Garabatos de un caminante

Garabatos de un caminante
Apizaco, Tlaxacala, México

miércoles, 13 de enero de 2021

OCTAVO RELATO: "DETENIDOS POR EL G2"

 Después de cuatro noches y medio día, despegamos rumbo a ciudad de Panamá. El despegué no fue como lo hubiese deseado. No era la primera vez que volaba. A estas alturas ya tenía experiencia con aviones grandes y medianos así como con buques, lanchas, botes, etc. 

Había volado tanto en  aviones comerciales como en aviones y helicópteros de la Fuerza Aérea, de la Marina de Guerra del Perú y de la Policía Nacional. Había navegado en lanchas, botes, barcos mercantes, buques de guerra y hasta en submarinos. Había viajado a toda velocidad en ambulancias... Así que hasta ese momento estaba seguro que mi peor viaje, mi peor vuelo fue en un helicóptero Seaking, cuando los pilotos de la FAP nos dieron un "aventón" desde la sierra central, a más de 2500 metros de altura sobre el nivel del mar, hasta la playa de San Bartolo, en Lima. En aquella ocasión íbamos sentados en el piso de la nave y no teníamos audífonos para filtrar el ruido del motor y las hélices. Sentíamos todos los ruidos y el traqueteo de la máquina voladora.

Pero este vuelo de Obaldía a Panamá resultó terrorífico. Para empezar la compañía no era de nuestro agrado, en segundo lugar la avioneta agarró vuelo en un terreno accidentado. Parecía que nunca se iba a elevar y que nos estrellaríamos directamente en las faldas del Darién. Mas cuando se elevó dio la sensación que aún seguíamos en tierra. Alberto y yo nunca nos desabrochamos el cinturón de seguridad. No sé si los argentinos lo hicieron, pues no teníamos intención de hacer contacto visual con ellos y sólo veíamos hacia el frente y observamos como el piloto peleaba con el timón para estabilizar la avioneta. Corría mucho viento y sentía que el pequeño avión subía y bajaba, subía y bajaba y le temblaba todo el fuselaje como una vieja carcacha en una pista de tierra llena de baches y huecos. Por la ventanilla veíamos pasar a las nubes como si se burlaran de nosotros y estuvieran esperando que la avioneta se vaya a pique. Pues temblaba como un enfermo con fiebre, como un paciente con tercianas. Daba la sensación que en cualquier momento el viento se llevaría todos los remaches, que se tragaría todo el armazón y nos quedaríamos a merced del vacío sentados sobre los incómodos asientos que no soltábamos para nada.

Casi una hora después de un pésimo vuelo llegábamos a Ciudad de Panamá. Daba ganas de gritar: ¡Por fin, tierra!....¡Tierra,  tierra!...Como la chiquilla, Lulú Plummer, del film "Niñera a prueba de balas", con Vin Diesel. Volver a pisar el suelo era un enorme alivio. En serio era un enorme alivio vernos de pie y con vida lejos de esa carcacha aérea y de las "mulas" argentinas que nunca más volvimos a ver. Sin embargo, el gusto no nos duró mucho, porque al llegar a la parada de migración y aduanas nos detuvieron. Así es, nos detuvieron como delincuentes en medio de la mirada de un montón de gente y el calor insoportable de la capital panameña.

Los agentes de seguridad nos quitaron los pasaportes y nos llevaron hasta una lejana oficina del aeropuerto local. Allí en una pequeña salita nos sentaron y nos pidieron que esperáramos. Al rato llegó un tipo de guayabera y pantalón gris, zapatos de vestir; alto, delgado, de cabello negro lacio, todo peinado hacia atrás; colorado, cara delgada como Clint Eastwood en "Harry, el sucio"; tenía un tono de voz moderado y nos preguntó nuestros nombres mientras ojeaba nuestros pasaportes peruanos de color verde. Luego que respondimos preguntó a qué nos dedicábamos, qué hacíamos en Panamá, para qué habíamos llegado, por qué entramos por Obaldía, cuántos días teníamos viajando, etc. Luego con nuestros pasaportes en sus manos se retiró y regresó como en una hora y otra vez ojeando nuestros pasaportes comenzó a preguntar otra vez lo mismo: cuáles eran nuestros nombres, a qué nos dedicábamos, qué hacíamos en Panamá, para qué habíamos llegado, por qué entramos por Obaldía...Por tercera y cuarta vez hizo lo mismo. Las mismas preguntas sin variar un punto y una coma, obtenía nuestras respuestas y se volvía retirar sin decir nada más, sin invitarnos un vaso de agua, sin prestarnos un baño, pese al calor infernal de Panamá.

