, quemadas, etc.; pero esta vez no era lo mismo. Allí estaba muerto un amigo, un amigo de la infancia, allí estaba Pichuca, como así le decíamos a ese pata que jugaba pelota con nosotros entre Colón y Tacna frente a la escuela de Artes y Oficios "EL Politécnico", de la ciudad de Chiclayo.
Allí estaba, Pichuca, tirado, sin vida, sin más esperanzas. Y allí en medio de ese dolor sentí que, en el Perú, vivíamos una pesadilla como si estuvieramos durmiendo entre clavos.
Y en medio de ese dolor, una enorme frustración que me llevó a escribir el siguiente poema para sentir que aún estaba vivo al lado de un viejo amigo asesinado.


ENTRE CLAVOS

Quiero patear un carro.
Ensuciarme las manos.
Ver televisión
hasta que sangren mis ojos.
Escuchar la radio
a todo volumen
hasta que sangren mis oídos;
pero
ya no quiero dormir
entre clavos.

Hoy quiero ser
un elefante.
Hormiga.
Naúsea.
Un ser agonizante;
pero ya no quiero
dormir entre clavos.

Carlos Enrique Cabrejos Bocaengra.

Sólo espero que el Estado Mexicano recapacite en su lucha contra el narco. Recuerden que la violencia genera más violencia, más odio, más rencor, mayor resentimiento. La mejor forma de combatir el vicio y la perversión es a través del estudio y la educación. Ojalá que las autoridades mexicanas inviertan más educación, combatan con mayor diligencia el analfabetismo que azota el país y se respete a la sociedad civil.
Hago votos por un México más educado y menos militarizado.















sábado, 29 de enero de 2011

Mi abuelita Zoila

Foto blog:" La princesa de tus sueños"
Bosques del Señor de Huamantanga, en la montaña cafetera del Marañón, provincia de Jaén, Cajamarca, Perú. La tierra de mi abuelita Zoila.

Mi abuelita Zoila

Heredia es su apellido
de la serranita hermosa
que nació en la montaña
de los excelentes cafetales del Perú.

La venta de café,
por bultos y quintales,
fueron los culpables
de los continuos viajes
que hacían sus padres
del marañón hacia la costa
y
de la costa al marañón.

Y en ese ir y venir,
con los granos espirituales,
de Jaén a Chiclayo
y
de
Chiclayo a Jaén,
la hermosura
de la sembradora de café
despertó el amor
del negrito Manuel.

El joven peluquero,
amante de las matemáticas,
del buen verbo
y
del saber
era un novel viudo,
con un par de niños:
Víctor y Gumercindo;
y
con muchas ganas
de amar y querer.

La sembradora de café,
la serranita Zoila
quedó impactada por él.

La gallardía
y
el porte exterior
del atlético Manuel
la deslumbraron,
la enamoraron
y
sin más cortejos,
ni más preludios
el negrito costeño
y
la blanca serranita
se fundieron
en un canto de amor.

Dios estaba contento
con aquella unión.
Con cuatro hijos
les dio su bendición.

Y
a ella un alma bien grande
le dio
para unir
a seis
chiquillos en un solo corazón.

Muy grande tuvo que ser su querer.
Muy grande tuvo que ser su cariño
por el negrito Manuel
y
todos sus diablillos;
porque el destino
le tenía preparada una prueba de amor.

Al cabo de catorce años
Manuel sufría un infarto.
La pérfida muerte llegó por él
y
de una certera estocada
fulminó su cariñoso corazón.

La historia se revertía
ahora ella era una joven viuda,
con seis niños,
muchas lágrimas
y
una sola esperanza,
una sola ilusión
sacar a su familia adelante
con pundonor y tesón.

Gracias al cielo
sus hijatros con creces respondieron
al amor que ella les dio.

Con la ayuda de sus hijos mayores,
como buena serrana,
duró trabajó.

Su hogar salió adelante.
Gumercindo: llegó a
Secretario de Juzgado.
Víctor, de él supe poco,
creo que fue chofer,
porque aún recuerdo su velorio,
y todos comentaban que falleció
en un trágico accidente.

Edmundo, mi padre.
El más fuerte y creativo de todos
fue su dolor de cabeza.
Después de la muerte de mi abuelo
se marchó de su casa.
Recorrió mi nación
hasta que conoció a mi madre
y se casó.

