Garabatos de un caminante

Garabatos de un caminante
Apizaco, Tlaxacala, México

martes, 11 de enero de 2011

Nació en una noche oscura


Enrique López Albújar (1872-1966) escritor de origen chiclayano fue creador de la corriente literaria "indigenista", en el Perú. Su vida se desarrollo entre Piura y Lima. Fue creador de la novela peruana "Matalache", una de las primeras obras que leí cuando era niño.

Por: Carlos Cabrejos Bocanegra

Lundé...lundé...lundero
Ya nació el hijo
del negro Timaná.
Lo llamarán José
como Josefa
se llama cu'mamá.

Ya nació el negrito José.
Nació, nació, nació de noche
nació, nació, nació
sin estrellas.
Nació, nació, nació
sin luna,
nació en una noche oscura
como la buena negra Josefa
cu' negra mamá.

Lundé ... lundé... lundero
ya nació el negrito chillón
de ojos vivos,
brazos fuertes,
pa' trabajar la tierra
como la trabaja
cu' papá
el negro Timaná.

Lundé...lundé...lundero
Ya nació el negrito José.
Nació en una noche oscura.
Nació en una noche negra.
Allá en la tierra piurana,
en la Mangachería
la tierra adoptiva
de López Albújar,
la tierra de Matalache.





viernes, 7 de enero de 2011

Los Chinitos de la esquina

Calle Capón del Barrio Chino de Lima.
En mi país se come la mejor comida china de América Latina.

por: Carlos Cabrejos Bocanegra

Como el talán de las campanas
de la iglesia catedral
sonaban aquellos nombres
de los emigrantes orientales
que con Castilla llegaron
a mi tierra peruana.

Los culíes lejos del sol de oriente,
del terruño y sus costumbres
vencieron
a las trampas de la nostalgia,
se adaptaron a su nueva estancia
y
una nueva cultura floreció en mi país.

Los nuevos peruanos
de ojitos dormidos
nos enseñaron a gozar
del sillao, el kión y el arroz.

No fue fácil para ellos,
ni fácil para nosotros
pero un nuevo mestizaje surgió
entre el camote, la yuca, la papa,
el arroz y el wan ton.

Lin lin, lan lan, tan tan...
El tiempo avanzó...
Los descendientes de quienes,
también
aprendieron a comer papas con ají,
a base estudio, ahorro y esfuerzo
en
prósperos comerciantes se transformaron.

Los tu san los campos agrícolas dejaron
y
en las principales ciudades costeñas se asentaron.

Día y noche,
con tenacidad oriental,
trabajaron.

Muy pronto los blancos europeos,
los peninsulares, criollos, negros,
chunchos y cholos
con la competencia amarilla temblaron.

Pegados a su lengua y tradiciones,
los ojitos cerrados,
compraron las esquinas más comerciales,
como fruto de su eficiencia.

Sin más cuentos,
ni más cuentas,
ni tanto rollo,
los eficientes chinitos,
con ábaco en mano,
formaron sus barrios
y
en mi tierra chiclayana
una colonia
y
sus esquinas
nos servían
como punto de referencia.

Por ejemplo:
Entre las esquinas
de la Av. Balta y la calle Manuel Ma.Izaga
estaban los Chang Kau.
Famosos por tostar café.

Una calle más abajo,
entre Balta y Torres Paz,
el viejo Koo Chang,
de origen cantonés,
quien me decía:
"boxing chino
mejol que kalate japonés".

Entre las esquinas de Siete de Enero
y Manuel María Izaga
el chino Kant.
Emprendedor tu san
que más tarde compró
la panadería de Doña Vega
entre Balta y Francisco Cabrera,
para poner otra bodega.

El chino Lica,
solterón de vocación,
criador de gatos por convicción
jugador de mah jong por tradición
y
fumador empedernidopor devoción,
durante la crisis de los ochenta
convirtió su tienda
en un chifa,
entre las esquinas
de Tacna y Balta
a pocos metros
del chiclayanísimo diario la Industria.