Entonces recordé aquella vez que nos detuvieron en el pentagonito. Estamos en plena guerra contra el terrorismo durante el gobierno de Alán García y esa mañana fuimos, en la camioneta de OJO, a la sede del Estado Mayor del Ejército del Perú, en San Borja. 

Ultiveros no entró al edificio castrense y estacionó la camioneta en una calle aledaña. Después él y Julio Ugaz, reportero gráfico, bajaron de la unidad y fueron a realizar unos tramites en la sede militar. No recuerdo si fueron por unos salvoconductos o por algún otro permiso; pero,   como no estaba asignado a esa comisión, me quedé en la camioneta baboseando con las cámaras fotográficas del periódico. Estaba mirando las cámaras Nikón con motor que en los años 80 eran una maravilla; pero no había tomado ninguna foto, cuando agentes de seguridad vestidos de civil con pistola en mano rodearon la camioneta y me "invitaron" a bajar. Inspeccionaron la camioneta, agarraron las cámaras fotográficas y el maletín de reportero gráfico de Julio Ugaz, lo revisaron minuciosamente, al igual que a mí me checaron de pies a cabeza y, me pidieron que los acompañe hasta unas oficinas en el interior del cuartel General del Ejército. Por más que me identifiqué y les dije que no era espía, ni que estaba tomando fotos, no me creyeron así que los acompañé por las buenas hasta una oficina color café con muebles de piel marrón muy cómodos. Allí estaba sentado solo hasta que al rato llegaron Julio Ugaz y el chofer Ultiveros. Desde mi detención había pasado más de dos horas cuando llegó un tipo gordo, calvo, vestido de civil haciéndose el gracioso y comenzó a preguntar mientras observaba nuestras credenciales: quiénes éramos, a qué nos dedicábamos, dónde trabajábamos, dónde habíamos nacido, dónde habíamos estudiado, etc.; la única pregunta que el interrogador peruano hizo diferente al cuestionador panameño fue: ¿Qué pensábamos de Sendero Luminoso y de los terroristas del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru?

Después de tres horas de preguntas cojudas, nos dejaron salir del pentagonito. El calvo gordo y grandote, como un tronchatoro, nos dio la mano, una sonrisa irónica y comentó: -Espero no volverlos a ver por aquí-. Gracias a Dios nunca más lo volvimos a ver.

Así que esas horas en la salita de interrogación del aeropuerto de Panamá, Alberto y yo esperabamos que la historia del pentagonito se volviera a repetir. Alberto conocía bien la anécdota que había vivido en el cuartel de San Borja y eso nos daba un aire de esperanza para aguantar la sed, el hambre, la orina y el calor.  Hasta que a la cuarta hora el agente de seguridad, el flaco colorado vestido con guayabera y pantalón gris se paró frente a nosotros y nos dijo que teníamos que salir de Panamá,- nos corrió de su ciudad capita-, y que nuestros pasaportes nos los iban a entregar agentes de migración en paso Canoas.

Después de cuatro horas en esa salita de mierda, salimos directo al baño. Orinamos como caballos y de allí a tomar el primer autobús con rumbo a la ciudad de Chiriquí, donde nos quedamos a pasar la noche y probé la comida china más mala que mi aventurera historia. Salimos tan rápido de la capital Panameña, que no nos detuvimos a conocer nada. Sólo queríamos llegar a Paso Canoas para recuperar nuestros pasaportes color verde y seguir viajando rumbo a Canadá.

Años más tarde, en 1995 sino me falla la memoria, andaba yo solo por Guadalajara, Jalisco, México y entré a una librería a "babosear" un rato. Cuando vi un libro que me llamó mucho la atención, se titulaba Noriega. Lo compré y lo leí buscando respuestas a lo que había vivido en la  salita de interrogatorios del aeropuerto de ciudad de Panamá. Cuatro horas de preguntas, de sudor, de sed, de hambre, de aguantar la orina, cuatro horas de miedo. Hasta que por fin en ese libro encontré la respuesta a lo que estaba buscando. En el año 1988, Manuel Antonio Noriega el cara de piña, el militar que egresó de la Escuela Militar de Chorrillos del Perú, el mismo que había espiado a Juan Velasco Alvarado y a todos los militares de izquierda del Ejército Peruano, el espía de George Bush padre, el narcopresidente, el creador  del tenebroso Servicio de Inteligencia G2,  había prohibido la entrada de periodistas extranjeros al istmo de Panamá. 

