Garabatos de un caminante

Garabatos de un caminante
Apizaco, Tlaxacala, México

domingo, 10 de enero de 2021

SÉPTIMO RELATO: LOS "ASTRONAUTAS"

A la mañana siguiente, justo cuando íbamos a desayunar en el restaurante de la negra Candé, nos avisaron que la avioneta,- para ir a Ciudad de Panamá-, estaba a punto de aterrizar. Dejamos todo y fuimos por nuestras pequeñas mochilas. Las teníamos listas y a la mano.

Mochila al hombro nos dirigimos hacia la improvisada pista de aterrizaje. No había ningún chibolo, ningún pelotero, sólo un par de guardias de raza indígena con su uniforme verde olivo todo desaliñado y una pareja de argentinos que nunca supe de donde salieron, ni como llegaron hasta aquel infortunado puerto.

Los guardias, que pertenecían a las fuerzas de Defensa de Panamá, creada por el cara de piña Manuel Antonio Noriega, hablaban en su lengua nativa. Hablaban y hablaban sin dejar de mirar a la pareja de argentinos que esperaban el transporte aéreo con unas enormes maletas de cuero color marrón. Las maletas llamaban mucho la atención por su acabado y su brillo. Lucían  muy elegantes, nuevas y se percibían llenas y pesadas. Los argentinos no se separaban de su equipaje e ignoraban totalmente a los guardias y creo que a nosotros también. Pues nunca nos saludamos.Ni siquiera nos dimos los buenos días. Sólo nos paramos por inercia junto a los uniformados que platicaban mucho en su lengua natal. Nosotros estábamos del lado izquierdo y los ches del derecho de los militares. Ese cuadro me puso un poco intranquilo. Los argentinos me hicieron recordar a ese tal Palomino que conocí en el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez, en el  Callao. Por esos días era corresponsal del diario OJO en la principal base aérea del Perú, cuando una mañana fui testigo del caso Palomino. El pata de nacionalidad peruana en compañía de una chica de nacionalidad alemana tenían boletos para viajar a Italia. Pero su actitud  y la belleza de la germana llamaron la atención de la policía del "Jorge Chávez". Los policías antidrogas les pidieron sus pasaportes y los llevaron a una sala para revisarlos y... ¡Oh!... Pasó lo que tenía que pasar, los sospechosos llevaban cocaína en sus maletas y fueron apresados en ese instante. Palomino acabó en  Lurigancho y la chica de nacionalidad alemana en la cárcel de mujeres "Santa Mónica", en el distrito de Chorrillos, Lima. 

Con esos recuerdos muchas sospechas comenzaron a pasar por mi cabeza y ahora era yo quien escudriñaba al argentino y su compañera de pies a cabeza. El pibe vestía como hippie, no era alto, era de mi vuelo; pero delgado, con bigote y barbita de chivo; parecía un personaje salido de la novela de Alejandro Dumas:"Los tres mosqueteros". La chica era también delgada, de la estatura de su pareja; rubia de ojos celestes se parecía mucho a Meg Ryan, la actriz norteamericana famosa por trabajar con Tom Hanks en la película de los años 90: "Tienes un e-mail"; y con Nicolás Cage en: "Ciudad de Ángeles", entre otras cintas. 

Alberto notó mi intranquilidad.  No dejaba de observar a los argentinos. Pues por  nada en el mundo se apartaban de sus maletas. Y los soldados parlanchines no paraban de hablar en su dialecto. Entonces, se escuchó un motor en el aire y Alberto me dijo: "Tranquilo. allí viene la avioneta. Por fin dejaremos toda esta mierda".

La avioneta aterrizó. ¿Quién sabe de dónde vendría? No bajó ningún pasajero. Venía por nosotros, cargó gasolina y después de un rato el piloto gritó: ¡Pueden subir a bordo!

Al escuchar la orden del piloto sentí un gran alivio, pero antes que avancemos los soldados indígenas nos dijeron, en español, señalando a los argentinos: -¡Primero ellos, luego ustedes! En seguida tomaron las maletas de los ches, las cargaron y las introdujeron en la avioneta. Después subió la pareja de argentino, se sentaron hasta atrás, de allí Alberto y antes de subir, les pregunté: -¿Quiénes son?...Riéndose me respondió el soldado que más hablaba: -"Son astronautas"-. En milésimas de segundos vino a mi memoria la esquina de Manuel María Izaga y Lapoint donde había un chalet y allí se reunían todos los "astronautas" de Chiclayo a fumar mariguana, a inhalar cocaína, a inyectarse heroína y meterse cualquier basura que los haga "volar". En mi barrio a aquella esquina le decíamos "Cabo Cañaveral" o la "Nasa".