Manuel: el negro.
El más parecido a mi abuelo,
alto, gallardo y de buen porte,
intelectual y político,
fue becado por la OEA
al Brasil, donde se especializó
en la amdministración de aduanas.
Llegó a ser funcionario del Estado Peruano
y
adminsitró
las aduanas de Paita,
Iquitos, Puno
y
del Callao.
De él aprendí a leer
y a jugar ajedrez.

Jorge.
El último de los varones.
El más engreído,
el más simpático,
el adonis de los hermanos,
el asediado por la mujeres,
el abanderado,
el abogado,
el juez,
siempre fue el más amado de mi padre.

Mi tía, Juana,
la única mujer de los cinco hermanos,
víctima de la polio,
un día descubrió su vocación:
se casó y con su esposo
vivieron del alquiler de cuartos y deptos.


Esa fue mi abuelita Zoila:
Una mujer viuda y valiente,
que a base de trabajo
sacó a su familia adelante.

Esa fue mi abuelita preferida
por la que me escapaba
de mi casa para estar
con ella todo el día.

Esa era mi abuelita Zoila
por quien soporté
regaños y castigos;
mas no me importaban
con tal de ir a visitarla
para verla como tostaba el café,
el café de Jaén.

Así es, yo me paraba
en el umbral de la cocina
sin decir nada
para no molestarla,
mientras ella en medio
de un sacro silencio
tomaba el bulto de granos
aún verdes y crudos
y los vaciaba en un enorme perol,
más negro que el negro Manuel.

Me encantaba aquella escena.
Me encantaba ver a mi abuela
en medio de ese ritual
como un sacerdote
en plena misa
a punto de consagrar el vino y el pan.

Con mucho respeto encendía
su estufita de kerosene
en medio del patio,
en la zona más ventilada de
su casa,
entre la cocina y el corral.

El fuego comenzaba a calentar el perol.
Los granos empezaban a crujir.
Y
cuando los granos estaban
en estado de agitación,
brincando como si quisieran salvarse
de la quemazón.

Mi abuelita
tomaba su cucharón de madera
y
con mucho cariño
los movía lentamente
como si estuviera bailando un valsesito
añejo
con cada uno de ellos.

Y
en medio de ese vals
el humo blanco comenzaba elevarse
como una gran nube
volando hacia el sol de la tarde.

El aroma de café fresco y tostado
inundaba toda su casa,
y
los techos de las demás casas,
y
las casas de todo el barrio
y
todo Diego Ferré
y
el viento chiclayano
sabían que mi abuelita
estaba tostando café.

Una vez totados todos
los aromáticos granos
empezaba la molienda.

En su enorme cocina,
tenía un molino de mano
bien asegurado a la pesada
mesa de pura madera.

De puño en puño echaba
los granos tostados en el molino
y
a pulso los iba moliendo
como a ella le gustaba:
café molido.

El cafe molido iba cayendo
en una charola blanca
como sus manos.

Y
con sus manos blancas
agarraba el primer puño
de la primera molienda
para echarlo a la cafetera
esperando que pasaran
las primeras gotas
de café negro
que al instante bebía,
sin echarle agua,
con exquísito placer.

Más tarde, me encantaba
ver a mi abuela
tomando café
con mis tíos,
con mi padre,
con sus amigos
los Morales,
todos sentados alrededor
de la gran mesa
allí en la cocina
hablando
y
bebiendo café.

Cuando murió mi abuelita,
yo tenía nueve años.
Desde aquel entonces
nadie más volvió a tostar
y
moler el café como lo hizo ella.
Como lo hizo mi abuelita Zoila,
bailando un valsesito añejo
con sus granos de café.