 



 

domingo, 10 de enero de 2021

SÉPTIMO RELATO: LOS "ASTRONAUTAS"

A la mañana siguiente, justo cuando íbamos a desayunar en el restaurante de la negra Candé, nos avisaron que la avioneta,- para ir a Ciudad de Panamá-, estaba a punto de aterrizar. Dejamos todo y fuimos por nuestras pequeñas mochilas. Las teníamos listas y a la mano.

Mochila al hombro nos dirigimos hacia la improvisada pista de aterrizaje. No había ningún chibolo, ningún pelotero, sólo un par de guardias de raza indígena con su uniforme verde olivo todo desaliñado y una pareja de argentinos que nunca supe de donde salieron, ni como llegaron hasta aquel infortunado puerto.

Los guardias, que pertenecían a las fuerzas de Defensa de Panamá, creada por el cara de piña Manuel Antonio Noriega, hablaban en su lengua nativa. Hablaban y hablaban sin dejar de mirar a la pareja de argentinos que esperaban el transporte aéreo con unas enormes maletas de cuero color marrón. Las maletas llamaban mucho la atención por su acabado y su brillo. Lucían  muy elegantes, nuevas y se percibían llenas y pesadas. Los argentinos no se separaban de su equipaje e ignoraban totalmente a los guardias y creo que a nosotros también. Pues nunca nos saludamos.Ni siquiera nos dimos los buenos días. Sólo nos paramos por inercia junto a los uniformados que platicaban mucho en su lengua natal. Nosotros estábamos del lado izquierdo y los ches del derecho de los militares. Ese cuadro me puso un poco intranquilo. Los argentinos me hicieron recordar a ese tal Palomino que conocí en el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez, en el  Callao. Por esos días era corresponsal del diario OJO en la principal base aérea del Perú, cuando una mañana fui testigo del caso Palomino. El pata de nacionalidad peruana en compañía de una chica de nacionalidad alemana tenían boletos para viajar a Italia. Pero su actitud  y la belleza de la germana llamaron la atención de la policía del "Jorge Chávez". Los policías antidrogas les pidieron sus pasaportes y los llevaron a una sala para revisarlos y... ¡Oh!... Pasó lo que tenía que pasar, los sospechosos llevaban cocaína en sus maletas y fueron apresados en ese instante. Palomino acabó en  Lurigancho y la chica de nacionalidad alemana en la cárcel de mujeres "Santa Mónica", en el distrito de Chorrillos, Lima. 

Con esos recuerdos muchas sospechas comenzaron a pasar por mi cabeza y ahora era yo quien escudriñaba al argentino y su compañera de pies a cabeza. El pibe vestía como hippie, no era alto, era de mi vuelo; pero delgado, con bigote y barbita de chivo; parecía un personaje salido de la novela de Alejandro Dumas:"Los tres mosqueteros". La chica era también delgada, de la estatura de su pareja; rubia de ojos celestes se parecía mucho a Meg Ryan, la actriz norteamericana famosa por trabajar con Tom Hanks en la película de los años 90: "Tienes un e-mail"; y con Nicolás Cage en: "Ciudad de Ángeles", entre otras cintas. 

Alberto notó mi intranquilidad.  No dejaba de observar a los argentinos. Pues por  nada en el mundo se apartaban de sus maletas. Y los soldados parlanchines no paraban de hablar en su dialecto. Entonces, se escuchó un motor en el aire y Alberto me dijo: "Tranquilo. allí viene la avioneta. Por fin dejaremos toda esta mierda".

La avioneta aterrizó. ¿Quién sabe de dónde vendría? No bajó ningún pasajero. Venía por nosotros, cargó gasolina y después de un rato el piloto gritó: ¡Pueden subir a bordo!