Aún metido en mis recuerdos, hice una pausa para darle las gracias al locuaz militar y por fin subí a la avioneta sin mirar a los ches. Los argentinos estaban sentados atrás de nosotros. Y nosotros atrás del piloto. Estábamos en medio y pensé sin comentar nada con Alberto: -Estos son "mulas"-. Y con las "mulas" de compañía, y sólo Dios sabe quien era el piloto, despegamos rumbo a Ciudad de Panamá.




 

 

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domingo, 3 de enero de 2021

SEXTO RELATO: EL COCINERO DE LOS "CHARLIES"

La mañana siguiente cumplíamos cuatro días en el miserable puerto de Obaldía. Todo parecía normal: El cielo azul, el intenso sol, el verdor de la selva del Darién, las calles sin pavimento llenas de polvo, los niños jugando pelota en la maltrecha pista de aterrizaje y el agua tibia del mar azul indicaban que allí no pasaba nada; cuando un hombre, delgado de  raza blanca con el rostro y los brazos bronceados, vestido con camisa de manga corta, pantalón y mocasines blancos, se acercó a nosotros saludándonos amablemente y diciendo que era el cónsul de Colombia. Nos sorprendió. Nos dimos la mano y dijo: - Ustedes son los peruanos, verdad-. Por unos segundos lo miramos profundamente en silencio, luego sólo respondimos con un sí, seco, esperando que nos quisiera ver la cara de tontos para aprovecharse de su autoridad; pero no fue así. Nos quedamos con la boca abierta cuando nos dijo con un tono suave y amable:- Disculpen no quería asustarlos, pero quiero comunicarles que hay un paisano de ustedes buscándolos-. Y agregó: - Por favor no se muevan de aquí, le diré que acá están esperándolo-. Y así como nos abordó, se despidió con un fuerte apretón de manos. Alberto y yo nos sentamos en el piso frente al restaurante de la negra Candé y en silencio esperamos al paisano que nos andaba buscando.

No me imaginaba como era, por un momento creí que podía ser la chica del pantalón camuflado, la que el negro Caícedo se llevó a la fuerza; pero, no, era mucho pedirle a la vida; así que sin mencionar palabra alguna, Alberto y yo esperamos al compatriota que nos estaba buscando.

Unos minutos después se acercaba a nosotros un hombre de mediana estatura, cabello crespo, tipo sacalagua (blanco de facciones negras); vestía un bivirí y un short blanco, parecía un loco que caminaba en ropa interior en medio de la polvorienta calle con su sandalias de plantilla blanca y suela negra de goma, típica sayonara peruana, de esas que nos compraba mamá para bañarnos cuando éramos niños y éramos libres de andar presumiendo marcas. Lo más curioso de todo era que bajo el brazo derecho traía una enorme colcha de lana peruana, -de esas que te dan en el ejército-, envuelta en plástico transparente. Se nos hizo gracioso e inofensivo. Así que nos pusimos de pie, como en la escuela primaria cuando entraba el director, algún maestro o una persona mayor. Nos poníamos de pie para saludar y mostrar nuestro respeto. De esa manera Alberto y yo nos paramos para darle la bienvenida y presentarnos formalmente. Mi compañero de viaje fue el primero en saludarlo y presentarse: -Hola, soy Alberto Morales Calvo-. Un fuerte apretón de manos, como se acostumbraba allá por los ochenta, como signo de confianza y amistad. En seguida era mi turno y con todo respeto expresé: - Carlos Cabrejos Bocanegra...-. Me estrechó la mano con firmeza, se le abrieron los ojos de par en par, su rostro de iluminó como si fuéramos amigos de la infancia y exclamó:- Tú eres Cabrejos, en serio eres Cabrejos...El mismo que escribió en  el diario OJO un reportaje sobre Lurigancho -. Estaba más que sorprendido, estaba perplejo, no sabía que estaba ocurriendo, parecía que me habían dado un derechaso en la cara y dudé en responder...