El chino "goldo"
entre las calles de Cabrera y Cuglievan,
siempre acalorado,
sin camisa,
sólo en bivirí
comiendo un helado
parecía un personaje
de las películas chinas,l
que inundaron mi país
durante la funesta era de las botas
y la milicia nacional.

El chino Chang,
entre Cuglievan y Torres Paz,
iba hasta Paita
para comprar panza de congrio
con el fin de dejarla secar
y
preparar un sabrosísimo platillo oriental.
Luis el menor de todos sus hijos
era uno de mis mejores amigos
y era un gran seguidor de Mao.

Y en Vicente de la Vega
entre Balta y Siete de Enero
estaba ubicado
el local de la Colonia China de Chiclayo,
donde se hacían grandes fiestas
de Nuevo Año,
donde aprendí a jugar ping-pong
y
conocí la dulce sonrisa de Mili Wong.

Los chinitos de la esquina,
los chinitos de mi barrio
son parte importante de nuestra tradición,
pertenecen a la historia de mi Nación,
una inseparable fusión
entre la papa del inca
y
el arroz del emperador.

¡Qué delcioso sabor!.


Los primeros chinos llegaron a mi país en l849. De esa fecha a la actualidad son 162 años de presencia oriental en mi país. Por tanto parafraseando a don Ricardo Palma, me atrevó a decir que en el Perú de hoy tenemos de: inga, minga y chininga. Porque la comida peruana sin un toque oriental, no es comida criolla y la comida china peruana sin un toque criollo no es un rico chifa.



















martes, 4 de enero de 2011

Joan di Leython: El mil usos de mi barrio


Mi hermosa ciudad de Chiclayo, Chiclayo de mis tradiciones.

por: Carlos Cabrejos Bocanegra

"Joan di Leython Felencini"
se hacía llamar, con rimbombancia,
el mil usos de mi barrio.

Dieciocho abriles o más tendría,
el pata que para ganarse la vida
se hacía pasar por:
pintor, albañil o plomero.

Más con buena labia
que con pericia y sabiduría.

¡Eso sí!...Siempre muy atento
con el saludo en los labios,
la mano en alto como soldado,
a los vecinos ametrallaba
con sus reverencias:
¡Buenos días!,
¡Buenas tardes!,
¡Buenas noches, don Edmundo!...
A todo el mundo
un saludo y una sonrisa les regalaba.

Y
en el acto preguntaba:
¿No tendrán por allí
algún trabajito para mí?
Y tras la respuesta,
positiva o negativa,
siempre se despedía
con su más simpática sonrisa.

Cuando en el barrio
alguna necesidad se presentaba,
no se hacía del rogar, ni le sacaba,
siempre estaba listo
para ayudar y dar la mano.

Como no cobraba mucho,
durante las fiestas patrias,
la chamba le llovía,
pues en esos días,
quien más, quien menos,
una manito de gato le da
a su fachadas
para enarbolar
con alegría
la bandera peruana.

El resto del año la chamba
era escasa
y
la tenía que hacer
de cargador en la parada.
Pero,
ese chamba muy poco le agradaba.

Mas le hacía la lucha
y
muy conciente de su diario desafío
muy temprano se levantaba,
se ponía su ropa de trabajo,
siempre desaliñada;
pero a él no le importaba
y
como un ejecutivo
con dignidad
a la parada caminaba.

Al acabar sus horas de trabajo,
muy puntual por la noche
su imagen transformaba.
Bien bañado,
con un terno al estilo clavillazo,
con un par de libros bajo el brazo,
y un par de zapatos
bien teñidos,
a la facultad de Derecho ingresaba.

Todos los estudiantes
lo examinaban de pies a cabeza.
Mas él, con sus zapatos negros,
como una noche estrellada
con confeti de mil colores,
no se inmutaba.

Al contrario todas las cátedras,
que daban en la facultad de la Av. Balta,
atentamente escuchaba.

Y
al término de las clases
con clavillentesca elegancia
se retiraba entre
las burlas de los futuros "abogánsters"
quienes le decían:
¡Adiós, doctor Leython!.
Mas él con simpatía
respondía:
"Licenciado, por favor.
Simplemente licenciado...