Al escuchar la orden del piloto sentí un gran alivio, pero antes que avancemos los soldados indígenas nos dijeron, en español, señalando a los argentinos: -¡Primero ellos, luego ustedes! En seguida tomaron las maletas de los ches, las cargaron y las introdujeron en la avioneta. Después subió la pareja de argentino, se sentaron hasta atrás, de allí Alberto y antes de subir, les pregunté: -¿Quiénes son?...Riéndose me respondió el soldado que más hablaba: -"Son astronautas"-. En milésimas de segundos vino a mi memoria la esquina de Manuel María Izaga y Lapoint donde había un chalet y allí se reunían todos los "astronautas" de Chiclayo a fumar mariguana, a inhalar cocaína, a inyectarse heroína y meterse cualquier basura que los haga "volar". En mi barrio a aquella esquina le decíamos "Cabo Cañaveral" o la "Nasa".

Aún metido en mis recuerdos, hice una pausa para darle las gracias al locuaz militar y por fin subí a la avioneta sin mirar a los ches. Los argentinos estaban sentados atrás de nosotros. Y nosotros atrás del piloto. Estábamos en medio y pensé sin comentar nada con Alberto: -Estos son "mulas"-. Y con las "mulas" de compañía, y sólo Dios sabe quien era el piloto, despegamos rumbo a Ciudad de Panamá.




 

 

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domingo, 3 de enero de 2021

SEXTO RELATO: EL COCINERO DE LOS "CHARLIES"

La mañana siguiente cumplíamos cuatro días en el miserable puerto de Obaldía. Todo parecía normal: El cielo azul, el intenso sol, el verdor de la selva del Darién, las calles sin pavimento llenas de polvo, los niños jugando pelota en la maltrecha pista de aterrizaje y el agua tibia del mar azul indicaban que allí no pasaba nada; cuando un hombre, delgado de  raza blanca con el rostro y los brazos bronceados, vestido con camisa de manga corta, pantalón y mocasines blancos, se acercó a nosotros saludándonos amablemente y diciendo que era el cónsul de Colombia. Nos sorprendió. Nos dimos la mano y dijo: - Ustedes son los peruanos, verdad-. Por unos segundos lo miramos profundamente en silencio, luego sólo respondimos con un sí, seco, esperando que nos quisiera ver la cara de tontos para aprovecharse de su autoridad; pero no fue así. Nos quedamos con la boca abierta cuando nos dijo con un tono suave y amable:- Disculpen no quería asustarlos, pero quiero comunicarles que hay un paisano de ustedes buscándolos-. Y agregó: - Por favor no se muevan de aquí, le diré que acá están esperándolo-. Y así como nos abordó, se despidió con un fuerte apretón de manos. Alberto y yo nos sentamos en el piso frente al restaurante de la negra Candé y en silencio esperamos al paisano que nos andaba buscando.

No me imaginaba como era, por un momento creí que podía ser la chica del pantalón camuflado, la que el negro Caícedo se llevó a la fuerza; pero, no, era mucho pedirle a la vida; así que sin mencionar palabra alguna, Alberto y yo esperamos al compatriota que nos estaba buscando.

Unos minutos después se acercaba a nosotros un hombre de mediana estatura, cabello crespo, tipo sacalagua (blanco de facciones negras); vestía un bivirí y un short blanco, parecía un loco que caminaba en ropa interior en medio de la polvorienta calle con su sandalias de plantilla blanca y suela negra de goma, típica sayonara peruana, de esas que nos compraba mamá para bañarnos cuando éramos niños y éramos libres de andar presumiendo marcas. Lo más curioso de todo era que bajo el brazo derecho traía una enorme colcha de lana peruana, -de esas que te dan en el ejército-, envuelta en plástico transparente. Se nos hizo gracioso e inofensivo. Así que nos pusimos de pie, como en la escuela primaria cuando entraba el director, algún maestro o una persona mayor. Nos poníamos de pie para saludar y mostrar nuestro respeto. De esa manera Alberto y yo nos paramos para darle la bienvenida y presentarnos formalmente. Mi compañero de viaje fue el primero en saludarlo y presentarse: -Hola, soy Alberto Morales Calvo-. Un fuerte apretón de manos, como se acostumbraba allá por los ochenta, como signo de confianza y amistad. En seguida era mi turno y con todo respeto expresé: - Carlos Cabrejos Bocanegra...-. Me estrechó la mano con firmeza, se le abrieron los ojos de par en par, su rostro de iluminó como si fuéramos amigos de la infancia y exclamó:- Tú eres Cabrejos, en serio eres Cabrejos...El mismo que escribió en  el diario OJO un reportaje sobre Lurigancho -. Estaba más que sorprendido, estaba perplejo, no sabía que estaba ocurriendo, parecía que me habían dado un derechaso en la cara y dudé en responder...