Era como si me hubiesen desnudado en medio de la calle, en un lugar tan lejano de mi tierra, donde no me conocían ni las cucarachotas de la casa de huéspedes. Había hecho dos trabajos de investigación para el diario OJO en el 86. El primero era confirmar la historia de un muchacho que robó para volver a la cárcel porque en la calle no tenía a nadie. Conocí ese caso de interés humano en el Palacio de Justicia de Lima y  mi jefe de información, Salvador Larrea, deseaba que el asunto se siguiera y se redondeará para satisfacer la curiosidad de los lectores; pero yo creo que era más para verificar sino era un cuenta cuentos. Pues era nuevo en OJO y  también me gustó la idea, porque de esa manera la historia de ese muchacho no quedaría suelta. Así que, el domingo siguiente, me infiltré en Lurigancho como un ciudadano más que va de visita a ver un amigo. Llevé cigarros, varias cajetillas de Winston, que a mí también me gustaban cuando tomaba. En la terrorífica aduana de Luri. me sellaron y revisaron hasta los calzoncillos. No me hallaron nada ilegal y pasé.  Atravesé el enorme y soleado patio repartiendo cigarros a los reos que se me acercaban y llegué al pabellón, donde estaba preso el muchacho que a la semana de estar libre volvió a delinquir porque se sentía solo, no tenía que comer ni donde dormir. Aquel pabellón, -todo despintado algún día había sido de color celeste o verde-, era un lugar nauseabundo. Apestaba a caca y orines, apenas ingresaba la luz natural; estaba casi a oscuras, tenebroso como la boca de un perro enfermo; inspiraba miedo; con celdas sucias y barrotes oxidados y en medio de toda esa mierda, los zambos y los marrones pagando sus penas y el muchacho que volvió a robar jugando a la pelota con sus camaradas que ese domingo no tenían visita. Hablamos y para él la cárcel era su hogar, su familia, su casa. Tenía tres comidas diarias, un lugar donde dormir y amigos con quien jugar, con quien platicar, con quien reír y con quien llorar. La calle, la libertad para él era un fastidio, un reto que no sabía como superar. Sin familia, sin amigos en la calle somos nada decía.

Salí de Lurigancho así como entré. Sin ninguna novedad y fui directamente al periódico a escribir mi historia. Al día siguiente salió publicada en las páginas centrales de OJO con el titulo: "A LURI HAY QUE ENTRAR COMO ADÁN". Salvador Larrea, jefe de información y Víctor Ramírez su brazo derecho estaban satisfechos y me dieron la oportunidad de escribir sobre el otro penal, el de máxima seguridad, el penal  Miguel Castro Castro o más conocido como el penal de Canto Grande. (Lo estrenaron en febrero de 1986)

Ya había hecho un nombre en OJO y mi nombre sonaba en los lectores del diario más popular del Perú. A partir de mediados de los 80 OJO era el diario de moda.  Así que esta vez no esperé que llegara el domingo para visitar Canto Grande. A mitad de semana pedí la movilidad del periódico y me fui a la cárcel de extrema seguridad. Al llegar al penal edificado en el distrito de San Juan de Lurigancho, observé que era totalmente diferente a la cárcel de Luri. Se trataba de un edificio recién inaugurado, olía a nuevo, y fue "bautizado" como Miguel Castro Castro, en memoria del Director del Penal de la Isla del Frontón, asesinado por el terrorismo que azotó el Perú de 1980 a 1992 y que actualmente se sigue combatiendo en los  valles de los ríos Apurimac, Ene y Mantaro (VRAEM). Guiado por mi instinto periodístico toqué el timbre de la puerta de metal recién pintada de color gris y se asomó un empleado del Instituto Nacional de Penitenciarías del Perú (INPE). Era un muchacho como yo. Por esos días tenía 25 años, y el pata más o menos tenía mi edad o en todo caso no rebasaba los treinta. Le dije quien era, le mostré mi credencial color verde de OJO y le expliqué mis intensiones. Sonrió como un pícaro, como un niño que estaba a punto de hacer una travesura, y sin pensarlo más me abrió la puerta y me explicó como llegar hasta el patio principal de esa cárcel. No tenía mucho tiempo, así que caminé rápido por un pasillo que cruzaba al parecer la sala de visitas por su ventanales y divisiones;  las paredes eran amarillas con el zócalo color marrón. Ya no me fijé en nada más. Llevaba mucha prisa hasta que llegué al patio color gris. Todo era color cemento. La paredes y pisos se veían macizas, recontra fortificadas; cuando vi en una celda, como un pequeño, limpio y cómodo salón de clases, frente a una pizarra negra, a Reynaldo Rodríguez López "el zar" de las drogas dando clases de inglés a una fila de delincuentes de alta peligrosidad. Todos estaban pulcramente vestidos con buzos de marca a la medida, bien pitucos, bien piolas, bien diferentes a los pobres diablos del penal de Lurigancho donde todos se vestían como una mierda y apestaban a mierda y orines. Acá todo estaba limpio y en orden.  Entre los pupilos del "zar" de las drogas estaba el sicario Italo Scolezzi. A todos ellos los conocía, pues había hecho periodismo judicial y a cada uno de ellos los había perseguido con incisivas preguntas por los pasillos del Palacio de Justicia de Lima. Ahora estaba allí solo en medio de ese frío patio, siendo testigo de un hecho inimaginable, cuando de pronto sentí que la mirada de Reynaldo Rodríguez López se posaba sobre mí y poco a poco la de todos sus alumnos, en especial la del asesino Italo Scolezzi. La mirada de Scolezzi me hizo temblar de miedo. Casi me paralizó. Mejor les di la espalda y me alejé haciéndome el cojudo para escapar de sus miradas, cuando vi que bajaba por unas escaleras, Luis López Vergara, ex-secretario, Luis Percovich Roca, ex- Ministro del Interior durante el gobierno de Belaúnde Terry.  A López Vergara lo había entrevistado personalmente en su casa cuando, yo, trabajaba para el diario Expreso y reventó el caso Villa-Coca. En ese instante estaba seguro que si me veía el ex-asesor de Percovich, me iba a reconocer y sabe Dios que podía pasar, así que abandoné el patio más rápido que inmediatamente, como decíamos en mi barrio. 