Otros con más picardía
expresaban:
-Qué bonito terno, doctor Leython.
Pero el muertito estaba
un poco crecidito...ja..ja...

Sin alterarse
y
con una enorme sonrisa
comentaba:
-Es la última moda de París,
compadrito;
pero ustedes
de estas cosas no saben nada.


¡Claro!...No faltaban las chicas
que se burlaban
de sus pecosos zapatos:
-Me encanta el modelito.
mister Leython.
¿En qué boutique los compró?
Quiero unos igualitos
para mi abuelito...ja..ja..

Y
con el mismo estilo,
ante la bella y futura jurista
contestaba:
-Modestia aparte,
son un par de tabas italianas,
que me las regaló desde Milán
mi primo el diseñador
Falencini-.

Así entre burlas y risas
se alejaba de los futuros abogados
que gozaban de su presencia
y
reían de sus ocurrencias.

Sábados y domingos
eran sus días de descanso.
Trabajaba semana inglesa.
Eran sus días para ir a las fiestas,
para enomarar a las domésticas.

Más de una cayó en las redes
de su cantinflesca elocuencia.
Más de una le dio la prueba
de su amor.

No sé como tuvo suerte
de no embararzar a ninguna,
hasta donde supe yo;
pero las muchachas
que la verdad descurbrían
con una cachetada le daban
el último adiós.

No faltaron las que fueron hasta su casa
a reclamar la dádiva de su amor.
Pero al enterarse de la historia
del "doctor"Leython Falencini
con las mismas se retiraban.

Sólo una chica,
llamada Felicita, soportó todo
y
se convirtió en su único amor.

Felicita, agraciada muchacha,
lloró desconsolada
al enterarse que su futuro suegro
desde hace varios años atrás
había corrido de su casa
a su enamorado,
él mil usos de mi barrio.

El severo padre siempre lo tuvo en la mira,
no comprendía porque Pepe,
no era como el resto de sus hermanos,
como el resto de su familia.

Pepe, como se llamaba
el mil usos del barrio,
no había nacido con buena estrella,
el destino le tenía preparado un duro camino
y un día allá por la parada de mi ciudad
en una batida lo agarró la policía.

Como no quería avergonzar a su familia,
según contaban lo vecinos del barrio,
Pepe no dio sus datos exactos,
pensando que pronto de la Comisaría
saldría.

Quiso portarse como todo un hombre;
pero víctima de la corrupción policial
y de un mal periodista,
su fotografía fue publicada en el diario local
con el repulsivo alias de "pajarraco",
como si se tratara
de un consumado criminal.

Su familia y el barrio se enteró
de la mala noticia;
pero lo peor de todo
fue la acusación policial:
Lo acusaban de vagancia.
¡El delito era vagancia!
Y esa era la ironía más grande mi país,
donde las fuentes de trabajo son escasas
y
mucha gente buscaba de mil maneras
llevarse un pan a su casa;
pero eso no le impotó al cojo
qu inició la pantomima de la Revolución
y
sólo consiguió hacer crecer la corrupción
y
el atraso de mi nación.

Más de una década después
esa cínica ley fue abolida
durante el primer gobierno de García;
pero el daño ya estaba hecho
mucha gente sufrió
y
nuestro mil usos quedó marcado
para toda su vida.

Su tajante padre lo echó de su casa,
su madre llóró desolada,
y
el resto de su familia le dio la espalda.

Solo y avergonzado, pepe,
decidió irse a Lima, limón
para olvidarse de todo.
Pero las costumbres de la capirucha
son muy diferentes a las de chiclayo,
así que no tardó
en regresar al barrio.

Sin embargo, esta vez regresó con nuevo bríos,
para no molestar más a su padre y hermanos
se presentó como: Joan di Leython Falencini,
una buena mezcla de inglés con italiano,
una pícara ocurrencia
de chibolo de barrio.

Con su nuevo nombre
y
su nuevo look
hizo nuevos amigos
y
aprendió a andar con un tal chavalillo.