Carlos E. Cabrejos Bocanegra. México 18 de abril de 1997






























viernes, 28 de enero de 2011

El pequeño Boris

Messi y el pequeño Soufian. Foto: Sport.es


El pequeño Boris

Pensé que hoy no encontraría nada que evoqué en mí un recuerdo agradable hasta que hallé una nota sobre Messi y el pequeño Soufian tocando el balón, en el Barcelona.
En cuanto vi la nota deportiva mis ojos se humedecieron. Me acordé del pequeño Boris. Del nieto de la señora León, la dueña de la pensión donde vivía cuando era estudiante de comunicaciones en la Universidad de Piura.
Corría el año 1982. Era un año futbolero. Perú había clasificado al mundial de España. Teníamos un equipaso y el pequeño Boris con sus diez años, su par de muletas, sus piernas atrofiadas y una abuelita encantadora era el niño más feliz de Piura y del mundo entero.
Boris estaba supercontento, nada le impedía "correr" rápido y gritar con la voz de un niño víctima de la parálisis cerebral: ¡Perú!...¡Perú!...¡Perú!...
Perú estaba en el mundial y Boris sólo quería jugar fútbol.
Martín Mares, Jorge Barriga, Enrique Villalobos Gargurevich y yo lo veíamos gritar con tanta alegría, lo veíamos como organizaba a sus primos, a sus tíos - en especial a Balto que tanto lo quería- y en unos minutos formaba dos equipos y en medio de la calle, frente a la casa de la señora León, en la urbanización Santa Isabel, se armaba el partido.
Boris en el arco formado con dos piedras, con dos chungos, gritaba con su balbuceante voz: "Yo tapo... yo soy Quiroga...Yo soy Quiroga"...
Boris admiraba al loco Quiroga, al argentino que se naturalizó peruano y tapaba para el Sporting Cristal.
De par en par, el pequeño Boris, cubría con sus muletas la portería y con sus muletas usándolas como bastones de hockey cortaba el avance peligroso del equipo rival.
Sus primos se enojaban porque los marcaba con las muletas o porque les anulaba un gol gritando con dificultad, pero con pasión y firmeza : "¡Fuera de lugar!"....¡Fuera de lugar"...
Martín Mares, hoy ingeniero industrial, lo animaba gritándole: ¡Vamos, Boris!..Es tuya....Es tuya...Agarrala...La tienes....Eso es Boris...Eso es Boris...
Martín jugaba bien y cada vez que metía un gol gritaba y brincaba imitando a Maradona.
Jorge Barriga, también hoy ingeniero industrial, hablaba poco y sólo sonreía con cariño al ver como el pequeño Boris sufría cuando le metian un gol.
Enrique, hoy admnistrador de empresas, con sus dientes blancos y su piel morena admiraba al pequeño Boris y le decía: ¡Bien, Boris... ¡Bien...!...
Pero no faltaba el maloso Martín, el nieto mayor de la señora León. El más engreído de todos los nietos, quien iba directo contra el pequeño Boris y de una patada en las muletas lo tiraba al suelo. Pero ni ese tipo de faltas mermaban el espiritu valiente y corajudo del pequeño Boris. Al contrario entre lágrimas y soportando el dolor como un valiente, sacando fuerzas de flaqueza, tomaba otra vez su muleta, se ponía de pie y gritaba: ¡Faul!...¡Faul!....¡Tiro libre!...¡Yo lo pateo!....¡Yo lo pateo!... (Ninguno de nosotros le ayudaba a pararse. Era un valiente)
Y antes que los ánimos se sigan calentando, llegaba la señora León para ponerle punto final al partido diciendo: "¡Ya está lo comida!...Todos a almorzar..." O en otras ocasiones: " Te habla tu papá Boris. Ya se van..."
Creo que la abuelita tenía el tiempo medido para que la sangre no llegue al río, porque la pichanguita se ponía buena y los fauls de Martín enardecían a la caballería.
El pequeño Boris como todos los niños se aferraba a seguir jugando, ya no importaba quien iba ganando o quien iba perdiendo, él quería seguir jugando; pero la abuelita lo convencía, como hacen las abuelitas, con la esperanza de jugar el siguiente domingo con todos sus primos y los amigos de la pensión.
Yo en silencio lo contemplaba. Me hacía recordar aquellos momentos tan felices que pasé con mi abuelita Zoila, la mamá de mi papá.
Ahora comprendo que el pequeño Boris fue para mí una lección de vida, de caerse y levantarse, empezar y recomenzar, de entrega, de constancia, de valor, de coraje y perseverancia; porque él, a pesar de sus muletas, practicaba lo que le gustaba, practicaba lo que quería. Jugaba fútbol. Y jugaba cada partido como si jugara la final de la copa mundial.
Gracias pequeño Boris nos enseñaste a vivir con entrega y pasión.