Ese par de trabajos me dieron un lugar privilegiado en OJO, ganaba bien, contaba con el apoyo de los jefes, de los compañeros de trabajo y hasta me gané la admiración de algunos reos que al salir en libertad me iban a buscar al periódico para darme información sobre el penal de Lurigancho y su cementerio clandestino atrás de los pabellones. O en otras ocasiones no faltaba la mujer de algún reo que me buscaba para solicitar ayuda a favor de su esposo. 

En fin me gustaba lo que hacía, pero nunca imaginé que alguien fuera del Perú y mucho menos en un olvidado puerto panameño al escuchar mi apellido me reconociera. Y este pata, este cuate con apariencia de loco, vestido en ropa interior, caminando por las polvorientas calles de Obaldía, vendiendo colchas en un clima caluroso, a más de 30 grados Celsius, y comiendo y durmiendo de la caridad de la Iglesia Bautista local, me había reconocido y exclamó:- ¡Yo acabó de salir de Lurigancho. Era el cocinero de los charlies!

Los "charlies"...me quedé pensando...

Los "charlies"...en la maloliente penitenciería limeña,  le decían a los gringos que  eran encarcelados en el Perú por trafico ilegal de drogas. Muchos convictos para ganarse la vida dentro de la cárcel se ponen al servicio de los delincuentes, norteamericanos o europeos,  porque saben que sus familiares  les envían dinero para sobrevivir en los reclusorios. Así tienen quien les cocine, les laven la ropa, es decir que tienen quien los atienda.

Y nuestro amigo, vendedor de colchas en medio del infierno verde, había sido el cocinero de los charlies y ahora buscaba un mejor futuro lejos del Perú, al igual que Alberto que sólo deseaba regresar a Canadá donde había vivido en la década de los sesenta y al igual que yo que sólo quería ayudar a Alberto a lograr su meta.

 



 

 

