Garabatos de un caminante

Garabatos de un caminante
Apizaco, Tlaxacala, México

jueves, 23 de junio de 2011

Don Isaac Felipe Montoro: Periodista, escritor y un gran amigo

Don Isaac Felipe Montoro convirtió lo extraordinario en algo ordinario para revelar los secretos de la mendicidad en Lima. (Foto: Bajada del blog de Humberto Pineda Mendoza)

Escribir sobre don Isaac Felipe Montoro no es nada fácil. He realizado 24 intentos hasta la fecha y no logré concretar nada. Hoy espero plasmar este relato de mi vida periodística en Lima, cuando llegué con 24 años al diario Expreso. Sólo deseo que la memoria no me fallé.
Como lo he dicho antes en Expreso empecé con el pie derecho en 1985.
En cuanto entré me dieron chamba. Don Guillermo Córtez Nuñez me comisionó un reportaje sobre el 50 aniversario de la muerte de Carlos Gardel, pero cómo no conocía a la gente del mundo del espectáculo, comentó: "Carajo, no conoces a nadie". No lo negué. Pues durante mis años en la Universidad de Piura (UDEP) estuve lejos de las páginas de sociales y de la farándula nacional. Y durante mis practicas profesionales, en el diario La Prensa, estuve asignado a la sección policial. Así que no negué lo que para él era evidente. Entonces me preguntó: "¿A quién conoces? ¿A quien has léido?". De la manera más sencilla y sincera le respondí: -A Millán Puelles, Oriana Fallaci, Vicente Rodríguez Casado, la doctora González, la doctora Aspillaga, Fabiola Morales...-. Me interrumpió gritando: "¡Carajo, puras pajas... No conoces a nadie... Pero no importa..." Furioso. Impaciente, tomó una carilla en blanco, sacó su plumafuente y bufando como un toro de lidia comenzó a escribir una larga lista de nombres. Cuando acabó me la entregó en mis manos, ordenándome: -"Búscalos y pregúntales si vieron a Carlos Gardel alguna vez en el Perú"-. En el acto se marchó sin decir nada más. Don Jaime Marroquín me vio en silencio y Gladys Torres, tan recia como siempre, manifestó. -"Bueno qué estás esperando a trabajar"-.
Tres días después le entregaba mi primer reportaje a don Jaime. El 24 de junio de 1985 salió publicado a 8 columnas, toda una página y con llamada en primera plana.
Ese día en la sala de redacción estaba que no cabía en mis zapatos. Y mi ego se infló mucho más cuando don Jaime me llamó a su oficina para decirme que me haría responsable de la columna "Cita de Estrellas", de don Rafael Ruíz, la "Sombra" Ruíz, como se le conocía en el ambiente periodístico desde que era reportero del famoso Guido Monteverde, pionero del periodismo de espectáculos del Perú.
La "Sombra" Ruíz. Medía menos de un metro 60 centímetros. Era un hombre menudito, pequeño, delgadito, se veía muy frágil, con su cabello largo color negro siempre bien peinado como si fuera un peluca pegada a la cabeza. No se le movía un solo cabello. Había veces que daba la impresión que tuviera más cabellera que cuerpo y su voz afónica era muy suavecita. Su clásico saludo era: "Hola, hermanito".
Cuando regresó de vacaciones pudimos conversar algo. No mucho. Sólo lo básico y me felicitó por cubrirle las espaldas durante sus vacaciones. Luego me dijo que iría con el acunputurista porque sufría de dolores de espalda. Con el paso del tiempo me fui dando cuenta que era un personaje tímido, más que reservado; pero tenía un poder muy grande: Sus contactos. Eso lo convertía en un monstruo del periodismo de espectáculos. Muchas artistas como Analí Cabrera que acaba de fallecer, Pilar Brescia, Saby Kamalich, Patricia Pereyra, etc., estimaban de verdad a la "Sombra" Ruiz.
Bueno, volviendo al tema, don Jaime Marroquín me dio la responsabilidad de cubrir la columna "Citas de Estrellas" y sacar diariamente diferentes notas en la sección de espectáculos. Como ya dije antes, eso infló más mi ego. Y mucho más cuando Don Guillemo autorizó que me pagarán un extra por cada nota de espectáculos publicada.