Un crudo, calvo, peludo
y
chaparrón
que hablaba con acento español
y vestía siempre de camisa blanca,
pantalón negro, gorra vasca
y
más que criollo
decía que venía de la madre patria.

El chavalillo le enseñó un nuevo oficio,
le enseñó a ser mesero,
le enseñó a servir,
para asegurarse durante el día
un buen plato de comida
y
durante la noche
un lugar donde dormir.

El chavalillo le enseñó a utilizar el periódico,
que años atrás le había hecho tanto daño.
Revisaban, en las páginas de esquelas,
los partes de defunción.

Elegían el mejor.
No importaba si estaba cerca o lejos
y
directo al velorio se dirigían
para acompañar a los deudos
darles el pésame
y
de paso pedir de regalo
la ropa del que ya falleció.

Porque en aquellos días,
allá en mi tierra,
se velaban a los muertos en sus casas
y
no en refinados velatorios.

Así, mientras se velaba al muertito
copitas de pisco corrían
durante toda la noche
para mantener el espíritu calientito
y
matar el frío.

También durante la madrugada
un caldo de gallina bien caliente
se distribuía entre los presentes.

Y
para que el velorio no se torne
muy aburrido, ni muy solemne,
entre el pisco que va y viene,
no faltaba quien decía:
-Con el permiso del difutito
voy a contar un chiste coloradito...

Hombres y mujeres gozaban del chistecito;
pero no faltaban las viejas cucufatas
que a todo mundo censuraban,
que a todos criticaban
y
en su rotro de amargura
hipocresía arrastraban.

Así entre rezos y chistes,
entre el pisco va y viene,
entre criticas y llantos,
entre cafés y caldos de gallina
llegaba la hora de llevar al muerto
a su nueva morada
en el centenario cementerio "EL Carmen".

Allí esparaban las plañideras
que llorándole al muertito
se ganaban el pan,
mientras al difunto
lo sepultaban por toda la eternidad.

Ahora, siguiendo la tradición,
empezaba el novenario.
Nueve noches seguidas,
por obligación,
se tenía que rezar el Rosario
por el alma del finado
para que se salve
de las llamas del infierno,
pase, por agua caliente, el purgatorio
y
se vaya directo al cielo
a gozar de Dios.

Y
como la tradición
es la que manda,
en mi tierra chiclayana,
después de cada Rosario
se pasa al comedor
a cenar como Dios manda.

De esta manera,
gracias al muertito,
gracias a la tradición,
Pepe y el chavalillo,
aseguraban
cada semana
ropa, comida, trago, y colchón.

Tiempo más adelante
y
gracias al tiempo
que lo cura todo
y todo lo remedia,
Pepe fue buscado por su madre,
quien una vez más
le abrió las puertas de su casa;
Mas con una condición
que su padre no notara
su presencia
porque no era santo de su devoción.

Pepe muy feliz aceptó.
Se le veía contento otra vez
disfrutando del cariño de su madre,
aunque lo tenía que hacer lejos
de la mirada amarga de su padre

Ahora podía dormir en su casa
en su propio dormitorio,
lejos de los tétricos velorios.

Sin embargo como la felicidad
nunca es plena,
Pepe nunca pudo encontrar
un trabajo estable
y
en el mil usos de barrio se convirtió.

Del Chavalillo aprendió a servir,
de Clavillazo su estilaso,
de don Mario Moreno a cantinflear,
de Bécquer a escribirle quiméricas


Joan di Leython: El mil usos de mi barrio 

cartas de amor a su amada Felícita;
pero nadie puede negar
que era un noble amigo,
un buen vecino,
un hombre de buen corazón
siempre dispuesto a ayudar.

Por eso estoy seguro
que al morir sus viejos
Dios lo premió.

Sus hermanos,
que un día le dieron la espalda,
hoy le brindaron confianza,
le dejaron la casa de sus padres
y
todos los cuartos rentó.