domingo, 20 de diciembre de 2020

EL CONOCIMIENTO ES EL CAMINO PARA RESPETAR A LA NATURALEZA, NUESTRA MADRE TIERRA

Crear
El filósofo inglés, padre del empirismo filosófico, Francis Bacon, en el siglo XVII decía: "El conocimiento es poder".
Con este axioma muchos hemos crecido y hemos pensado que el conocimiento es para dominar al que no sabe, para dominar la naturaleza y como último fin lograr un poder económico, político y social y familiar.
De manera mezquina pensamos que el conocimiento nos da licencia para someter, doblegar, humillar y esclavizar al prójimo y a nuestra madre tierra rompiendo el equilibrio de la naturaleza.
Pensamos que como seres inteligentes y con conocimiento estamos por encima de las leyes naturales, sentimos que no somos parte de la naturaleza, ni de sus leyes y vemos a la pachamama como un objeto de uso y no como un sujeto que merece respeto.
En pocas palabras como dicen acá, en México, y que es parte de esa malsana filosofía popular: "El que tiene el varo (dinero) manda".
Sin embargo, en la epistemología de la filosofía andina, en el pensamiento de los antiguos hombres de los Andes, el conocimiento tiene un concepto más generoso, más fraterno, más altruista, más social, más humano. en una palabra un concepto más natural.
Para el hombre andino el conocimiento es el camino hacia el respeto. Es el camino hacia desprenderse del egoísmo humano, es el camino que nos conduce a compartir lo que uno sabe en beneficio del prójimo, de la familia, de la comunidad, del aillu, de la naturaleza, de la madre tierra, de la pachamama.
El conocimiento, para la filosofía andina, es el poder que se tiene para enseñar al que no sabe, para respetar las leyes de la naturaleza manteniendo el equilibrio universal con el fin de lograr la felicidad del ser humano y la naturaleza. Porque el filosofo andino nos recuerda que nosotros también somos naturaleza, que somos parte del ciclo de la vida de las leyes de la naturaleza.
El conocimiento, para la filosofía andina, es el poder que tiene el ser humano para evitar el sufrimiento de sus semejantes recordando que para el pensador andino hasta una piedra tiene vida y merece respeto.
En el siglo XIII, San Francisco de Asís, patrono de la ecología, le enseñaba al mundo que la naturaleza se merecía un profundo respeto.
En fundador de la orden franciscana dos siglos antes del descubrimiento de América y sin conocer el pensamiento de los andes, enseñaba que los seres humanos teníamos que respetar a la naturaleza y respetar la vida de todos los seres vivos. Por eso ahora se llama el patrono de la ecología.
En la actualidad el papa Francisco en su enclítica "Laudato si", publicada el 24 de mayo del 2015, nos recuerda que el ser humano está obligado a respetar la leyes de la naturaleza porque el ser humano es naturaleza.
El papa Francisco, no sé realmente si conoce el pensamiento andino, pero en su obra pastoral de más de 100 páginas, nos recuerda que el ser humano conoce para amar, para ser feliz y vivir en comunión con la madre tierra.
Es decir que el conocimiento, como dicen los filósofos andinos, es para compartir y respetar a nuestra madre tierra, la pachamama.

 

viernes, 4 de diciembre de 2020

RELATO 5: LA AVIONETA, LOS COLOMBIANOS Y EL YATE DE LUJO


Como dije en el relato número 4, la chica del pantalón camuflado nunca regresó a Obaldía, nunca más las volvimos a ver, el negro Caícedo y la  berraca de  la negra Fermina se quedaron con ella, pensé lo peor.

La mañana del tercer día, como siempre muy soleado y caluroso, la policía militar corrió a los niños que jugaban pelota en el maltratado pasto de la pequeña y única pista de aterrizaje del puerto.

Los niños con su pelota en mano, gritando y riendo como un hecho muy natural para ellos,   salieron corriendo, mientras una avioneta descendía para aterrizar en el terreno plano cuyo grass estaba corto pero mal cuidado.

Y mientras la avioneta aterrizaba los lugareños metían a sus hijos a sus pobres casas, hasta que las calles se quedaron totalmente vacías.

Tres colombianos se acercaron a Alberto y a mí. Estábamos desayunando en el restaurante de la negra Candé, cuando el colombiano de sombrero panameño y diente de oro, como Pedro Navaja, se acercó a nuestra mesa y dijo con autoridad: -“Peruchos cuando acaben de desayunar se van a la playa, no los quiero ver por acá hasta que acabemos de trabajar”.

Así como se acercó se fue a saludar a la negra Candé que estaba tras su mostrador, mientras los otros dos seguían fijos de pie en las puerta de entrada y no nos quitaban la mirada de encima.

Cada uno de ellos medía más de un metro ochenta centímetros, corpulentos y vestían de blanco como en las pelis de Miami Vice. Parecía que los habían sacado de alguna serie de narcos, pues habían llegado en una hermoso yate de  lujo color blanco que atracaron en el muelle del puerto.

Cuando acabamos de desayunar, nos dirigimos a la playa. La avioneta ya había aterrizado y más de una docena de hombres trabajan bajando cajas de la avioneta y otros hacían lo mismo bajando cajas del yate de lujo.