Ya se pueden imaginar a un novato como yo, recien salidito de la Universidad , en el mundo de la farándula. Me sentía superbacán...Cuando se acercó a mi escritorio, María Naveda. Una joven valiente, redactora de la sección policial. Me contaron que casi la golpean en un trabajo de investigación periodística que estaba haciendo para descubrir quienes eran los miembros del Instituto Schiller, que estaban atacando a Manuel Ulloa Elías. Era una reportera que día con día se jugaba el pellejo en las calles de Lima. No era muy alta, un poco menos de un metro sesenta con zapatos bajos, pero su vocación periodísitca era inmensa. Bien, ella, María Naveda, se acercó a mí y me preguntó si conocía al hombre viejo que tenía al frente. Mi respuesta fue negativa. No había tenido tiempo de relacionarme con los hombres y mujeres de la sala de redacción, mas eso no la molestó y me dijo: -Es don Isaac Felipe Montoro. Una leyenda en Expreso, que en su juventud se disfrazó de mendigo para cumplir con su labor periodística y luego escribió su famosa novela "Yo fui Mendigo".
En ese instante las plabras de María Naveda me regresaron a mi realidad. Otra vez pisé tierra y no me importó que aquel hombre de cabello crespo color negro con rayos de plata, no me mirara, ni me empelotara. Me quedé mudo. María, en silencio, regresó a su lugar. Yo me senté y miré fijamente al periodista y escritor que doblaba su espalda para casi meterse de cabeza en la máquina de escribir que golpeaba con un par de dedos rapidos y precisos. Así conocí a don Isaac Felipe Montoro, que en esos instantes vestía un saco marrón claro con cuadros y líneas negras, un pantalón de vestir marrón, un par de zapatos del mismo color, una camisa amarilla y una corbata beis.
Don Isaac llegaba todas las tardes después de las 4 p.m. Escribía con mucha rapidez y concentación. Entregaba sus notas y se iba conforme había llegado. Muy pocas veces se detenía a conversar con el resto de redactores y algunas veces charlaba sobre el contenido de sus información con Gladys Torres o don Jaime Marroquín o con don Guillermo Córtez. Siempre estaba concentrado, metido en sus pensamientos, en su trabajo.
Pasaron un par de meses. Durante todo ese tiempo no había podido hablar con él. Todo mi trato se resumía a un simple saludo: ¡Buenas tardes, don Isaac! ¡Hasta luego, don Isaac! A lo que él respondía con un movimiento de cabeza o un breve "hola" o un simple "chao". En más de dos meses yo sabía de él; pero, creo que él no sabía nada de mí.
Hasta que una mañana Gladys Torres me llamó a su mesa. Pensé que algo había salido mal. Ella estaba con cara de pocos amigos. Creo que no estaba de acuerdo con mi doble labor de reportero policial por el día y espectáculos por la noche. Pero sólo así podía darme a conocer, ganar contactos, tener buenas fuentes, aprender a hacer periodismo y de paso ganar una platita extra, que en un país como en el Perú, en esos días de terrorismo, era necesario. La inflación atormentaba la economía nacional tanto para solteros como para casados. Todo estaba subiendo y Lima siempre es caro.
Mas al entrar a su oficina me quedé sorprendido como el primer día que llegué. Ella me dijo que don Isaac Felipe Montoro había salido de vacaciones y a partir de ese momento yo cubría las fuentes del Palacio de Justicia de Lima y de la Fiscalía de la Nación. No lo había hecho nada mal como cronista de espectáculos y supongo que por eso ahora debía cubrir las espaldas de don Isaac.
Así que otra vez estaba supercontento. La actividad judicial no era nueva para mí. Conocía bien el Palacio de Justicia de Chiclayo, donde mi tío Gumercindo trabajaba como Secretario de Juzgado y mi tío Jorge litigaba como abogado. Cuando tenía 13 años trabajé con ellos en mis vacaciones de verano, así que el lenguaje jurídico, el uso de expedientes, cédulas y notificaciones las conocía por mis tíos, a parte que había llevado un año de Derecho a la Información en mi facultad. Ahora sólo sería cuestión de familiarizarme con los pasillos y los juzgados del palacio de Justicia de Lima y de la Fiscalía de la Nación.