Así aprendió a vivir de sus rentas,
a tener un negocio estable;
a cambiar de oficio;
pero la última vez que lo ví
seguía teniendo
el corazón de un chibolo de barrio:
presto a ayudar a los conocidos
a ser solidadrio con los vecinos,
a echarle una mano a mi padre,
y
a "picar" a los amigos
porque así es
Joan di Leython
el mil usos de mi barrio.




































































domingo, 2 de enero de 2011

Jironeando

El jirón de la Unión, donde nació el verbo jironear.

por: Carlos Cabrejos Bocanegra

Sentado en la distancia
en la silla de los recuerdos
viendo crecer a mis hijas,
de nacionalidad mexicana,
hablo en silencio con el tiempo
escuchando, de cuando en cuando,
música peruana.

La música de mis padres
de mis peruanos,
de Pinglo y Chabuca Granda...

Extraño tanto
mi linda Lima,
mi Lima limeña,
de tradiciones y embrujo,
de salero y encanto,
de toros y turrones,
de virreyes y perricholi,
de fútbol y playas,
de poetas y escritores,
de Nicomedes y Palma...;
del Señor de los Milagros,
de pecado e incienso,
de quintas y balcones,
de calles grises y fría garúa...

Lima de mi abuelo Grimaldo
¿Cómo olvidarte?
Si cada día que pasa
te extraño más y más
y
cada día que pasa
siento la necesidad
de tu imperiosa seducción.

Lima.
Lima seductora.
Te extraño tanto
como extraño caminar
por tus coquetos jirones
de piernas largas
de morena jacarándosa,
de sensual piel canela
de Barrios Altos,
de sensual piel morena
de la Victoria.

Lima del jirón Junín
donde vivía Grimaldo
en la quinta enladrillada,
cerca de Cinco Esquinas.
del callejón del Jaime,
de la eterna quinta Heeren
de la barroca iglesia del Carmen
y
de la leyenda de Tatán.

Lima.
Mi singular Lima.
Te extraño tanto
como extraño esas
mágicas caminatas solitarias
que daba por todo Barrios Altos,
por aquella ruta
de casonas olvidadas,
de callejones arruinados,
de quintas desdeñadas,
de balcones apolillados,
de calles heridas,
de plazas empobrecidas,
símbolos de coquetería
y la abundancia
de otros días.

Lima.
Mi coqueta Lima.
Te evoco
como evoco en mis sueños despiertos
vagar por aquel barrio
ante la mirada lasciva
de una mujer madura,
y la mirada furtiva de un ladrón.

¡Lima!
¿Cómo olvidarme de ti?
¿Cómo poder olvidarte?
Si ni siquera puedo
olvidar al jirón Junín
que me llevaba de la casa
de mi abuelo a la plaza Italia,
al palacio de la Santa Inquisición....
Como porder olvidarte
amigo de largas caminatas
si me llevabas de la mano
al Congreso de la Nación,
a la Av. Abancay,
a la Plaza de Armas,
a la Catedral,
al Palacio de Gobierno,
al Palacio Municipal,
a los Portales
y
sobretodo
a la principal calle de mi nación
al emblemático
y
expresivo
jirón de la Unión.

¡Por los Santos de Lima!
¡Por Santa Rosa y San Martín!
El jirón de la Unión es:
el jirón que no descansa
el jirón que no duerme,
el de las grandes tiendas,
de las surtidas galerías,
de los antiguos cafés
y modernos cinemas
de restaurantes
y restauranteros de comida rápida;
de coloniales balcones,
de la iglesia la Merced,
del diario La Prensa,
que me vio crecer
y
un día sin decir nada
se nos fue.

El jirón de la Unión
es el jirón de las mañanas invernales,
de hombres de saco y corbata,
de mujeres elegantes
y bellas en minifalda.

Es el jirón de empleados y obreros
que a paso ligero avanzan
para llegar temprano
y marcar su tarjeta.

Es el jirón de las tardes frescas de verano
que exhorta a la moda más ligera,
a pasear a las parejas,
a pasear con los amigos,
a tomarse unas chelas,
con todos aquellos
que con sus paseos
inventaron el verbo,
el verbo jironear.