Carlos Enrique Cabrejos Bocanegra. México 2011

jueves, 27 de enero de 2011

Mártires de la Frontera

Foto: Rubios Newstamaulipas

En la frontera de México con Guatemala rescataron, ayer, a 219 seres humanos que iban en busca del sueño americano. Iban a morir asfixiados en el interior de un trailer. Como siempre viajaban en condiciones subhumanas, peor que cerdos rumbo al matadero.
Gracias a Dios estas 219 personas hoy están vivas; pero otras muchas han muerto o desaparecido como aquella peruana que conocí en Turbo, Colombia, y que hasta la fecha nunca más he vuelto a ver.
No recuerdo su nombre o, ahora que lo pienso, creo que me sucede lo mismo que a todos: cuando nos presentan a alguien y nos da su nombre al instante se nos olvida y luego nos da vergüenza volver a preguntarlo. Pero si recuerdo, que nos dijo, que era de Huánuco. Iba vestida con una chompa peruana color marrón con vivos blancos y figuritas de llamas y un pantalón tipo comando color verde olivo. Era delgada, atlética, de un metro 65 de estatura, morena clara, de cabello negro lacio hasta un poquito más abajo de los hombros, de ojos rasgados y cara delgada como las mujeres bellas de los andes. Y como buena serrana hablaba poco y viajaba sola.
Subimos los tres a una lancha rápida con dos motores yamaha y fuimos hacia Sapzurro, donde cambiamos de embarcación. Ahora estabamos en una chalupa de 9 metros de largo por un metro de ancho, de un solo motor y seguimos el viaje hacia Capurgana.
En la chalupa esta vez íbamos seis personas. Alberto, mi amigo de viajes y aventuras, la pata de Huánuco y tres colombianos: el negro Caícedo, el piloto de Chalupa y la negra Fermina. Una mujer gorda que gritaba como una chancha: "Me gusta la verraquería".
Alberto no confiaba en la pata de Huánuco, me decía que estaba sospechosa viajando sola, con una mochila y su pantalón tipo militar. Pensaba que era una desertora de Sendero. Yo más desconfíaba de Caícedo, del piloto y la Fermina quienes en medio del Golfo de Uraba, entre Colombia y Panamá, detuvieron la chalupa. Entonces, la Fermina dirigiéndose a nosotros nos preguntó energicamente: Ahora si peruchos ¿A qué se dedican?, ¿Cuáles son sus "bisnes"?.
Tras un breve silencio respondí con emoción: ¡Somos escritores, somos poetas!
A lo que ella dijo con cierta ironía: Entonces muéstrame tus poemas.
De inmediato saqué mi poemario y se lo di. Comenzó a leerlo y gritó con euforia: "Me encanta este poema. Lo quiero para mi hija. Para que se lo regale a su abuelo..." Y agregó sin reprimir su emoción: ¿Me lo regalas perucho?.
Le respondí: -Sí.
Y ella lo arrancó de un tirón. Arrancó la hoja como quien arranca una moto. De un sólo golpe, de una sola patada. Sentí en ese momento que volvíamos a la vida. Y ella una vez más gritaba a todo pulmón con mi poema en sus gordas manos: "Me encanta la verraquería". El piloto volvió a poner la chalupa en marcha. El negro Caícedo, un flaco enjuto, huesudo de pómulos salientes, con lentes negros grandes que le cubría casi todo el rostro, camisa azul tipo hawaiana, short blanco, piernas delgadas, medias chuecas; de mediana estatura y sandalias negras no dejaba de ver a la pata de Huánuco.
Y estoy seguro que ese desgraciado enjuto le tendió una trampa a mi paisana, porque los militares de la mesa de migración en el Puerto de Obaldía, guardaron los sellos en el preciso momento que ella mostraba su documentación para internarse con nosotros en Panamá. La encargada de los sellos dijo que el tiempo se había terminado. Mi pasaporte fue el último en ser sellado unos minutos antes de las 6 de la tarde. Alberto y yo intentamos reclamar; pero Cáicedo tenía del brazo a la pata de Huánuco, mientras ella gritaba: -"No me dejen aquí... No me dejen con esta gente...Por favor...No me dejen sola". Luego la soltó y el piloto de la chalupa, un joven de unos 20 años, se la llevó hacia la playa donde esperaba la Fermina. Los militares de Obaldía nos rodearon, ya sabían que le habíamos mentido a la gorda verraca, sabían que éramos periodistas, el negro Caícedo se nos acercó y nos dijo: "Mejor no se metan, peruchos. Mañana traigo de vuelta a la muchacha. Ahora mejor dejenme un recuerdo. Yo no quiero poemas. Quiero los cassettes que traes en la cangurera y esa corbata que te sacaron de la mochila". Le di lo que me pidió. Le di mis cassettes de música peruana, mi corbata - un regalo de mi tio Jorge - y se marchó sonriendo, como si se hubiese sacado la lotería. Estaba contento. Satisfecho. Alberto y yo nos dirgimos al hotelito de la negra Candé. Caminamos en silencio. Luego comentamos que no pudimos hacer nada por esa amiga. Pues durante el tiempo que estuvimos allí, el negro Caícedo nunca la regresó al Puerto de Obaldía. A los tres días nosotros volamos en una avioneta a la capital Panameña, que en ese tiempo era gobernada por el "Cara de Piña", el general Manuel Antonio Noriega.