Desde la playa podíamos ver como se apuraban en descargar y cargar las naves. La policía militar de Obaldía vigilaba que nadie se acercara al yate ni a la avioneta. Una hora después el yate partía hacia el sur, rumbo a Colombia y la avioneta lo hacía rumbo al norte, tal vez a Ciudad de Panamá o con dirección a alguna isla del Caribe. Eso nunca lo supimos, ni lo sabremos. Sólo vimos como la gente volvía a su actividad normal, cuando las naves se marcharon, y como los niños volvieron a pelotear en la pista de aterrizaje.  El colombiano del diente de oro y sombrero panameño junto con sus corpulentos guardaespaldas se habían esfumado. La negra Candé volvió a atender su restaurante y nadie decía nada al respecto, nadie se atrevía a comentar lo que había pasado. Era como si nada hubiese ocurrido.

 

viernes, 13 de noviembre de 2020

RELATO 4: LA NEGRA CANDÉ


Bajo la sombra del Darién, el puerto de Obaldía era un lugar muy pobre de calles polvorientas, casuchas mal hechas y gente hambrienta. La mayoría de las personas eran de raza negra, altos, delgados, huesudos, sin grasa en el pellejo, con el rostro chupado y pómulos salientes; parecían calaveras en movimiento y en medio de toda esa miseria humana y esa carencia material, surgía como una cachetada en la boca, la figura sensual  y voluptuosa de la negra Candé.

Quién se podría imaginar que en  medio de toda esa mierda, que en medio de ese olvidado ancladero, podía existir una mujer tan atractiva, como la negra Candé.

Con sus cincuenta años, su metro sesenta de estatura, su cabello ondulado, negro azabache, cuyos rizos descansaban suavemente sobre sus horizontales hombros, los mismos que  exhibía con fina coquetería; sus ojos oscuros como la noche miraban con un brillo que atraía como la luz a las polillas; lucía un cuerpo juvenil con más curvas que una carretera en los Andes, y su calidad voz era como el canto de las sirenas que hechizaba y nos hacía olvidar donde estábamos.

Mientras la veíamos nos olvidamos de ese miserable fondeadero, pues todo alrededor de la negra Candé era tan diferente. Desde sus pies protegidos por sus blancas sandalias de piel fina y tacón;  su cuerpo tan lleno de vida, lucía un pulcro vestido de color naranja con vivos blancos tan inmaculados que parecía estar aún en un escaparate haciendo fulgurar sus piernas bien torneadas, su cintura de avispa,  sus brazos bien primorosos y adornados con brazaletes de oro puro,  y sus manos suaves adornadas con anillos y sortijas de oro macizo en cada uno de sus dedos, con sus uñas largas pintadas de rojo como una diosa de ébano exhibiendo sus aretes y su medallón del dorado metal por el cual los europeos conquistaron América.

La negra Candé en medio de toda esa desdicha parecía emerger de un sueño guajiro como su propio restaurante que, en comparación con el resto de Obaldía, era un espacio de lujo. Era el único comedor del sórdido puerto y a diferencia del resto de las casas estaba bien edificado. Había sido construido con ladrillos, fierro y cemento, para que dure una eternidad. Era grande,  diseñado para atender fácilmente a unas 100 personas, con mesas bien distribuidas, limpias y manteles de color naranja con blanco como el color de las paredes y su grandes ventanas de vidrio y herrería.

Todo el restaurante en medio de la penuria  era una fantasía. Bien limpio, en sus mesas no había ni una pizca de polvo y la misma negra Candé con su blanca sonrisa y sus dientes aperlados era quien atendía. Ella misma tomaba  las órdenes de los comensales y con su sensual estampa servía el pedido en elegante loza de color blanco y cubiertos de acero inoxidable.

Estar en el restaurante de la negra Candé nos hizo olvidar que el negro Caicedo jamás regresó con la chica del pantalón camuflado.

 

domingo, 11 de octubre de 2020

RELATO 3: LA CHICA DEL PANTALÓN CAMUFLADO NUNCA VOLVIÓ


Al día siguiente el intenso calor nos despertó muy temprano. Estábamos con la resaca de la noche anterior. Sólo queríamos un café cargado para levantar el ánimo. Salimos en su busca y vimos a un montón de niños jugando a la pelota en el césped maltrecho de la pequeña pista de aterrizaje del militarizado puerto de Obaldía. No sé porque razón dejamos de avanzar. Nos detuvimos en seco. Como autómatas, en silencio.