El jirón de la Unión
es el jirón de las noches
de los emolienteros,
de los vendedores
de choclo con queso,
de los canillitas y lustrabotas,
de lechuceros,
de cachivacheros
y
dulceros,
de locos y bohemios,
de briagos y fumones,
de pintores y poetas,
de payasos y mimos,
de hippies y fakires,
de conversadores y charlatanes,
de los artistas de la calle,
de la gente sin casa
de los que esperan una limosna
y
un poco de langoy.

El jirón de la Unión
es el jirón de las madrugadas heladas,
de las madrugadas temblorosas
de quienes dormitan
entre recovecos
tiritando de frío
buscando el abrigo
de un periódico viejo
y
restos de cartón.

Es el jirón que da trabajo
a un ejército
de limpieza
que a partir de la medianoche
le devuelven su belleza
hasta que salga
el nuevo sol.

El jirón de la Unión
es el jirón de los artistas,
de los políticos,
de frijolito y la Brambilla,
de periodistas
y
presidentes,
del güerito mexicano
y
del chinito correlón,
que se burlaron del pueblo
y
le dieron falsas esperanzas
por televisión.

Es el jirón de los poetas,
de los locos enamorados,
de los novios soñadores,
de los amigos inseparables,
de las parejas disparejas,
de los mochileros...
y
de todos los que nos apasionamos
con jugar
y
conjugar
el verbo muy limeño:
El verbo jironear.

El jirón de la Unión
es el jirón que sintetiza
la vida limeña
y
el palpitar de mi nación.


México 16 de abril de 1997






















DOÑA VEGA

Esta es la plaza de Armas de Chiclayo, donde nací y aprendí
a caerme y levantarme. (Foto: gedifi)

por: Carlos Cabrejos Bocanegra

Blanca como sus suspiros era doña Vega.
La dueña de la panadería entre las esquinas
de Balta y Francisco Cabrera.

Su ondulada cabellera,
hilos finos de los tejedores
de las sombras de la noche,
con dulzura acariciaban su robusta espalda.

Sus ojos grandes, dos choloques
más negros que los huacos chimú,
briilaban siempre más que el jade.

En su rostro, siempre sonriente y maquillado
como molletitos chiclayanos,
lucía invariablemte su perfilada nariz.

Su cuerpo, relleno por los años,
mostraban aún las manos del sensual artista
que con pasión la esculpió.

De busto generoso y sensuales caderas,
doña Vega reflejaba por todos lados
la belleza de la mujer de mi tierra,
de mi tierra chiclayana.

En su singular belleza brillaban:
el espíritu del noble nativo
y el alma viajera
del conquistador español.

Así era doña Vega. Una mujer bella.
Tan bella y trabajadora
como son las mujeres de mi tierra.

Doña Vega mujer hacendosa
amaba con entrega
a su larguirucho esposo
un policía de la Guardia Civil.

De su esposo no tengo mucho que decir,
sólo lo veía llegar
siempre muy serio
con su uniforme verde,
sus botas negras
y
su casco blanco
de guardia de tránsito.

Era como un fantasma
de quien no recuerdo ni su voz,
ni su sonrisa,
sólo sus pasos firmes y marciales de policía.

Mas no nos asustaba, porque doña Vega
con una cariñosa sonrisa a mi madre
le preguntaba ¿Cómo está doña Marina?
y agregaba: "ya está grandote su Carlitos"...

Y esas palabras eran el punto de partida
de una desestresante charla de vecinas.
El policía por arte de magia desaparecía.
Y yo me deletitaba mirando las vitrinas:
Gozaba con el olor del pan francés
recién horneado,
con el aroma calientito de las marraquetas
y
empanadas;
de los alfajores, barras y kinkones;
de las roscas, rosquitas y roscones;
de las cemas, cemitas y chancays;
de bizcochos y encimadas;
de las cocadas, de los dulces de camotillo, higo y membrillo;
de los cachitos de manteca
y
de los suspiros
que en el paladar nos hacían suspirar...

Hummmm...

Todo estaba fresco y bien rico...

Hummm...

¡Que manjares, amigos míos!
Que manjares
los que disfrutaba
cuando era niño.

Sí, y cuando era niño
me encantaba ver a mi madre
saboreando sus dulces de higo y mebrillo.
Eran sus preferidos.