Sin embargo, no tenía mucho que pensar, la suerte seguía de mi lado. Como me recordó hace poco mi viejo amigo Walter Guerrero: "La suerte es de los valientes". Nunca dudé en aceptar la nueva responsabilidad que me estaban dando y ese mismo día me encontré con Don Isaac rumbo al recinto judicial. Él aún seguía en Lima estaba por publicar una nueva novela, le comenté que yo lo reemplazaría y me dijo con firmeza, con la firmeza con la que un maestro aconseja a su discípulo: -"Fijate bien en los números de los expedientes, en el número de las demandas judiciales, grabate los nombres de los jueces, de los abogados, de los fiscales, de los demandantes y demandados, no te vayan a bailar"-.
Estaba supercontento. Por fin había cruzado más de dos plabras con el autor de la novela "Yo fui mendigo". Por fin pasamos de un simple saludo a un diálogo. Un diálogo corto, técnico y educativo. Algo era algo para un novato como yo que en el fondo quería ser como don Isaac Felipe Montoro. Como el hombre que se camufló de mendigo para revelar la verdad de la mendicidad en Lima, para desvelar el misterio de esos seres que han hecho de la indigencia una profesión, un medio de vida, una manera fácil de ganarse un sol y aprovecharse de la generosidad del prójimo.
Con la orden de Gladys Torres y los consejos de don Isaac Felipe Montoro comencé a trabajar en las fuentes del Palacio de Justicia de Lima y de la Fiscalía de la Nación.
No recuerdo bien la primera nota que saqué de estas fuentes tan lúgubres como los pasillos del castillo del Paseo de la Reforma.
Pero si recuerdo que gracias a esas fuentes escribí sobre Carlos Langberg, el narcotraficante capturado en 1984, durante el gobierno de Fernando Beláúnde Terry, y que fue acusado de haber financiado la campaña de Armando Villanueva del Campo candidato del Partido Aprista Peruano en las elecciones de 1980 y obviamente rival del karáteca, como le decían a Belaúnde por esos días.
Carlos Langberg pasaba sus días de reclusión en una habitación bien amueblada con una buena biblióteca, periódicos y revistas nacionales, televisón, teléfono y fax en una clínica particular ubicada a un costado del Palacio de Justicia de Lima.
Escribí sobre el juicio en contra de los comuneros de Uchuraccay acusados de la masacre de 8 periodistas el 26 de enero de 1983. Cuando era practicante de periodismo en el diario La Prensa, bajo la batuta del "comandante" Fidel Méndez y el gordo Gamarra. Ambos no estuvieron de acuerdo con viajar a Ayacuho. Como dicen no era su hora, ni su momento.
El juicio para mí fue un gran circo. Los demandados hablaban bien español, yo los escuhé hablando en la lengua de Cervantes por los pasillos; pero se apegaron a su derecho constitucional y el juicio se llevó totalmente en Quechua, el segundo idioma oficial del Perú. Se utilizaron traductores, hecho que atrasaba las audiencias y las convertían en una farándula.
Los juicios contra los terroristas y en especial escribí sobre el juicio contra Reynaldo Rodríguez López el "Zar" de las drogas, que fue detenido un 12 de noviembre de 1985 en Ancón, luego que su laboratorio de drogas explotara 4 días antes de las fiestas patrias del mismo año.
Reynaldo Rodríguez López era, en esas fechas, compadre del ministro del Interior Luis Percovich Roca, y de los generales de la Policía de Investigaciones del Perú, José Jorge Zárate y Jorge Ipinze.
Además el gobierno de Alán García, del 85, acusaba de haber financiado la campaña presidencial de su antecesor Fernando Belaúnde Terry. Ambos políticos estaban a mano. Belaúnde embarró al APRA con Langberg y ahora García embarraba al partido del karáteca, Acción Popular (AP), con el "Zar" de las drogas, que se jactaba de ser compadre de políticos y policías del más alto nivel en la historia del Perú.