Era como si me hubiesen desnudado en medio de la calle, en un lugar tan lejano de mi tierra, donde no me conocían ni las cucarachotas de la casa de huéspedes. Había hecho dos trabajos de investigación para el diario OJO en el 86. El primero era confirmar la historia de un muchacho que robó para volver a la cárcel porque en la calle no tenía a nadie. Conocí ese caso de interés humano en el Palacio de Justicia de Lima y  mi jefe de información, Salvador Larrea, deseaba que el asunto se siguiera y se redondeará para satisfacer la curiosidad de los lectores; pero yo creo que era más para verificar sino era un cuenta cuentos. Pues era nuevo en OJO y  también me gustó la idea, porque de esa manera la historia de ese muchacho no quedaría suelta. Así que, el domingo siguiente, me infiltré en Lurigancho como un ciudadano más que va de visita a ver un amigo. Llevé cigarros, varias cajetillas de Winston, que a mí también me gustaban cuando tomaba. En la terrorífica aduana de Luri. me sellaron y revisaron hasta los calzoncillos. No me hallaron nada ilegal y pasé.  Atravesé el enorme y soleado patio repartiendo cigarros a los reos que se me acercaban y llegué al pabellón, donde estaba preso el muchacho que a la semana de estar libre volvió a delinquir porque se sentía solo, no tenía que comer ni donde dormir. Aquel pabellón, -todo despintado algún día había sido de color celeste o verde-, era un lugar nauseabundo. Apestaba a caca y orines, apenas ingresaba la luz natural; estaba casi a oscuras, tenebroso como la boca de un perro enfermo; inspiraba miedo; con celdas sucias y barrotes oxidados y en medio de toda esa mierda, los zambos y los marrones pagando sus penas y el muchacho que volvió a robar jugando a la pelota con sus camaradas que ese domingo no tenían visita. Hablamos y para él la cárcel era su hogar, su familia, su casa. Tenía tres comidas diarias, un lugar donde dormir y amigos con quien jugar, con quien platicar, con quien reír y con quien llorar. La calle, la libertad para él era un fastidio, un reto que no sabía como superar. Sin familia, sin amigos en la calle somos nada decía.

Salí de Lurigancho así como entré. Sin ninguna novedad y fui directamente al periódico a escribir mi historia. Al día siguiente salió publicada en las páginas centrales de OJO con el titulo: "A LURI HAY QUE ENTRAR COMO ADÁN". Salvador Larrea, jefe de información y Víctor Ramírez su brazo derecho estaban satisfechos y me dieron la oportunidad de escribir sobre el otro penal, el de máxima seguridad, el penal  Miguel Castro Castro o más conocido como el penal de Canto Grande. (Lo estrenaron en febrero de 1986)