A mi padre le gustaba mucho
sus marraquetas
bien calientitas
con mantequilla
de la cholita.

(¡Qué mantequilla tan rica,
tan cremosa y saladita
que la cholita despachaba
en pancas de choclo
allí en el centro
del mercado central!)

Mi hermana Alicia
y
yo peleábamos por las rosquitas
cuyo sabor inigualable
no he vuelto a probar jamás.

Pero lo que nos gustaba a todos
sin discusión alguna
eran los alfajores, barras y kinkones
rellenos siempre
de un exquísito majarblanco peruano.

Majarblanco que elaboraban
tres calles al norte de mi casa,
en la famosa fábrica de helados
"La Flor del Norte".

Tan famosa por su majarblanco
como por sus helados de lúcuma
que consumíamos todo el año.
¡Qué agasajo nos dábamos!.

¡Que años aquellos!
Eran los años más prósperos
y en especial para doña Vega
que tenía una gran variedad de clientela.

Daba gusto verla atender
a los estudiantes de Derecho,
quienes con una gaseosa y un chancay
regresaban a sus aulas a estudiar.

A los oficinistas que pasaban por su pan
a la hora de almorzar, a la hora del lonche
y a la hora de cenar;
aún no existía
el deshumanizante horario corrido,
ni las inhumanas teorías de productividad.

A los viajeros que iban de Chiclayo a Lima
por la clásica línea Perú-Express
y que nunca partían
con las manos vacías.

(Quien menos llevaba a la capirucha
un kinkón San Roque
y si el dinero no les alcansaba
mínimo una barra o unos alfajores)

A los paseantes, que en las noches frescas de verano,
caminaban por la avenida Balta hacia la Plaza de Armas
y de la Plaza de Armas, otra vez, por la Av.Balta
hasta la avenida Bolognesi.

Y en ese ir y venir
algún manjar de doña Vega
se les tenía que antojar.

Yo creía que todo el mundo
le compraba a doña Vega,
y las vecinas del barrio
siempre allí hablando de ella,
hablando con ella.

Conversaban de sus ventas
de lo bien que le iba,
que pronto sería muy rica
y que por eso Cesitar se merecía
estudiar en el colegio de curas
"Manuel Pardo".

Por eso a Cesitar siempre le cantábamos:
"La marina tiene un barco,
la aviación tiene un avión
y el colegio Manuel Pardo
tiene un cura maricón".
Pero esa es otra historia
y es tema de otro poema,
ahora sigamos con Cesitar
y su mamá doña Vega.

Hasta donde sé,
Cesitar era su único hijo.
Y como hijo único era gordito,
engreído
y crecía sin ensuciarse
las manos con los juegos de la calle.

Cesitar creció lejos de la pega y el ampay,
del chicote escondido, de la rayuela
y
el tarro-tarro;
de la quinela y la pichanga,
del pañuelito saltao, del " ha llegado una carta...";
del trompo, las bolitas, el bolero
y
la tiracha...
de todos esos juegos
que disfrútabamos en grande
los chíbolos
de la calle 5 de Francisco Cabrera.

No, Cesitar no jugaba con nosotros
él creció con caprichos de pituco
y
pronto sus caprichos crecieron con él
hasta poner de cabeza a doña Vega,
quien ya no fue la misma de siempre.

La sonrisa amable de doña Vega
se convirtió en una mueca triste.
Los pasos marciales de su esposo
perdieron firmeza y se convirtieron
en un caminar nervioso.

Cesitar cambió las barras y alfajores
por burros de yerba mala,
y
formó parte de los "astronautas"
de las esquinas entre las calles
Manuel María Izaga y Teatro.

Esquina conocida, por la collera,
como la "nasa";
porque allí se reunían todos los
"astronautas" de mi tierra.

Ahondar en más detalles esta demás,
doña Vega estaba desolada
su esposo nunca encontró respuestas.
La panadería estaba herida de muerte.
Las vitrinas se quedaron solas lentamente.

Hasta que un tu san, el chino Kant,
compró la esquina
que a partir de entonces
ya no fue la misma.