Antes de escribir el poema que le gustó a la Fermina quiero redactar el poema "Mártires de la Frontera ", en honor a esa chica que nunca más volví a ver y en honor de todos los migrantes muertos y desaparecidos en las fronteras de América y del mundo, nuestro planeta Tierra.

MARTIRES DE LA FRONTERA

Seres humanos como tú,
seres humanos como yo
están muriendo,
están desapareciendo
en las fronteras de nuestro mundo
por buscar un poco más de pan.

Dios bendiga sus cuerpos
que abonan esta tierra.
Dios bendiga sus huesos
para que fortalezcan
nuestros corazones
en nuestra lucha por la paz.

Dios bendiga sus almas
y les de paz
por toda la eternidad.

Los mártires de las fronteras
son mártires de la Libertad.

Malditos sean los hombres
que crearon las fronteras,
que construyen muros y barreras
en contra de la Libertad,
en contra de la Igualdad,
en contra de la Fraternidad.

Luchemos por las bendiciones de Cristo,
por los sueños de Lennon,
por un mundo más humano,
con seres humanos,
de seres humanos
con Amor y Libertad.

Carlos Enrique Cabrejos Bocanegra 1989




Este es el poema que a la negra Fermina le gustó y nos permitió llegar a Panamá:


ABUELO

Abuelo
no quiero que pase
más el tiempo
sin decirte lo que siento.

Abuelo
eres impetuoso
y
viejo como el amazonas.

Ruges fiero
retando abiertamente a las horas,
que un día fueron tus amigas
y hoy están en tu contra.

Abuelo.
Viejo roble.
Ejemplo de buen fruto.
Con tu sombra
nos cobijas,
nos protejes
del caliente sol.

Abuelo.
Creciste en los Andes.
y
con paso firme
los venciste.

Abuelo
Señor fuerte.
Señor duro.
Eres roca del Inca,
la base del Sacsahuaman,
la cimiente de Machupichu...

Seguir
tus derroteros
de victorias y caídas
es mi destino.

¡Abuelo!

Carlos Enrique Cabrejos Bocanegra. Lima 1984

Mi abuelo materno murió a los 98 años de edad. Siempre admiré su fortaleza.








lunes, 24 de enero de 2011

Guiñándole al destino

Foto: Alfredo Domíngues (La Jornada)

26 de enero del 2011. Las Fuerzas Armadas patrullan la metrópoli mexicana.
Infantes de marina y soldados del ejército del vigilan las calles defeñas y del Estado de México. México está en guerra contra el narco.
Yo una vez más me lleno de viejos recuerdos, de viejos miedos, de viejos temores que creía ya olvidados.
Y en medio de este nuevo ambiente de miedo y terror recuerdo el viejo poema que escribí en la Morgue de Lima, luego de los violentos enfrentamientos que tuvo la policía con los universitarios de la Facultad de Medicina de la Universidad Mayor de San Marcos, allá por los ochenta.


Guiñándole al destino


Ella...allí.
Yo...aquí.
Ella tendida
sobre la fría piedra.
Yo de pie
en el marco de esta puerta,
parado inmóvil
sobre la helada loceta,
la miró fijamente,
de hito a hito,
intentando descubrir
en cada poro de su cuerpo
el misterio de su inercia.

Ella...
En cambio
en silencio
no puede ver
el color de mis ojos,
de mis ojos llorosos.

Ella...
ya no quiere abrir más sus ojos,
ya no quiere sentir,
ya no quiere verme sufrir
sólo mantiene fija su triste mirada
guiñándole al destino
que la citó con la muerte.

Carlos Cabrejos Bocanegra, Lima 1983