En los pasillos del Palacio de Justicia también conocí al sicario italiano Italo Scolezzi que había hecho algunos "trabajitos" para Rodríguez López. Luego fue sentenciado y enviado al penal de máxima seguridad de Canto Grande, donde una vez me metí camuflado y lo vi estudiando en la escuelita de inglés, que había hecho en el interior de ese reclusorio, el "Zar" de las drogas Reynaldo Rodríguez López.
Conocía a los abogados Martha Huatay y Manuel Febres Flores. Ambos pertenecían a la Organización de Abogados Demoráticos del Perú, que se encargó de la defensa de terrucos como Laura Zamabrano Padilla alias la camarada "Meche" y de otros miembros del grupo subversivo "Sendero Luminoso".
Con la captura de Abimael Guzman en 1992, durante el gobierno del "Chino" Alberto Fujimori fue detenida, enjuiciada y sentenciada a la cárcel Martha Huatay.
En tanto Manuel Febres Flores fue asesinado un 28 de julio 1988 por el comando paramilitar "Rodrigo Franco", que era dirigido por el Viceministro del Interior Agustín Mantilla. Fue un "regalo" de fiestas patrias que el aprista le dio a la nación.
Aunque la Comisión de la Verdad y Reconciliación del Perú en la página 197, de su informe del Tomo VII cita al diario "La República" como fuente de este crimen, nosotros el reportero gráfico Julio Ugaz y yo fuimos los primeros en estar en el lugar de los hechos. Fuimos los primeros en tomar fotos del cuerpo sin vida de Manuel Febres. Su cadáver estaba tirado de forma perpendicular a la vereda. Su cabeza estaba en la pista, boca abajo con un balazo en la región occipital de la cabeza y los pies subidos en la cera formando un pequeño plano inclinado. Estaba vestido con una casaca y un pantalón beis. Entre las dunas que se formaban antes de la subida del túnel de la Herradura, un par de guardias civiles escondidos con miedo, mirándonos en silencio cómo realizabamos nuestro trabajo. Julio Ugaz tomaba fotos. Yo observaba el perfil del cadáver cuya sangre ya estaba coagulada y tomaba nota del crimen político. El chofer Ultiveros que conducía la camioneta Toyota 4x4 del diario OJO, periódico en el cual trabajabamos en esas fechas, también fue testigo del suceso. Y también fue testigo de como a OJO no le importó informar sobre el homicidio del abogado. Luego de este suceso, Ugaz y yo ya no estábamos contentos en ese periódico al cual renuncié 15 días después. Ya no estaba contento en mi país y un 30 de agosto del mismo años decidí abandonar el Perú con mi amigo Alberto Morales Calvo. Con 80 dólares, un poemario y un amigo que salía decepcionado de la clase de periodismo que estábamos haciendo en la Lima de Alán García, pero esta es otra historia de la cual hablaré más adelante.
De Julio Ugaz ya no supe nada y no sé nada hasta la fecha. Lo he buscado por la red; pero no he podido localizarlo.
Regresando al tema, hacer periodismo judicial también me pertmitió conocer, en 1985, al Fiscal de la Nación César Elejalde, quien en plena Navidad, me dio la primicia que ya tenía un equipo de "incorruptibles" para el caso "Villa Coca", como se le llamó al juicio de Reynaldo Rodríguez López. (En otro relato contaré como llegué hasta la oficina de Elejalde para sacar esta nota que me valió una sonrisa de Don Jaime Marroquín y una llamada en primera plana)
Sustitir a don Isaac Felipe Montoro en los pasillos del Palacio de Justicia era un lujo que me daba también la oportunidad de relacioname con el mítico periodista Carlos Ney Barrionuevo, uno de los personajes de Mario Vargas Llosa en su novela "Conversaciones en la Catedral". También me sirvió para profundizar más nuestra amistad con Jimmy Torres Carrasco, actual director del diario "Del País" de Lima. Y de conocer a la reportera del diario El Nacional, Juana Villanueva, con quien sostuve un bonito romance.