Desde que nos despertamos habíamos cruzado unas cuantas palabras. No habíamos hablado mucho. Sólo nos detuvimos y comenzamos a mirar todo lo que había a nuestro alrededor: Los niños negritos y nativos emocionados gritaban, mientras jugaban a la pelota en la descuidada pista para avionetas. Las calles eran de tierra. Las casas vecinas eran de madera, todas malhechas gritaban y presumían la pobreza del lugar. Arriba el cielo azul y el intenso sol parecían descansar sobre la tupida selva del Darién.

El Darién se veía imponente, se veía desafiante y amenazador como un enorme monstruo verde listo para devorar a cualquier caminante que intentara meterse en sus entrañas para llegar a ciudad de Panamá.

Como hipnotizados mirábamos el bosque virgen, que cortaba de tajo la carretera Panamericana impidiendo que Alaska se una por tierra con la Patagonia. Estábamos absortos contemplando ese engendro verde y no sé si Alberto pensaba lo mismo que yo; pero, era muy sabido por todos que esa selva estaba llena de peligros, desde ríos rápidos, mosquitos, serpientes, jaguares hasta delincuentes que habían hecho del tapón del Darién su guarida.

Yo ya había tenido experiencia caminando en selva virgen. Como periodista había ido a operaciones antidrogas en el amazonas peruano, había caminado en medio del lodo, me había espinado las manos, caído en arena movediza y fui testigo del rescate de un viejo compañero que cayó desde un improvisado puente. La selva se lo tragó en el acto y tuvo que ser rescatado por efectivos de la Unidad Móvil de Patrullaje Rural (UMOPAR).

Tras unos minutos de silencio, Alberto y yo, salimos del embrujo. Nos miramos y comentamos que estaba bien jodido cruzar el tapón del Darién.

Los gritos de los pequeños peloteros le daban vida al triste puerto que lentamente fue perdiendo la luz del día. La noche llegó una vez más y una vez más el lugar se lleno de luciérnagas que parecían lucecitas de navidad prendiéndose y apagándose. Alberto y yo una vez más en silencio bebimos más chelas, para agarrar sueño y poder dormir sabiendo que la chica del pantalón camuflado nunca más regresaría a ese pobre puerto y ,así fue, nunca más supimos nada de ella. Nunca más la volvimos a ver y hasta hoy día siento que esa muchacha fue víctima del negro Caícedo y la gorda berraca llamada Fermina.

 

sábado, 12 de septiembre de 2020

RELATO DOS: LA CHICA DEL PANTALÓN CAMUFLADO

Antes de llegar a Obaldía, nos detuvimos a almorzar en Sapzurro, un lugar paradisíaco del caribe colombiano, ubicado en la esquina de América del Sur, con aguas como las de Cancún, pero con una pequeña población menor a los 600 habitantes.

Hacía mucho calor, tiré mi mochila sobre la arena blanca, junto a los pies de Alberto y corrí a meterme con todo y ropa al mar de agua verde claro, azulada y turquesa; pero, ¡Oh, gran decepción!...el agua era tibia, tibia como un café que no está caliente, ni está helado y no se puede beber. (Me encanta un buen café caliente o un buen café helado; pero, tibio no me sabe a nada).

En ese momento extrañé el agua oscura y fría de Pimentel. Claro, Pimentel no es el Caribe, pero sus aguas son frescas, frías, heladas, en invierno; pero desde el primer chapuzón nos quitaban el calor, nos refrescaban sabroso.

Con el mismo calor que entré salí del agua y le comenté a Alberto que en ese instante comprendí porque los caribeños enviaban a Lima a sus marinos, para recibir entrenamiento militar en la Marina de Guerra del Perú. A los pobres caribeños los llevaban a las cinco de la mañana a La Punta, en el Callao, y los metían “calatos” en las aguas chalacas, al que no resistía le daban de baja.

Nos reímos un rato imaginándonos a los caribeños en el agua helada del Callao y también nos carcajeamos de los argentinos que una vez vi como salían corriendo del comedor de oficiales de la infantería peruana, ubicada en Ancón. Esa tarde estábamos almorzando cuando tembló, fue algo leve, pero los marinos de la albiceleste salieron corriendo como almas que espanta el diablo. Al regresar comentaron: “Es que en Argentina no es común, che”.

Así entre risas y recuerdos llegamos al único restaurante de Sapzurro, donde los afrocolombianos al ritmo de reggae disfrutaban de la vida bailando y bebiendo ron de Medellín a pico de botella. Era la primera vez que escuchaba ese ritmo.