El tu san cambió de giro
quitó la panadería
y
continuó con su tradición
de bodeguero.

Desde aquel día
el aroma a pan caliente
se desvaneció para siempre.

Los alfajores de doña Vega
ahora sólo los difruto
con los dulces recuerdos
que guardo de aquella mujer
que se deshizo de todo
con el único propósito
de ver reir una vez más
a su único hijo...

México 19 de mayo de 1996

Dios bendiga a todas esas madres y padres que luchan contra viento y marea por salvar a sus hijos del vicio y las drogas.
















sábado, 1 de enero de 2011

Chola Corona

Típica monsefuana orgullo de Chiclayo y del Perú
Foto: Jesús Custodio López

Por: Carlos Cabrejos Bocanegra

Chola Corona
alma de bronce,
trenzas negras,
ojos negros
mirar sereno.

Chola Corona
Chola de blusas blancas,
faldas negras y
pollera bordadas
con hilos de colores.

Chola Corona.
Chola de pies descalzos,
callosos, cortados
por la fricción
de los siglos.

Chola Corona.
Vivo retrato
de las abuelas monsefuanas,
autóctonas peruanas
de quienes heredaste
el arte sagrado
de elaborar la chicha jora.

La chicha.
Bebida sagrada del dios Naylamp,
de los dioses Mochicas,
del señor de Sipán
y
del gran hijo del sol:
el taita Inca.

Chola Corona.
Vieja herencia,
palpitante atavismo
en tus curtidas manos
posees la ciencia,
la alquimia culinaria
de la sazón milenaria
preparada en cocina
de barro, leña y carbón.

Chola Corona.
Amat alabó tus
causas y piqueos...
Y
en tu picantería
chiclayana,
ubicada en la cuadra cinco de Cabrera,
cholos, negros y criollos
al unísono gritaban:
¡Este cabrito está pa' chuparse los dedos!.

Chola Corona.
Reina del redoble,
la banda y la tarola
al suelo de tierra
le sacas chispas
bailando la marinera
y
a la pachamama,
con tus arrugadas manos,
de sus entrañas
le arrancas el maíz
para hacer la chicha jora.

Chola Corona
mujer noble,
vieja linda,
vecina de mi madre,
amiga de mi abuela,
magia viva
eres
señora y veladora
del arte milenario
de hacer
la chicha jora.








A Piura, Piura de Brunito

Brunito de Piura, del sol, arena y de gente bella.
por: Carlos Cabrejos Bocanegra

Piura de mis colores
Piura de mis sabores
Piura de mis recuerdos
Un día llegué a ti
Un día llegué a tu seno
Y me arrospaste
con cariño y esmero.

Piura de mis colores
llevo en mi alma:
El verde de tus algarrobos,
el dorado de tus arenas,
el celeste de tu bello cielo,
el blanco de tus nubes;
de tus nubes tan blancas
como el alma noble
de tu noble gente.

Piura de mis sabores
camina conmigo el sabor
de tus más típicos sabores:
Un rico cebiche de mero,
una sabrosa sopa de novios,
un seco
del más rico seco de chabelo,
con su canchita salada
y sus chifles
de doña Mojarro
Hmmm...
pa'sentarlo
con un fresco poto de clarito...
¡Ay!...Con sólo pensarlo
mis sentidos vuelan
a la Legua y Catacaos,
y en este vuelo
todos mis sentidos
se embriagan
con exquisito placer...

¡Piura del clarito,
del cebiche de mero
y del seco de chabelo...!

Piura de mis recuerdos
de mi plazita tan íntima,
mi plazita Merino,
donde iba a diario a misa
a escuchar la oración
de las monjas carmelitas,
monjitas de clausura,
que con su silencio
mostraban
el rostro divino de Dios.

Piura de Albújar.
Piura de Grau.
De Paita y Sechura.
De mis viejos amigos
De Brunito y del Tondero
ni el niño, ni la niña
borrarán de mí
tu cálida sonrisa
y
por mis venas
brillará por siempre
la piel dorada de tus arenas.