Al regresar don Isaac Felipe Montoro las cosas fueron diferentes. Yo volví a la sección policial y a mis notas de espectáculos, pero esta vez nuestro trato pasó de un simple "hola" a conocernos un poco más. Yo le contaba que escribía poesía y el me presentó con su impresor. Le conté que estaba leyendo "Exodo", me invitó a la presentación de su nuevos libros publicados en 1986: "La Muerte de Mariana Altamira" y "El secuestro de Anastasia". Le conté que ya no estaba agusto en Expreso, desde el día en que me mandaron una carta de rectificación. Y él y Frank Lambarri me recomendaron con Salvador Larrea, director del diario OJO en 1986.
Esos días andaba mal. Estaba deprimido. Animicamente estaba por los suelos y un sábado negro me toco ir a la Prefectura de Lima, donde ví a un viejo periodista de policiales. Su nombre no merece ser mencionado en este blog; pero me pasó una infomación falsa sobre un asalto a un club de la Asociación de Residentes de Maranga. Todo lo que me dijo parecía real y cuando quise ir a comprobarlo, me dijo: "Cabrejos no creo que vayas a desconfiar de mí. Ven mejor vamos a echarnos un cebiche. Este sábado está tranquilo y aquí no hay nada". Fui un idiota y me dejé seducir. Yo siempre admiraba a los periodistas viejos. Pensaba que eran sobrevivientes de una época primitiva, de una era prehistórica del periodismo peruano y pisé la trampa.
Después de echarnos un cebiche y una cerveza en Chorrillos, vino mi peor experiencia como periodista. Don Jaime Marroquín era miembro de esa asociación. Toda la nota que me publicaron había sido una gran mentira y yo no sabía como superar esa desgracia. Don Jaime y don Guillermo entonces comenzaron a dudar de mis informaciones. Gladys Torres me miraba como a un mentiroso. Don Jaime rompía mis notas en mi cara. No sabía quehacer.
Hasta que una mañana don Jaime me dijo: "Ven sacate el clavo con este trabajo". Lo hice. Me saqué el clavo; pero la vergüenza me seguía consumiendo. No estoy acostumbrado a maldecir; pero a ese periodista que me bailó, que se aprovecho de mi buena fe, lo maldije... Luego, decidé hablar con don Isaac y contarle todo lo que había pasado.
A los pocos días el autor de "Yo fui mendigo", en la sala de redacción de EXPRESO, me decía: "Salvador Larrea te está esperando. Dile que quieres 3000 mil Intis. Tú eres un ladrillo (trabajador), no le pidas menos". Y sin decirme más se marchó mirándome como a un colega, no como a un hijo, es decir con respeto.
Media hora más tarde llegaba corriendo hasta mi escritorio el flaco Lambarri. Se detuvo, tomó aire y me preguntó: ¿Ya hablaste con Montoro? Respondí que sí y agregó: "Bien deja todo lo que estás haciendo que Guayo Salas, el jefe de la sección policial de OJO te quiere en su equipo". Entregé mi última nota a Gladys Torres. Lambarri me acompañó hasta la avenida Tacna. Nos despedimos con un fuerte apretón de manos y fui al diario OJO.
Al día siguiente empezaba una nueva aventura con un sueldo casi tres veces superior al de EXPRESO, pero no eran tres mil intis... Cuando pedí esa cantidad como me lo indicó don Isaac, Salvador Larrea y Víctor Canales sonrieron y me dijeron te vamos a dar la mitad... Y con 1500 intis mensuales me convertí en uno de los periodistas jóvenes mejor pagados de Lima, en 1986.
Todo gracias a don Isaac y al flaco Lambarri que valoraron siempre mi trabajo periodístico en EXPRESO y después en OJO.

1 comentario:

  1. Excelente relato, Carlos. Buena pluma. De haber continuado en Perú habrías adecentado la profesión, los ochentas nos golpearon tanto a los peruanos que la tentación de salir se convirtió en un anhelo..., lástima que a veces la profesión cayera en manos de esos viejos, y no tan viejos, y hasta jóvenes como aquel tipo del dato falso que, como bien subrayas al estilo de Cervantes, no vale la pena recordar. Recibe mis saludos y tienes razón. el mundo es de Dios, pero se lo ha encomendado a los valientes.

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