Alberto en su adolescencia y parte de su juventud había sido músico, no sólo sabía karate, sino que hablaba perfectamente inglés, un poco de francés y tocaba el bajo. Así que en unos minutos camino al restaurante turístico del lugar,  me dio una cátedra de música, me habló de Bob Marley, de Jamaica y la historia del Reggae.

Ese ritmo era contagioso, Alberto cantaba en inglés, y, por la sangre negra que corre en mis venas, me dio ganas de bailar imitando a los hermanos colochos. Tomamos una mesa, el restaurante, para un lugar casi despoblado era bastante bonito, amplio con unas 20 mesas, decorado con motivos locales y jamaiquinos. La música y el ambiente nos hizo olvidar lo que habíamos pasado en medio de la soledad del mar y pedimos algo del lugar, pensé que podíamos comer pescado; pero en lugar de eso sólo había bistec con mucho plátano frito. Así que eso fue lo que comimos carne con plátanos fritos y una cerveza helada.

En tanto, la chica del pantalón camuflado, comía lo mismo en el grupo de la negra Fermina. El negro Caícedo estaba a su lado, pegado como una peligrosa malagua.

A estas alturas la ropa que llevaba puesta estaba seca, terminamos de almorzar y seguimos el viaje rumbo a Panamá.

Durante toda la travesía nunca, ni siquiera en Sapzurro, cruzamos una palabra con la chica del pantalón militar; pero al llegar a Obaldía cerca de las 6 de la tarde, ocurrió lo inesperado. Alberto y yo bajamos de la chalupa y sin alejarnos mucho de la playa fuimos directo a la oficina de migración de Panamá en el puerto militarizado de Obaldía.

En una casa vieja casi vacía, sin muebles, más que una mesa y una silla, nos atendió una mujer gordita de cabello corto, tipo nativa, de rostro duro,  con su uniforme de las Fuerzas de Defensa de Panamá (FDP). Habían otros tres o cuatros soldados más, todos sin armas, pero fue la mujer militar quien nos recibió y nos selló los pasaportes para ingresar legalmente al país que en esos momentos era gobernado por Manuel Antonio Noriega, el “cara de piña” como le decían los centroamericanos.

Mas al ingresar la chica del pantalón camuflado, fue el único instante en que se despegó del negro Caícedo, la efectiva de la FDP, exclamó con voz marcial: ¡Son las seis de la tarde, la oficina está cerrada!.... Alberto y yo nos quedamos boquiabiertos, sorprendidos, no creíamos lo que estaba pasando. La chica del pantalón camuflado con lágrimas en los ojos, suplicante le dijo a la gorda acholada: ¡Por favor, no me hagas esto!...¡Déjame entrar!....Y una vez más grito entre lágrimas: ¡Déjame entrar!...Pero la mujer de la FDP endureció la mirada y de un portazo cerró la oficina. Los otros tres militares viendo al negro Caícedo sonreían con malicia, los dientes le brillaban al perverso colocho, cuando la muchacha del pantalón camuflado se dirigió a nosotros y grito: ¡Ayúdenme!....¡Ayúdenme!....¡No me dejen aquí!…. Pero, enseguida el negro Caícedo la tomó del brazo izquierdo y con un tono de voz severo, como diciendo no se entrometan, expresó: “No se preocupen, peruchos, mañana la traigo de vuelta”.. Dicho eso, agarro más fuerte el brazo de la muchacha, ella sintió el apretón y en automático guardó silencio. Sólo nos miró, con una mirada suplicante que hasta la fecha no puedo olvidar. Alberto y yo nos quedamos callados, en shock, no sabíamos que hacer, ni que decir, éramos víctimas de una gran impotencia y de la mirada fija de los tres militares de la FDP que no se movían para nada de sus lugares. La chica del pantalón camuflado callada y al ritmo del negro Caícedo se alejó de nosotros rumbo a la chalupa de la negra Fermina. La tarde estaba cayendo y en medio de un rito afónico caminamos hacia el centro del puerto en busca de un lugar para pasar la noche.

Creo que fue una de las noches más oscuras de mi vida y a pesar de que miles de luciérnagas y más de una docena de cervezas Atlas, nos querían ayudar a olvidar, no podíamos ignorar lo de aquella tarde, ni podíamos sacarnos de nuestra cabeza la mirada suplicante, de tristeza y derrota de aquella chica del pantalón camuflado.