Ya había hecho un nombre en OJO y mi nombre sonaba en los lectores del diario más popular del Perú. A partir de mediados de los 80 OJO era el diario de moda.  Así que esta vez no esperé que llegara el domingo para visitar Canto Grande. A mitad de semana pedí la movilidad del periódico y me fui a la cárcel de extrema seguridad. Al llegar al penal edificado en el distrito de San Juan de Lurigancho, observé que era totalmente diferente a la cárcel de Luri. Se trataba de un edificio recién inaugurado, olía a nuevo, y fue "bautizado" como Miguel Castro Castro, en memoria del Director del Penal de la Isla del Frontón, asesinado por el terrorismo que azotó el Perú de 1980 a 1992 y que actualmente se sigue combatiendo en los  valles de los ríos Apurimac, Ene y Mantaro (VRAEM). Guiado por mi instinto periodístico toqué el timbre de la puerta de metal recién pintada de color gris y se asomó un empleado del Instituto Nacional de Penitenciarías del Perú (INPE). Era un muchacho como yo. Por esos días tenía 25 años, y el pata más o menos tenía mi edad o en todo caso no rebasaba los treinta. Le dije quien era, le mostré mi credencial color verde de OJO y le expliqué mis intensiones. Sonrió como un pícaro, como un niño que estaba a punto de hacer una travesura, y sin pensarlo más me abrió la puerta y me explicó como llegar hasta el patio principal de esa cárcel. No tenía mucho tiempo, así que caminé rápido por un pasillo que cruzaba al parecer la sala de visitas por su ventanales y divisiones;  las paredes eran amarillas con el zócalo color marrón. Ya no me fijé en nada más. Llevaba mucha prisa hasta que llegué al patio color gris. Todo era color cemento. La paredes y pisos se veían macizas, recontra fortificadas; cuando vi en una celda, como un pequeño, limpio y cómodo salón de clases, frente a una pizarra negra, a Reynaldo Rodríguez López "el zar" de las drogas dando clases de inglés a una fila de delincuentes de alta peligrosidad. Todos estaban pulcramente vestidos con buzos de marca a la medida, bien pitucos, bien piolas, bien diferentes a los pobres diablos del penal de Lurigancho donde todos se vestían como una mierda y apestaban a mierda y orines. Acá todo estaba limpio y en orden.  Entre los pupilos del "zar" de las drogas estaba el sicario Italo Scolezzi. A todos ellos los conocía, pues había hecho periodismo judicial y a cada uno de ellos los había perseguido con incisivas preguntas por los pasillos del Palacio de Justicia de Lima. Ahora estaba allí solo en medio de ese frío patio, siendo testigo de un hecho inimaginable, cuando de pronto sentí que la mirada de Reynaldo Rodríguez López se posaba sobre mí y poco a poco la de todos sus alumnos, en especial la del asesino Italo Scolezzi. La mirada de Scolezzi me hizo temblar de miedo. Casi me paralizó. Mejor les di la espalda y me alejé haciéndome el cojudo para escapar de sus miradas, cuando vi que bajaba por unas escaleras, Luis López Vergara, ex-secretario, Luis Percovich Roca, ex- Ministro del Interior durante el gobierno de Belaúnde Terry.  A López Vergara lo había entrevistado personalmente en su casa cuando, yo, trabajaba para el diario Expreso y reventó el caso Villa-Coca. En ese instante estaba seguro que si me veía el ex-asesor de Percovich, me iba a reconocer y sabe Dios que podía pasar, así que abandoné el patio más rápido que inmediatamente, como decíamos en mi barrio. 

Ese par de trabajos me dieron un lugar privilegiado en OJO, ganaba bien, contaba con el apoyo de los jefes, de los compañeros de trabajo y hasta me gané la admiración de algunos reos que al salir en libertad me iban a buscar al periódico para darme información sobre el penal de Lurigancho y su cementerio clandestino atrás de los pabellones. O en otras ocasiones no faltaba la mujer de algún reo que me buscaba para solicitar ayuda a favor de su esposo. 

En fin me gustaba lo que hacía, pero nunca imaginé que alguien fuera del Perú y mucho menos en un olvidado puerto panameño al escuchar mi apellido me reconociera. Y este pata, este cuate con apariencia de loco, vestido en ropa interior, caminando por las polvorientas calles de Obaldía, vendiendo colchas en un clima caluroso, a más de 30 grados Celsius, y comiendo y durmiendo de la caridad de la Iglesia Bautista local, me había reconocido y exclamó:- ¡Yo acabó de salir de Lurigancho. Era el cocinero de los charlies!

Los "charlies"...me quedé pensando...

Los "charlies"...en la maloliente penitenciería limeña,  le decían a los gringos que  eran encarcelados en el Perú por trafico ilegal de drogas. Muchos convictos para ganarse la vida dentro de la cárcel se ponen al servicio de los delincuentes, norteamericanos o europeos,  porque saben que sus familiares  les envían dinero para sobrevivir en los reclusorios. Así tienen quien les cocine, les laven la ropa, es decir que tienen quien los atienda.

Y nuestro amigo, vendedor de colchas en medio del infierno verde, había sido el cocinero de los charlies y ahora buscaba un mejor futuro lejos del Perú, al igual que Alberto que sólo deseaba regresar a Canadá donde había vivido en la década de los sesenta y al igual que yo que sólo quería ayudar a Alberto a lograr su meta.